24 horas en Roma: la diferencia que marca un día

Dinah Washington tiene una canción preciosa titulada ‘What a difference a day makes’. Qué diferencia puede marcar un solo día. Algo tan cierto y tan bellamente expresado con su voz elegante y suave. Una idea que podría ser tachada de soñadora pero que es la vida misma. Descubrí la canción gracias a una fantástica película del 2019 titulada ‘Waves’. La cual trata sobre la misma idea, el poder de la vida, y nuestro, de ser decisiva en cada día. Cada momento. Dinah empieza con los versos ‘’What a difference a day made. 24 little hours’’ (Qué diferencia marcó un día. 24 pequeñas horas). Escuchándola y recordando un momento de mi vida en Roma, asocié esta idea expresada mediante la música con 24 horas en Roma que marcaron la diferencia. Y me gustaría compartirla. El día en el que, en medio de una difícil situación, me llevaron a la cima de Roma. Donde los problemas no daban llegado.

El golpe de la segunda ola

Era noviembre del 2020. El inicio de mi aventura en Roma habría sido difícil de empeorar. A los 10 días de llegar, establecieron cuarentena en todo el país por el coronavirus. Sólo se podía salir a comprar. Yo había tenido solamente tiempo de gestionar algunos trámites burocráticos, visitar a mis nuevos compañeros, a viejos amigos y de saludar a algunos de mis lugares favoritos de Roma. Pero todo fue tan rápido que no llegué ni a conocer mi barrio, el barrio de Ostiense, hasta el fin del encierro, en mayo. El Gazometro, sin embargo, me daba su energía y la de toda Roma, esperándome.

Recuerdo con gran alegría mi reencuentro con mi amigo Alberto para celebrar el fin de la cuarentena paseando y charlando por Testaccio.

Tuvimos un bello verano. Disfruté de Roma, conocí personas fantásticas y aprendí muchísimo. A nivel cultural y personal, me sentía en crecimiento. Parecía que aquella vida en Roma, aquella experiencia que tanto añoraba en mi vuelta a la Ciudad Eterna estaba cada vez más cerca. Pero entonces llegó el otoño y la segunda ola del coronavirus golpeó. El golpe fue más duro que el primero. Pues a la situación ya difícil de por sí se le quitaban las pocas cosas positivas que aquel momento permitía. Lo más duro fue, quizás, el saber que esa normalidad, ese inicio para mí, no sólo no estaba acercándose sino que tardaría mucho en llegar. Un jarro de agua congelada.

Testaccio Fuente
Primera mañana después de la cuarentena en Plaza Testaccio.

Viaje a la cima de Roma

Aun así, mi amor por Roma, mi decisión por haber ido y permanecido allí nunca sufrieron el mínimo rasguño. Me sentía feliz de poder disfrutar, cuando se podía, de su compañía. De estar con ella en un momento difícil, devolverle el cariño y apoyo también en las malas como ella me lo dio.

Cuando tomaba una buena pasta con mi amigo Alberto en mercado de Testaccio, cuando me encontraba con un vecino al hacer la compra el fin de semana y hablábamos de la vida, cuando comentaba el partido de fútbol del domingo en el bar de Garbatella… Esos pequeños momentos me recordaban que estaba en Roma, que formaba parte de ella y sobre todo, la alegría que eso me aportaba.

Pero, aun así, las dificultades eran realmente grandes. Incapaces de ser ocultadas aun por estos pequeños y preciosos momentos.

En uno de los momentos más complicados anímicamente, cuando una tarde cualquiera estaba trabajando desde mi habitación, me llegó un mensaje: ‘’Diego, en unos días vamos a ir Ignacio, Katherine y yo a la cúpula de San Pedro. ¿Quieres venir?’’. Viajaría a la cima de Roma.

La diferencia de 24 horas en Roma

El mensaje era de Valentina, una de las guías de EnRoma con la que había visitado por primera vez los Museos Vaticanos en una experiencia inolvidable. Habíamos hablado de volver ese grupo de 4 a los Museos un día pero, como ya había surgido la visita con Valentina, el plan de la cúpula tomó prioridad.

Nunca había subido a la cúpula. Por lo que me habían dicho mis compañeros, normalmente las colas eran enormes, los espacios reducidos y aunque las vistas son increíbles, en ciertos momentos puede ser agobiante por la gente. Pero no en aquel entonces.

Nos reunimos en el barrio de Prati, donde tomamos un café para saludarnos antes de ir al Vaticano. Fue estupendo estar rodeado de personas que me trataron siempre con cariño y afecto, charlando sobre Roma, los tiempos complicados y sobre la cúpula. De camino a la Plaza de San Pedro, recuerdo comentar con Katherine los tours que yo solía organizar en Galicia y cómo serían aplicados en Roma.

Llegamos a una plaza totalmente desierta. Preciosa. La Basílica de San Pedro no estuvo nunca tan bella. Parecía contenta de vernos y de recibirnos ahora que no tenía muchas visitas. No conseguía bajar mi cuello de su fachada y la columnata de Bernini. Me acuerdo de que alguna vez me perdí en la conversación por estar embobado mirando alrededor.

Subiendo a la cúpula

Entre escaleras, pasillos y patios, llegamos al acceso a la cúpula. Sin nadie por allí, como un patio al que entras casi con miedo de que no esté permitido, llegamos a la taquilla. Charlamos con el trabajador de forma informal, relajada… Y así iniciamos el ascenso por pequeños pasillos que se iban estrechando cada vez más mientras nos divertíamos como niños que tienen el parque solo para ellos.

‘’Qué primera vez’’, les dije. No creo que nunca más vaya a verla así, pensaba. Katherine nos dijo que para ella era casi como otra primera vez, pues hacía 17 años que no subía. Sentí que era especial para todos.

A medio camino, en los tejados, paseamos charlando y observando las increíbles vistas de una Roma en la que el atardecer daba las primeras señales de querer aparecer. Subimos.

Todo lo que pueda escribir sobre lo que fue estar en la cúpula solos (apenas hubo 5 personas más), la belleza de las vistas y del momento se quedaría corto. Mientras atardecía, caminamos rodeando la cúpula, hablando sobre la vida, sobre Roma, sobre lo que veíamos. Fue como subirse a una de las 7 colinas de Roma, verla desde la distancia, a ella y a los problemas y disfrutar de un momento y una belleza atemporales.

plaza san pedro
Vistas desde cúpula de San Pedro.

9 meses en Roma compactados en 24 horas

Bajamos de la cúpula y visitamos la basílica, también vacía. La Piedad, sin nadie observándola. Allí nos paramos de nuevo a charlar. Katherine, Ignacio y Valentina debatían sobre algunos momentos del papado en Roma y yo me divertía escuchándolos, intentando aprender.

Cuando salimos era de noche, y la plaza y la basílica iluminadas fueron una de las cosas más bonitas que he visto en mi vida. No paraba de mirar atrás mientras caminábamos, reticente a abandonar esa vista.

Nos despedimos y me subí al metro dirección a Pirámide. También ella, mi querida amiga y vecina, me esperaba preciosa en la noche no queriendo perderse ese día tan especial. Tenía que saludarme ella también.

Dejándola a mis espaldas, caminando hacia mi casa, por esas calles que sentía mías, mi barrio… me hizo pensar contento en que estos momentos, aquellos momentos, son por los que había venido a Roma. Por vivir esas experiencias, por conocer a grandes personas, por compartir momentos así, por sentir sus calles monumentos como amigos, compañeras, apoyos… como mucho más que un sitio. Roma.

Cómo puede cambiar la visión de todo en 24 horas. 24 horas en Roma.

‘’What a difference a day makes.

24 litte hours,

brought the sun and the flowers,

where it used to be rain.’’

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