El Tíber – Roma tiene un nombre escrito en el agua

El destino de Roma, desde su orígen, está unido a la ciudad de Roma. A pesar de ser uno de los ríos más largos de Italia, deve su fama a un pequeño poblado que el siglo VIII a. C. inició a vivir en las colinas que dominaban sus orillas.

«Nada es Sant’Angelo sino frente al Vaticano, nada San Pedro sino presidiendo a la ciudad eterna, nada los museos, los bronces, los mármoles, sino almacenados aquí donde vivieron, reinaron y fueron dioses; todo ello es nada si no lleva sus rumores y sus recuerdos el Tíber.»

Así nos describe Roma y su relación con el Tíber nuestro querido Unamuno en un diario de su viaje a Italia. Roma o Rumen, es un canto rodado, una palabra que indica el correr del agua. El Tíber y Roma se identifican en su curso. Su nombre, como el de Keats que en la ciudad reposa, está escrito en el agua.

El Tíber, lo fugitivo, permanece y dura.

Siglos y siglos de historia geológica han ido abriendo el surco del Tíber atravesando el centro de la península italiana. Su cuenca es muy amplia, recogiendo aguas que alimentan el tercer río más largo de Italia. Cuando llega a Roma, falta poco para que se entregue al mar Tirreno. Discurre lleno, acomodante, pero también impetuoso cuando sobre él parecen buscar cauce todos los excesos del clima.

Su fluir es lo más permanente. Más firme la corriente de sus aguas que tantas calles, columnas y hasta colinas. Quieta contra esa constante corriente, sin llegar nunca al mar, la barca de la Isla Tiberina, sigue siendo un símbolo de una Roma que viven en medio de su río.

Buscas en Roma a Roma ¡oh peregrino!

y en Roma misma a Roma no la hallas:
cadáver son las que ostentó murallas
y tumba de sí proprio el Aventino.

Yace donde reinaba el Palatino
y limadas del tiempo, las medallas
más se muestran destrozo a las batallas
de las edades que Blasón Latino.

Sólo el Tíber quedó, cuya corriente,
si ciudad la regó, ya sepultura
la llora con funesto son doliente.

¡Oh Roma en tu grandeza, en tu hermosura,
huyó lo que era firme y solamente
lo fugitivo permanece y dura!

Son palabras de Francisco de Quevedo para mostrarnos qué buscar en la ciudad. No nos encontraremos en pie las antiguas constucciones. Quedan como destrozos en los que no se halla Roma. Sin embargo, la grandez y hermosura siguen presentes pero no en lo firme sino en lo que huye como el agua entre nuestras manos.

Si Ovidio se preguntaba qué habría mejor que Roma (‘Quid melius Roma?’), pregunta retórica destinada a no tener respuesta, lo mismo puede pasar con nuestras ansias de firmeza y seguridad. Si esto ocurre a Roma, los que peregrinando nos acercamos a ella, hemos de buscar en el Tíber, en su corriente, lo que mejor representa a la Ciudad Eterna: el fluir constante de historias, eventos y vidas.

Julio César, Garibaldi y el problema del ‘Biondo Tevere’

El Tíber siempre estuvo en la mente y los ojos de los romanos, como amenaza u oportunidad. En cada época, según las posibilidades y población de Roma, requería cuidados especialmente dedicados. Ya Augusto había creado 5 personajes encargados de vigilar y cuidar el río. Eran los ‘curatores riparum et alvei Tiberis.‘ Con la decadencia de Roma y la pérdida de habitantes también estos cuidados fueron quedando en el olvido y el título de ‘Pontifex’ quedó convertido en una bonita metáfora. Una buena prueba es que hasta la creación de Puente Sixto a finales del siglo XV sólo el puente Elio (ponte Sant’Angelo) y más al norte el Ponte Milvio, servían para unir ambas orillas.

Desviar el Tíber para que no inundase la ciudad en sus crecidas invernales es un sueño que va desde Julio César hasta Giuseppe Garibaldi en 1875. Tras las graves inundaciones de diciembre de 1870 finalmente se decidió crear una comisión para encontrar una respuesta a este gran problema de la ciudad. Aún hoy, con mirada atenta, vemos en numerosos lugares, placas que nos recuerdan hasta qué nivel llegaban las aguas cubriendo las calles del centro de Roma. ¡En la zona del Panteón llegó hasta una altura de 14 metros!

atardecer roma tiber ponte sisto
Vistas al atardecer desde el Ponte Sisto sobre el Tíber

 

La solución vendría con el proyecto de Raffaelle Cannevari que propuso la construcción de los actuales murallones (i muraglioni) que lo aíslan de la ciudad.

El Tíber, o como lo llaman los romanos, Il Fiume, hasta entonces siempre estuvo visivamente al alcance de los romanos. Ciertamente, sólo se asomaban a sus orillas pescadores, molineros, algunos jóvenes que iban hasta las playas, barqueros y quizás algún artista de vez en cuando. El río se hacía presente con sus crecidas y a la hora de transportar mercancías de norte a sur. Sin embargo, tras la construcción de las murallas, se abrieron dos grandes avenidas que recorren ambas orillas. Son los famosos ‘Lungotevere’. En ellos, además, tienen sede numerosos círculos deportivos que convertirán las orillas del río en zonas de recreo.

El Tíber no es una serpiente

El río es una de las divinidades protectoras de Roma, lugar de ninfas y unido indisolublemente a los dorados tiempos de Saturno, cuando fue acogido por Jano en su colina. Fuentes y animales son sus aliados siendo él quien da inicio a una historia que seguirá corriendo como sus aguas a los pies del Campidoglio y el Palatino.

Rómulo mató a Remo.
Marte ilumina el cielo romano
y las alas plateadas de las gaviotas.

Uno recorre las orillas del Tíber
se ampara a una virgen pagana
busca la higuera sagrada
miel de lactancia
que alimentó los cimientos
de la urbe.

Encuentra la cesta vacía
(de Vesta solo queda
un templo en ruinas)

hay hedor a rata embotellada
espuma amarillenta
polímeros
arbustos intoxicados.

Uno recorre los muros de contención
como lagarto suicida
se ampara a un vértigo adolescente

al vahído de una civilidad ávida
– insoportable –
de aguas turbias
y naufragios.

Marte sigue parpadeando sobre el Tíber.
El Tíber no es una serpiente.

Rómulo juró matar
a aquel que traspasara
los limites urbanos.

Uno cruza el puente más antiguo
y escupe hiel en la corriente.

¿Habrá la loba engullido la esperanza?

¿Quién insiste irrespetando los confines?

(Poesía de Zingonia Zingone).

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