Santa María en Trastevere

Santa Maria en Trastevere

Santa María en Trastevere vista por Allegra Zen

En Santa María en Trastevere Roma se hace bálsamo y ungüento. Hay lugares como este en que se pueden dejar las armas y ver a los demás sin tener que considerarlos rivales. Lugares donde el dolor se calma.

En mi memoria, santa María en Trastevere tiene siempre el aire de una clara mañana de domingo. Allí nos íbamos, mi querido amigo Joseba y yo, para disfrutar de las celebraciones. La belleza de la iglesia y un desayuno sentados en una terraza de la plaza hacían de fondo a las palabras de D. Vincenzo Paglia. No puedo evitar que el domingo por la mañana aún sepa a zumo de naranja.

santa maria en trastevere

 

Fons Olei. Una fuente muy especial en Santa Maria en Trastevere

Viajo en el tiempo y con la imaginación entro en la taberna meritoria. Allí se reunían los soldados romanos que tras un servicio militar eterno habían conseguido llegar a viejos. Allí, aquí, en estos lugares, en el 38 a.C. surgió un manantial extraño. Una fuente oleosa fruto seguramente de una escondida actividad vulcánica. Y así, ese acontecimiento extraño, ese material viscoso, oscuro y de olor desagradable, se convirtió en un signo benigno, benéfico. Afloraba como un don del favor de los dioses o el anuncio del cercano adviento del Mesías para los muchos judíos que residían en esta zona.

Fons Fons Olei en Santa Maria in Trastevere

¿Quién lo diría? Por un día, en Roma, hubo un manantial petrolífero. La sorpresa, el estupor de todos, junto con ese significado curativo que tiene todo lo relativo a lo ‘aceitoso’, hizo que este evento salvífico impregnase la memoria del barrio. Quizás por todo ello en el siglo III, en este lugar, se hallaba la ‘domus ecclesiae’ donde el papa Calixto reunía la comunidad cristiana de esta zona. Más adelante, en el s. IV, cuando inician las grandes basílicas gracias a la libertad de culto, el papa Julio I construye aquí la que sería la primera iglesia dedicada a María.

Una señal

La extraña fuente cesó. Un fenómeno que parecía una señal y que duró unas pocas horas perdidas en la memoria del s. I a.C. Sólo a finales del s. XIX construyendo los diques de contención del Tíber, los trabajadores volvieron a hablar de un fuerte olor a gas en esa parte de la orilla trasteverina. Ahora, todo esto parece inimaginable y sólo pocas ‘palabras’ nos recuerdan su origen.

Todo surge de un manantial del que brota algo que nos parece tan sucio como el petróleo. Viscoso, pegajoso, negruzco, maloliente. Y, sin embargo, materia de unción, portadora de un poder que la misma tierra trasudaba sin poder contenerse.

Luces del s. XII

Al entrar los ojos no pueden dejar de mirar hacia el ábside, deslumbrados. Cientos de colores y destellos nos hablan de cómo hicieron traer el cielo a la tierra. Fue allá entre los siglos XII y XIII. Y no les importó emplear más de un siglo para poder representar algo que merezca acercarse al adjetivo eterno.

abside de Santa Maria en Trastevere

Desde el lejano siglo VIII colores como los de la Madonna della Clemenza son los reflejos del sol sobre este óleo. Viéndolos puedo imaginar los colores que tendría el buen olor de un bálsamo. Y así, la belleza de las composiciones, como una clemente pausa en los trabajos, nos espera en este rincón del Trastevere. Y aspiro con deleite, el olor de sus colores.

Madonna della Clemenza en Santa Maria en Trastevere capilla Altemps

Luz, clemencia, bálsamo. Todas ellas remiten a una mujer presentada por todas partes como la autética fuente de salud. El manantial del que surge este río de aceite sin el que no hay luz ni fuerzas, que suaviza y reconstruye. No es una coincidencia que en esta zona haya tantos pequeños y diversos hospitales de entre los más antiguos de la ciudad.

Santa María en Trastevere, gracias

Nave central de Santa Maria in Trastevere

Los domingos por la mañana la iglesia se llena de grandes nubes de incienso. Se quema con profusión, con derroche, entre el sonido alegre y cantarín de cascabeles y campanillas. La generosidad no tiene vergüenza ni la belleza es cicatera. En Santa María en Trastevere recibo constantemente una invitación a ser magnánimo, a derramar, a verter, a no empequeñecerme quedándose con las propias seguridades, o en los propios contenedores. Mana, abunda, llegando a embriagar.

“Los ojos bien abiertos, los sentidos” en Santa María en Trastevere

Hay veces en que Roma se hace exagerada. No se pone a contar méritos o a valorar juzgando. Es más, el Juez Universal aquí se convierte en un hijo que  quiere y consigue que su madre sea siempre joven. Podría ser su esposa. Tanto es el cariño -y él puede con su querer, queriendo cuanto puede- que la hace ser como quiere. De ella nace, pero antes y después le da cuanto quiere. Sin destrucción, sin posesión, sin trucos. En lo más alto del cénit está este juego. Mana de lo profundo de la tierra y nos unge desde el cielo de este ábside.

La corona es suya pero la recibe. La recibe pero sin súplicas ante quien la concede.
Él la concede sin el desdén de quien da sin compasión. Ella lo indica conociéndolo profundamente mientras siente su abrazo.

Es una imagen que llueve sobre la tierra árida de las relaciones que veo. Me consuela. Pacifica los sentidos dejándome embelesado. Creo que le pasó lo mismo al San Jerónimo de la capilla Ávila. Así se quedó, moviéndose inmóvil, anonadado.

Llevo casi 20 años en los que ese abrazo, como un bálsamo que baja por sus fuertes columnas, me hace estremecer con el buen perfume de la belleza de la que somos capaces. ¡Y eso que pocas veces la veo!

Información útil para tu visita en Santa María en Trastevere:

Para una visita guiada con EnRoma puedes escribirnos a visitasguiadas@enroma.com

Horario apertura de la basílica: 7.30 – 21.00
(en Agosto: 8.00-12.00 / 16.00-21.00)
Entrada gratuita

Horario de las celebraciones:
Lun-vier: 9.00; 17.30; 20.30;
Sab: 9.00; 17.30; 20.00;
Dom: 8.30; 10.00; 11.30; 17.30; 18.45;
(En julio y agosto):
Lun-sab: 17.30; 20.00
Dom: 8.30; 10.30; 17.30

Como un niño ilusionado, en la fachada de Santa Maria Sopra Minerva, el río ha dejado las marcas de sus crecidas. Pero no sólo el río, también la corriente helada del tiempo se acerca a esta isla depositando tesoros rodados.

Plaza Santa Maria Sopra Minerva

Minerva, Isis – Ast y Serapis se quedaron mirando esta jovencita recién llegada en carne y hueso. La potencia y belleza ideal de los antiguos dioses, adorados o alegóricamente aceptados, primero por egipcios y griegos y luego en tantos lugares del Mediterráneo, pasan a ser un simple topónimo. María llenó con su presencia esta ciudad hasta necesitar distinguirla con apodos, como se hace aún en mi pueblo: la María Sopra Minerva, María in Via Lata…

 

Jesús con la Cruz obra de Miguel Angel en Santa Maria Sopra Minerva

Con el tiempo, el riesgo es el de alejarse de esa mujer judía convirtiéndola en una poderosa, hermosa y lejana divinidad. Lo que pasó con su hijo pasa con ella. Su hijo Jesús es uno poco recomendable para quien busque el éxito social o como ejemplo de triunfador. Ha pasado a la historia como un condenado a muerte, muchas veces representado desnudo, destrozado, sucio, injuriado. Una locura que alguien crea que es un dios si ni siquiera parece un hombre. Incluso se le ha inventado un trapito para que no apartemos los ojos. No es pudor o vergüenza. Es piedad-miedo ante un hombre expuesto a la muerte y deshonor.

Sólo cuando lo vieron y tocaron, resucitado, limpio y resplandeciente, algunos, pocos, empezaron a entender algo. Tras largos siglos, sólo algún atrevido como Miguel Angel que lo cree Dios intenta hablar de él representándolo hermoso como un Apolo griego, el mejor ejemplo de belleza divina que tenía a mano. Una escultura en la que la desnudez es armonía e incluso la cruz parece un cetro o un tallo esbelto en el que un Jesús Adonis apoya su cuerpo escultórico. Aquí sí pusieron un pañito. No fue por piedad ante la desnudez del condenado sino por el pudor de mostrar lo que lo hacía íntegra e íntimamente hombre.

 

Procesiones en Santa Maria Sopra Minerva.

El 25 de marzo una fila de chicas vestidas de blanco entraban cantando a través de la nave central de Santa Maria Sopra Minerva. En ese día que recuerda la Anunciación (cuando Gabriel anuncia a María que tendrá un hijo) recibían una bolsa con monedas. Fue una disposición que dio Juan de Torquemada, tío del famoso Tomás, inquisidor español. No sólo encargó y pagó la construcción del techo que ahora vemos en la iglesia. También trajo la primera imprenta a Roma desde Subiaco y él mismo fue un buen escritor. Además, se interesó por la libertad de estas chicas que, sin poseer dote, no tenían muchas opciones. Este cuadro de Antoniazzo Romano nos presenta los personajes de esa ceremonia anual en un homenaje a Juan tras su muerte.

Anunciación de Antoniazzo Romano en Santa Maria Sopra Minerva

De pasión…

En esta isla de los dominicos, la Biblioteca Casanatense recoge tesoros en su preciosa aula. En ella se conservan libros maravillosos de un período en que los libros podían volverte loco, hereje o santo. Libros devorados y devoradores. Mucho más intensos, duraderos y dialogantes de cualquier realidad virtual. Ejemplares catalogados que pasaban al Índice de los Libros prohibidos o a los devocionarios. Quedaron aquí, con varias cruces escondidos o situados en el cenit de la sala junto a una maravillosa esfera armilar.

También en Santa Maria Sopra Minerva entraban los excluidos. Pero llegaban en una procesión inmisericorde para tachar y excluir públicamente a los que aparentemente ponían en peligro la ortodoxia doctrinal. Por ejemplo. Por aquí pasó prisionero y acosado por tantos enemigos Bartolomé de Carranza. Incluso el gran dominico y arzobispo de Toledo bajo Felipe II fue encerrado en Castillo Sant’ Angelo. Y aquí estuvo enterrado, sin volver a España y sin rehabilitación. Y eso que fue uno de los personajes más importantes dentro del Concilio de Trento y de la historia europea del s. XVI.

Y también nosotros entramos…

Procesiones de curiosos que se acercan al Panteon y al ‘elefantito’ de la plaza entran también sin saber lo que les espera. Un mundo de colores del renacimiento con Filippino Lippi. Una mujer (Catalina de Siena) de armas tomar que hizo que el papa volviera a Roma dejando Avignon con un buen tirón de orejas. Las tumbas de dos papas Medici y muy cerca la del Beato Angelico. El barroco en contrastes de blanco y negro. Piedras que parecen volar en la tumba del cardenal Pimentel y en la que Bernini realizó para María Raggi.

Visita iglesia de Santa Maria Sopra Minerva

 

Si quieres realizar una visita guiada en Santa Maria Sopra Minerva no dudes en escribirnos a visitasguiadas@enroma.com

Además, para seguir disfrutando antes o después de tu visita, puedes leer lo que escribe nuestro amigo Luis sobre Santa Maria Sopra Minerva en Club Roma Caput Mundi.

La basílica de San Clemente es un árbol maravilloso que crece con raíces profundas y una preciosa copa. Se anuda a un terreno maravilloso surcado, incluso, por una vena subterránea de agua cantarina.

Raíces en San Clemente

En el s. XIX empezaron las excavaciones para contemplar este mundo que ha ido creciendo como una hermosa planta. Nada más bajar las escaleras para entrar en el subsuelo, nos encontramos con una isla. Rodeada de agua con peces esta isla acoge una escena preciosa con una madre que abraza con alegría a un niño. Es el relato de un milagro que nos lleva hasta el lejano Mar de Azov. Allí nos bañamos en la historia del papa Clemente, uno de los primeros obispos de Roma en el s. I. Hasta esta isla en la que estuvo su tumba quieren llegar estas raíces y nos traen sabores, formas de Oriente.

fresco del milagro de San Clemente en el Mar de Azov

Según la tradición fueron Cirilio y Metodio los que en el siglo IX trajeron de vuelta las reliquias hasta Roma, depositándolas en esta basílica. Su memoria se conserva en cada rincón, literalmente ‘anclada’ en sus paredes. Atado a un ancla sufrió el martirio en tiempos de Trajano y esa ha quedado como una marca.

Siguiendo los espacios bajo tierra seguimos disfrutando de los colores y formas que nos hablan de la basílica del s. IX. Esta basílica se construye sobre el antiguo ‘titulus’ y fue destruida en el s. XI. Tras la devastación y el incendio que provocó esta terrible experiencia provocada por Roberto de Altavilla, el Guiscardo, el espacio de la basílica fue se rellenó con tierra y escombros para ser el fundamento de la basílica superior cosntruida en el s. XII.

Frescos basílica paleocristiana de San Clemente en Roma
Un fresco que me ha gustado especialmente: Jesús baja a los infiernos y toma de la mano a Abel para sacarlo de allí. Un demonio sujeta a Abel por el tobillo mientras Jesús lo pisa.

Mitra y casas romanas bajo San Clemente

Estos ambientes que ahora han quedado bajo tierra, un tiempo eran una calle, salas, habitaciones, un patio. Una página de historia que el tiempo ha pasado dejándola sólo como memoria hasta que las excavaciones la han abierto de nuevo.

La sensación es la de contemplar la vida del s. I y II convertida en espacios en donde imaginar los asistentes a una reunión del famoso culto de Mitra, o el paso de tantas personas sobre los suelos con ladrillos colocados a espina de pez.

Templo de Mitra bajo la basílica de San Clemente de Roma

 

Sarmientos y frutos en la basílica de San Clemente

El árbol seco de una cruz se convierte en un árbol de vida. Sus ramas se extienden entrando por todas partes: en la vida cotidiana, entre los doctores, junto a los pavos reales de la inmortalidad, entre las fuentes del paraíso y una capesina que da de comer a sus pollos. Todo esto, vivificado por la sombra, los colores, la savia, frutas y oxígeno que nos llevan con los ojos hasta tocar el cielo. Aunque, la verdad, parece que es el cielo el que, con una mano misteriosa, se acerca a este árbol y nuestra tierra.

Interior Basílica San Clemente en cuadro de Alma Tadema

El primer fruto del Renacimiento en San Clemente

El patio funciona como nartex. Es un lugar maravilloso, bosque de columnas y tranquilidad entorno a una serena fuente. Es más, parece una deliciosa ante sala para el mundo que encontraremos dentro. Nada más entrar, a la izquierda, nos espera una sorpresa suculenta.

Entrada San Clemente

El primer fruto que nos dejó Masolino de Panicale trayendo colores, formas, palabras que renovaban el lengua de la pintura en Roma. Se trata de la capilla Castiglioni con su San Cristobal en la base del pilar. Sobre uno de los pocos arcos góticos de la ciudad nos sorprende una preciosa Anunciación.

En la pared izquierda, la historia de Santa Catalina de Alejandría nos habla de un mundo en el que una mujer filósofa había defendido sus ideas. Contra ella vemos sesudos personajes apoyados en el poder tradicionalista del emperador Majencio. Catalina se había formado en ese ambiente de alta cultura y conseguía hablar de esa cruz, una locura contradictoria. Era, además, una novedad demasiado arriesgada y eficazmente expuesta ante una escuela tan importante como la alejandrina.

Basílica San Clemente Roma capilla Castiglioni

Entre el Coliseo y San Juan de Letrán esta isla, este árbol, nos espera. De esta forma, podemor ir leyendo páginas y páginas con hermosas palabras vivas, sus espacios, en Roma.

Santa María de los Ángeles y los Mártires

En la parte alta de Roma, junto a Termini, te espera ‘desnuda’ la basílica de Santa María de los Ángeles (Santa Maria degli Angeli, en italiano).

Desnuda. Y Lo comprenderás al verla. Al menos yo, al verla, tengo la sensación de que se ha quitado su ropa, la fachada. También ella, como las Náyades en la plaza, parece querer meterse en la fuente.

Santa Maria de los Angeles Fachada

A mediados del s. XVI los familiares del papa Julio III habían utilizado estos amplios espacios como campo de ejercicios equestres. Mientras, el sueño de construir una basílica en esos espacio esperaba el momento adecuado. Y al fin llegó. Fue el mismísimo Miguel Ángel ya anciano el que transformó en 1562 el frigidarium de las termas en una gran aula para la basílica. Eso sí, los grandes espacios se abrían a lo ancho y no a lo largo.

A lo largo de los siglos se fue revistiendo de diversos ropajes, incluso con grandes cuadros de la basílica de San Pedro. El arquitecto Vanvitelli en el s. XVIII le puso manto y corona con su fachada y los grandes trabajos en su estructura interna.

Santa María de los Ángeles y los Martires, Termas de Diocleciano

Interior de Santa María de los Angeles.

Los cartujos la recibieron como iglesia en Roma. Allí estuvieron con su convento hasta la desamortización cuando Roma pasó a ser parte de la nueva nación italiana. Y así vemos ahora la estatua de San Bruno que se encuentra en el paso desde la entrada circular hacia la gran nave.

El interior de Santa María de los Ángeles es, como ocurre tantas veces en Roma, una gran sucesión de historias que se tocan grancias a sus muros. El recuerdo del general Díaz construido por Muñoz, las reliquias de San Jerónimo, San Agustín y San Ambrosio. Y junto a ellos las tumbas de los pintores Salvatore Rosa y Carlo Maratta o del papa Pio IV.

Santa María de los Ángeles interior

Cada vez que un espacio así se transforma, no dejan de resonar los ecos de las paredes y de las bóvedas. El chapoteo, las conversaciones, de miles de personas que acudían a las termas cada tarde, siguen allí. Como las piedras que surgen en el concreto del antiguo ‘opus cementicium’ romano, así los sonidos asoman entre los trapantojos barrocos, o detrás de las grandes pinturas traídas desde San Pedro.

Ahora ya sé por qué cuando veía el San Sebastián del Domenichino me parecía escuchar las voces de los personajes. ¿Serían los ecos de los muros romanos? ¿O quizás los que recogió el muro de la basílica de San Pedro, cortado, como soporte de esta pintura mural?

Una basílica en las Termas. Un órgano maravilloso junto a un mariscal. Una meridiana con todo el zodíaco junto a la mirada severa de un cartujo.

San Sebastian del Domenichino en Santa María de los Ángeles

Cada vez me confunde, me sorprende y emociona más esta Roma, como Santa María de los Ángeles, desnuda y vestida de mil ecos.

patio santa maria angeles termas diocleciano

Santa María del Popolo: la mejor forma de entrar en Roma.

Las sombras y el aire de Puerta Flaminia son un regalo. Está empezando el verano y ya hace mucho calor. Me siento un momento en las escaleras de Santa María del Popolo mientras pasan ríos de gente. Esta es la entrada en la ciudad amurallada que más me gusta y mi meta de hoy.

Estas bonitas escaleras quizás fueron pensadas para que las aguas del Tíber no llegaran a entrar. Quizás Santa María del Popolo haya sido uno de los sueños más hermosos de ese renacimiento romano de finales del s. XV. Sobre antiguas construcciones se iban cimentando nuevos proyectos. La antigua iglesia y convento de los agustinos dio paso a una hermosa basílica en tiempos de Sixto IV.

Grabado con la leyenda que da origen a Santa Maria del Popolo

Lejos quedaban los tiempos de los jardines de Salustio que bajaban desde el actual Pincio hasta esta puerta de la ciudad. Aún más lejos quedaban los recuerdos de un lugar maldito por alojar la tumba de Nerón a la sombra de un enorme chopo. Un sueño, soñado o imaginado, por Pascual II cambió este recuerdo con la dedicación a María. Quisieron desalojar en aquel siglo XI antiguos espíritus y leyendas con la devoción a esta mujer. Quizás por eso la encontramos a la entrada pues ella hizo realmente de puerta y entrada a su hijo.

En todo caso, el sueño lo pagó al final el ‘popolo’, el pueblo romano. Y es bonito que al menos en este caso, se recuerde.

Entrando en Santa María del Popolo

Así, nada más entrar a la derecha, nos encontramos en la Capilla della Rovere. Allí está una de las pinturas que más me gustan de Roma: un nacimiento pintado por el Pinturicchio. En esta iglesia, al fondo, el pequeño pintor decoró la bóveda del altar convirtiéndola en un triunfo inmenso de color dedicado a María. Sin embargo aquí, al principio, en donde todo empieza, el artista parece recobrar su nombre propio, Bernardino. Nos llama por el nuestro y nos quedamos a la entrada del establo. Junto a nosotros, en la escena, no faltan nunca un buey y una mula. Pero ellos dentro.

iglesia de Santa Maria del Popolo Pinturicchio

La frescura de la entrada en sombras se abre a una nave central luminosa. La mirada, al final, se posa sobre un altar en donde nos espera una Madonna de estilo bizantino. Sabemos que llegó aquí en el s. XIII  proveniente del Sancta Sanctorum de San Juan de Letrán, trayendo fama de haber sido pintada por San Lucas. Detrás, como jugando al escondite, sueñan convertidos en piedra dos cardenales: Jerónimo della Rovere y Ascanio Sforza. Esta vez los sueños los pagaron ellos. De esta forma, el Sansovino cumplió y los dejó soñando para siempre. También a nosotros.

tumba de Ascanio Sforza del Sansovino en Sta. Maria del Popolo

Me imagino esa nave central a inicios del s. XV mientras Bramante ampliaba el coro que está en el altar. Por aquella época en esa iglesia rezaba y en el convento vivía un monje agustino peregrino. Dejará una huella imborrable en la historia de Europa: Martín Lutero.

La Capilla Chigi de Santa María del Popolo

Unos años más tarde, en 1513, en esta misma iglesia se econtraba trabajando Rafael para la construcción de la capilla Chigi. Aunque llegó a diseñar los frescos de la cúpula, poco de ella pudo realizar antes de morir. De hecho, en el altar luce una maravillosa tela de su colega – rival Sebastiano del Piombo. Una Capilla con mucha historia pues sólo se concluyó en 1656 gracias al trabajo de Bernini llamado por el papa Alejandro VII. Un papa con ‘el mal de la piedra’ no sólo por los cálculos sino por su fiebre constructora. Se despreocupó de la política europea de medidados del s. XVII (Guerra de los 30 años, Paz de los Pireneos…) para encargar y promover maravillosas obras arquitectónicas. Cuestión de prioridades.

Cupula Capilla Chigi en Santa María del Popolo

Caravaggio en Santa Maria del Popolo.

Neque hic vivus, neque illic mortuus.” “Ni aquí vivo, ni allí muerto” es una admonición en la tumba del arquitecto, músico y autor teatral Giovanni Battista Gilseni. Te la encuentras junto a la puerta de entrada. Yo la vi cuando estaba a punto de salir y tuve compasión de él. Sin lugar. Así se quedó. Vivo y muerto al mismo tiempo pero seguramente sin un aquí ni un allí. Sin carne y facciones, reducido a un esqueleto que habla de lo que queda y no de lo que fue.

santa maria del popolo tumba

Salí de Santa María del Popolo cuando estaban a punto de cerrar. El río de personas que iban y venían hacia la plaza seguía su curso. Parecía que tampoco para ellos existía un aquí, ni un allí. Por contraste, en ese momento recordé la imagen de San Pedro que se quedó para siempre  plantado en un momento, aquí, antes de morir. Sus facciones, su carne, tienen nombre propio. Si lo viera entre la gente que pasa lo reconocería. Es más, estoy seguro de que en el Gianicolo, el domingo pasado, junto al Templete del Bramante, lo vi disfrazado de turista. Lo que me resulta extraño es que Caravaggio lo hubiera visto y reconocido. Quizás porque buscó entre los pobres cristos y no en los palacios del Vaticano.
En Roma encontramos santos en comunes carne y hueso.

Santa María del Popolo Caravaggio crucifixión de San Pedro

Saliendo de Santa María del Popolo

Atravieso la gran plaza en bicicleta. El arquitecto Valadier a la hora de realizar el gran escenario de Plaza del Popolo destruyó el convento de los agustinos que estaba adosado a la iglesia de Santa María del Popolo. De esta forma, cuando vuelvo la vista hacia atrás, la iglesia parece quedar fuera de la plaza, convertida en un centinela siempre esperando junto a la puerta Flaminia.

Inicio o fin de la ciudad. Inicio y final de una historia cristiana y de vida. Por una parte, la conversión, el inicio, con la caída del caballo de San Pablo. Por otra, el martirio de San Pedro, final del camino. En medio, Annibale Carracci nos ha dejado una maravillosa mujer que muestra como, al final, ese camino tiene una conclusión sorprendente. Un final sin fin, sin confines.

Santa Maria del Popolo capilla Cerasi Caravaggio e Carracci

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Entré en la pequeña iglesia barroca de Santa Maria della Vittoria acompañando al señor que la acababa de abrir. Eran las 08,30 y quedaba muy lejos el primer café de la mañana.

Inerior de la Iglesia de Santa Maria della Vittoria en Roma

 

Mármoles, angelotes, glorias nubladas en las que la pintura y la escultura jugaban a engañarme. De igual forma me engañaron la fachada del arquitecto Soria y el rechoncho Moisés con el que se tapa, más que culmina, el acueducto alejandrino. También me engañó Plaza de la Repubblica. Allí me sorprendieron los inmensos espacios que se esconden tras la fachada de viejos ladrillos de Sta. Maria degli Angeli. Todo parece un trapantojo, un juego en el que la sencillez de las historias que se suceden dan como resultado una complejidad terrible.

En via XX Settembre

Mi amigo Armando se había quedado fumando un cigarrillo bajo uno de los naranjos de via XX Settembre, junto a las escaleras de Santa Maria della Vittoria. No le daba importancia ni al tráfico ni a los macizos y seriotes edificios ministeriales. Largo Sta. Susana con sus dos iglesias y su nombre contrasta con el ambiente ‘importante’ del cercano Ministero dell’Economia y el gigantesco cartel publicitario al lado de Banca de Italia. Como un sendero de azahar, los naranjos venían desde Porta Pia hasta la misma puerta de Sta. Maria della Vittoria. Bajitos, cargados de fruta, como de juguete, en medio de tanta ‘roba seria’ como dicen por estos lares.

Fachada Santa Maria della Vittoria Roma

Las Náyades habían dado al duro metal curvas sensuales. Las lucidas columnas del Grand Hotel parecían estar preparándose en la línea de salida en competición con los leones de estilo egipcio que custodian la fuente del rechoncho Moisés.

Dentro de Santa Maria della Vittoria

En Roma se pasa de la luz a la penumbra constantemente. Cerré por un momento los ojos apenas transpasado el umbral. Me sentía mareado. Demasiado café, demasiadas imágenes para los primeros 500 metros de la ciudad. ¿Cómo seguir en esta selva de historias?

Capilla Cornaro Santa Maria della Vittoria

La vida, la ciudad, es un sueño y un teatro en el que no acababa de encontrar mi papel.

Y de repente, llegó como un ladrón el desánimo, sin motivo. Como una visita que rompe los cerrojos de las seguridades. Como una injusticia que es siempre posible. El gran engaño parece la propiedad de los sentidos: imaginar que soy dueño de lo que vivo o creer conocer todo lo que estoy viviendo.

“Derrota es el infierno
de perder sin prendas
la esperanza”.

Al igual que a mí, la amenaza de la desilusión puede llegar incluso a quienes viajan por Roma.

Nunca me había sentido tan lejos de mí mismo, de mi historia. Veía con los ojos cerrados las imágenes de la memoria como las ve un moribundo llegando a la meta, a la muestra en donde dejar las aguas que ha conducido. Aspiraba el aire de la pequeña iglesia saboreando los olores como única medida del tiempo. Todo se perdía constantemente.

Huellas

Como sonámbulo avanzaba por la nave de Santa Maria della Vittoria, recogiendo con el tacto las huellas de las cosas, pues todo se había marchado ya. Las manos, los ojos, las palabras, las batallas, las pasiones que me habían traído hasta allí y de los que habían construido el mundo que veía, ¿eran ciertos? ¿qué había quedado de aquella luz que había conseguido vencer en la batalla? Una luz cegadora en vez la oscuridad escarlata de la sangre derramada. Una batalla junto a la hermosa Praga allá por el 1620, junto a una Montaña Blanca, digna de ser recordada como una auténtica Victoria. ¿Qué quedaba de todo ello? ¿Una imagen de María en un marco de rayos dorados? Incluso ésta no soportó el fuego y fue cenizas. Ahora veía sólo simulacros. Intentaba comprender ecos de palabras e historias que hablaban de quien ha tocado maravillas como Domingo de Jesús María. ¡Venían de tan lejos! Palabras que eran sólo rumores, que no podía sentir.

Aquella mano de niña que me guiaba, esperanza, ¿dónde estaba? No la reconocía en la de los angelotes ni en la huesuda de la muerte figurada. ¡Cuánto daría por ser encontrado! Salvado por los pelos como cuentan de los marineros, hoy prófugos, tras naufragar. Asido por una mano que esté fuera del peso muerto del agua profunda.

Ante el éxtasis de Santa Teresa

Santa Maria della Vittoria éxtasis de Santa Teresa de BerniniCapilla Cornaro en el interior de Santa Maria della Vittoria

“Nisi coelum creassem ob te solam crearem”. En el cielo de la capilla Cornaro este piropo ha quedado esculpido. Si no hubiese creado el cielo, sólo por ti lo crearía. Sólo por ella ¿y por mí? Amores que hacen atravesar infiernos sabiendo de quien nos fiamos. Amores que hacen real un cielo a pesar de no verlo en nuestra selva oscura.

Mis ojos se agarraron al final a su mano blanca, abandonada. No luchaba, no se denodaba ni debatía. Y, sin embargo, iba hacia lo alto el peso de su cuerpo. Ropas revueltas en un cuerpo abandonado, prendido en la invitación a una danza en la que se deja llevar. Labios entreabiertos a un beso suspirado por donde se escapa el alma en el último encuentro, primero de muchos otros que nada parece poder interrumpir.

Santa Maria della Vittoria Santa TeresaÉxtasis de Santa Teresa de G.L. Bernini

En Santa Maria della Vittoria al final vi una fuerza que vence la gravedad. Una subida más rápida que mis caídas. Una puerta de salida que está más allá de los espectadores, que te lleva fuera del teatro del mundo y que, al final del trampolín de los sentidos, vadea la eternidad. Volver a esperar por la única razón de haber gustado. Un cielo creado para ti, por ti.

Allí, sin renunciar a mi infierno sentí que el paraíso puede ser.

 

Muchas veces tenemos a nuestro lado lugares llenos de historias pero las historias no se ven, o, mejor dicho, no se cuentan. Son muy discretas y no viven sino en los labios, en los ojos de quien las busca. Es como si de cada una de ellas quedara en el mejor de los casos sólo una letra capital. Como si los lugares no tuvieran espacio para contener más, cediéndolo a la vida que corre. Para las historias hace falta tiempo pero sobre todo hace falta rescatarlas de ese no lugar que está más allá del tiempo.

Ante la corriente del ‘todo pasa’- un río impetuoso de eventos que nos lleva y al que afluimos, muchas veces turbolento y turbio- algunas veces podemos contraponer el agua, siempre fresca, decantada, de un pozo.

El claustro de la iglesia de San Pietro in Vincoli

Dejo caer el cubo de mi curiosidad en un pozo situado en un claustro. Con la cuerda bajamos cientos, miles de años, y recogemos mezclados en infinitas combinaciones, los elementos de otras mil historias.

Claustro de San Pietro in Vincoli actual facultad ingenieria de Roma

Estamos en el patio de la Facultad de Ingeniería. Entre chicos coronados de laurel que han conseguido su licenciatura empiezo a escuchar el sonido de aquellas carreras memorables de los ‘Ragazzi di via Panisperna‘. Pasos entusiastas y acelerados por la emoción de los secretos que estaban esperando. Muchachos de veinte años, físicos como Enrico Fermi, que vivían entregados a un mundo invisible pero de efectos realmente impresionantes. Un mundo insospechado que necesita de nuestros precisos ‘bombardeos’ para llegar al núcleo y liberar energías increíbles. Curioso. Igual, igual que las historias. Y como ellas, siempre comunicantes. Formando el tejido de la realidad pero escondidas en la superficie del conjunto. Allí están. Pequeños átomos, historias, y grandes cisternas, como las de las termas de Trajano, con nombres de historia de las mil y una vidas: Las Siete Salas.

En el interior de la iglesia de San Pietro in Vincoli

De pozo a pozo y seguimos jugando.

Allí al lado, entrando en la iglesia de San Pietro in Vincoli, bajo las cadenas de oriente y occidente al fin unidas, nos asomamos a un nuevo brocal.

Esta vez es una cripta que contiene un sarcófago. En el frontal de piedra encontramos otro pozo. Es inagotable. Este es famoso por palabras pronunciadas hace siglos en la polvorienta Samaría. Palabras que le han dado un nombre y que han transformado su agua en vida: sensibilidad, movimientos, cambios, relaciones. Palabras y agua.

Esculpidas a ambos lados dos figuras, un hombre y una mujer. Por la sed ambos se han acercado y él los ha hecho encontrar. Así también nuestro pozo nos hace encontrar curiosamente, como agua y ecos de voz, la lejana historia de Antíoco IV, de Matatías, Judas, Jonatán… La familia de los Macabeos . Una historia en la que una madre y sus 7 hijos se convierten en mártires, testigos que siguen allí hablando de su pasión a quienes por conocerla, por sentirla, pueden tener con-pasión.

sarcofago en la iglesia de san pietro in vincoli

Un sueño en la cripta de San Pietro in Vincoli

Se enciende una luz. Una lámpara con nueve brazos. Suena la música de una fiesta. La cripta se ilumina con los sonidos de una cena entre amigos y familiares, repetidos en la memoria de un recuerdo anual: la hanukkah. Luz para los días más oscuros. Luz para la nueva y última dinastía de reyes, para la última dedicación del gran templo de Jerusalén.

Una luz que no se acontenta con un día, consumiendo un tiempo con cuerpo de aceite que escapa inaferrable. Necesita 8 días para mostrar su júbilo, para celebrar con su baile de brazos alzados la abundancia el estar vivos. Se celebra una nueva victoria, sin engaños –es luz con sombras- pero sin dejarse apagar por la certeza de las nuevas batallas, de los martillos que siguen resonando. Martillos que forjan armas y que suenan igual a los martillos que forjan cadenas, que suenan igual a los que forjan las campanas que tocan tras el concilio de Éfeso y a los de Antonio Pollaiolo sobre su bronce.

Agarrados con fuerza a estos sonidos tiramos hacia arriba sacando aguas con gozo.

El Moisés de Miguel Ángel en la iglesia de San Pietro in Vincoli

iglesia de San Pietro in Vincoli Moises, tumba de Julio II

Al salir del pozo nos encontramos la mirada severa de Moisés. Nos conoce bien, pero ya ha pasado su enfado. Tiene de nuevo las tablas de la ley y sus ‘cuernos’ por un resplandor de gloria. Su rostro está convertido en una llama, encendido también él por un encuentro. Su luz ya no está prisionera, como no lo estaba el arte en las manos que lo cincelaban. Mármol que de prisión se convierte en palabra, es más, en luz, en fuego que se eleva: ‘ad sidera flamma vocatur’. Quema por su belleza y por el deseo de más. ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él? Grande e ínfimo, ardiente, no sólo en lo que hace sino en lo que desea, de lo que es capaz.

Nicolas de Cusa en la iglesia de San Pietro in Vincoli

Antes de salir nos saluda Nicolás de Cusa. Juega también él echando palabras en el pozo del saber: docta ignorancia. Le sonrío complice en sus aventuras y tengo ganas de alzar la mano para brindar a ese ‘ser únicos’, esa única vida que nos acerca.

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Una tarde ante la iglesia de San Agustín (Sant’Agostino)

Con una melena gris recogida en una coleta bien peinada y la camisa de grandes cuadros azules fuera del pantalón, iba y venía recorriendo el primer escalón de la escalinata de la iglesia de San Agustín. En la mano izquierda, una bolsa de ordenador se balanceaba liviana haciendo acorde con su pierna derecha. El mentón apoyado en el pecho, parecía que su mirada observara la punta de sus enormes zapatos marrones de buen cuero.
Viéndole pensé, sin saber bien por qué, en aquel dibujo de una boa que se había comido un elefante y que, en otro tiempo, en otra vida, un niño había dibujado. Más allá de las cosas que la luz iluminaba ¿qué había en las sombras y en el contraluz?¿qué pensamientos y sentimientos se escondían bajo la camisa a cuadros?

biblioteca angelica junto a la iglesia de san agustin en RomaLa tarde, avanzando, cerraba aún más la pequeña plaza sometida a una cierta oscuridad prematura por los pisos sobreelevados.
Junto a la selva de coches aparcados la imagen de aquel hombre con la fachada clara como un folio remitía a una historia más grande que el elefante e igualmente escondida en apariencia. A la derecha, una ventana iluminada dejaba ver unas antiguas estanterías de madera bajo arcos que se sólo se adivinan apenas: la biblioteca Angélica.

Entrando en la iglesia de San Agustín.

Altísimas columnas y un cielo estrellado me cobijan.

Justo a la izquierda veo una imagen reluciente de María, como una gran matrona romana, y del niño Jesús regordete a su lado. Múltiples exvotos de agradecimiento, celestes y rosa, rodean las imágenes como un marco barroco.

Al fondo, en la oscuridad, atrae mi mirada una mujer en una pose graciosa, llena de donaire. Parece que me estaba esperando. Y así es. La Virgen de Loreto nos la ha dejado allí Caravaggio, esperándonos.

La Virgen de los Peregrinos

Junto a ella, a sus pies, recién llegadas, hay dos personas: pies sucios del camino y aún con el bastón -bordón colocado entre los brazos, apoyado en el hombro. Las manos, sólo ellas junto con la mirada devota, parecen tributar una adoración suplicante. Todo lo demás, está sacado de un callejón de cualquier esquina romana.

Aquella mujer guapísima y su niño ya no están entre los delicados y colorados paisajes del renacimiento -casi un paraíso en la tierra- ni entre las nubes barrocas de una gloria confusa. Se hace mujer de verdad, de oscuros cabellos mediterráneos, de cuerpo lozano, que deja caer su sombra ante el portal de una casa cualquiera. Una sombra que tantas veces habrá recibido aquella piedra y que parece grabada en ella, como un cuerpo de ausencia. Sombra y dintel comparten el centro de la escena con un descorchón en la pared igual a los de cualquier casa. Un niño ya grandote recibe la adoración y la luz mientras viste con su sombra el pecho de la mujer.

Ella mantiene el niño con desenvoltura y al mismo tiempo con la fuerza necesaria para tenerlo en brazos. El gesto de su pierna parece hablar de otros momentos en que, ante el portal de su casa, se para a hablar con alguna vecina. Está en su ambiente, se apoya en su dintel, espera y sostiene. La calma de un día cualquiera, con la simple liturgia de una visita cualquiera.

¡Y dicen que aquel niño es Dios! Y que aquella mujer es la única persona en este mundo elegida para ser su Madre.

Un rincón en la iglesia de San Agustín.

Viergen de Loreto del Caravaggio en la iglesia de San Agustín (Roma)No hay protocolos de corte ni recomendaciones.

No acuden a ella hombres cargados de grandes proyectos, vestidos ricamente.

Sin el relucir de un metal ni el teatro colorado de los grandes salones.

Sin chamberlanes ni ceremoniales, listas, invitaciones, etiquetas ni multitud de luces centelleantes.

La emperatriz vestida de brocado y coronada de joyas o la angelical virgen y madre son historia. Hace falta la historia, tanta, para mostrar con pocos colores, cientos de matices y sombras lo que las cosas son. Esa madre también era una mujer como las demás, ignorada por los ojos de príncipes, sabios, potentes. Hacía falta historia y Caravaggio para que una mujer cualquiera pudiera ser esa madre.

Sin embargo, me doy cuenta que tampoco este cuadro es aquella Madre y aquel Niño. Son la parte de ellos que gracias a la historia, a su largo decorrer, se muestra en un entreacto.

Lena y María en la iglesia de San Agustín

La prostituta, Lena, amada amiga de Caravaggio es ahora María. Lena le ha dejado su rostro, su carne, a la Virgen si no desde siempre, sí para la posteridad, para nosotros. Una encarnación artística en la que el inmaculado lienzo no desdeña asumir la materia de color, la forma de un caduco y maravilloso cuerpo, con un alma creada por las manos, el sentir y pensar de Caravaggio. Atrevimientos del querer que crea.

Para mí este es el lugar donde la iglesia se hace casa, también para pecadores con los que el Maestro no tiene reparos en compartir manjar y presencia.

En esta iglesia, Tullia, Fiammetta, Lena tenían su casa y este cuadro es un dintel en el que se anuncia su presencia. La Virgen, casa del Dios que la habita recibiendo de ella su calor, su vida en sangre. La casa de Loreto. Casa de vida familiar en la que crecer en sabiduría y gracia, en silencios de trabajo y vida cotidiana. Un lugar al que volver tras las bulliciosas jornadas entre palacios y vida cortesana. La casa que acoge a los que peregrinan en el tiempo: sucios, cansados del camino y los años. Una casa que luego, ya sin tiempo, sin espacios ni paredes, se ensancha con innumerables moradas inimaginables. Una casa iluminada a la sombra de lo infinito.

En esta casa se enamoró Dios de la humildad de una chiquilla. Todo se hace nada dependiendo en todo de una nada de mujercita que es todo para él. Atrevimientos del querer que crea.

El escenario es un dintel cualquiera. La humanidad peregrina espectante en los dos personajes, los grupos de turistas y caminantes sin rumbo, nosotros.

Saliendo de San Agustín

Una esalinata, una iglesia, una ciudad que aún conserva luces y sombras con paredes descorchadas.

¿Cómo dibujaría aquel niño, colorado y grandote, las cosas que veía en esta ciudad?

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Color. La gloria en la Iglesia del Gesù

El fuego no se puede contar y tampoco sus sombras. El fuego que estudiamos no nos calienta y es imposible imaginar el calor sin sentirlo.

Si hablamos de fuego enseguida me vienen a la mente conceptos como luz, intimidad, fiesta, compartir, calor. Poco después surgen otros como incendio, cenizas, quemaduras, desolación.

Una potencia siempre compleja, ambigua o al menos paradójica. Amorosa y destructora, cálida y vital o destructora y torturadora. Un poder que reduce todo a escombros carbonizados de donde se ha escapado la vida consumida en humo y violento crepitar. Estos dos aspectos son los que se dieron cita en mi imaginación al contemplar recientemente el arte del Baciccia en la iglesia del Gesù.

Baciccia iglesia del Gesù

¿Por qué el Baciccia me quemaba y atraía al mismo tiempo?¿Qué concepto, con qué palabras, podría expresar estas dos caras de la realidad? Por casualidad inicial y búsqueda después, me encontré con el italiano ‘buio’. El ‘buio’ no es la oscuridad, no es una negación, sino un color y una situación existencial. Para desentrañar el contenido que encierran estas 4 letras quise entrar en su historia, en su familia. Seguí un hilo que salvando el laberinto del uso secular, me llevara de la mano. 4 letras a las que asirme para iniciar el camino sin volverme.

Buriel. El color de la iglesia del Gesù

¡Qué alegría al encontrarme con papá ‘burius’ y mamá ‘urere’! Burius designa un color rojo oscuro, intenso pero apagado, un rescoldo, en el que se muestra la energía luminosa que fue en lo que que queda: los residuos de la combustión. Es siempre ‘burius’ el que está detrás del brown inglés y del braun alemán, designando en origen una extraña mezcla entre naranja y negro.

Entre los parientes del ‘buio’ italiano ha quedado, como hermano pobre y casi desconocido en nuestros días, el español ‘buriel’. También está la pequeña hermanita italiana ‘burella’. Ella da nombre tanto a un tipo de vaca lechera –bien morena para diferenciarla de las trabajadoras vacas blancas- como a una ‘oscura’ calle de la bella Florencia.

En mi imaginación todo empezó cuando vestido con un paño buriel –ahora lo puedo decir- iba capeando los empellones del viento que se empeñaba en hacerme rodar hacia la plaza junto al palacio Altieri. Buscando refugio del viento endemoniado me imaginé con los pies descalzos de los peregrinos caravaggescos. Uno más sin más, en la gran aula de la iglesia del Gesù, abierta, sin columnas. Una plaza pero cerrada al viento a inicios del s. XVI.

Antes del gran Colegio Romano, antes de las universidades, antes de esa plaza cubierta de glorias en frescos. Antes de todo ello estuvo la gruta en la colina que hoy es Trinità dei Monti. Estuvieron los hospitales de fortuna, la casa de Santa Marta delle Mal-maritate. Brasas que han dado luz y se han consumido por un calor que no va más allá del conctacto. Este fuego no prende pero no se inflama. Es un derroche de energías que no produce intereses pero que se propaga. Sin él la vida sería un frío aburrimiento de muerte.

Dentro de la Iglesia del Gesù

El Baciccia –siempre me hace sonreír el sonido de este apodo de Giovanni Battista Gaulli– no pinta la luz, incendia. Su oscuridad son carbones, sus sombras tienen un aire que danza. La maldad es un frío fuego fatuo y la gloria una pasión coral de llamas y cuerpos que se pasan destellos del incandescente blanco al tibio anaranjado.

Los personajes son un pardo y contradictorio buriel: un paño de humilde humanidad contradictoria. Son capaces de alimentar la luminosa gloria acercándose a ella y quedarse como ennegrecidos tizones al alejarse de la fuente de luz y calor. Enciendo una vela para tener cerca una luz de verdad, que se sienta, baile, caliente. Frágil y voraz.

También buriel podría ser el color más apropiado a la hora de definir los vestidos de Ignacio de Loyola conservados en su pequeñísima celda, engullida por un laberito de pasillos y nuevas construcciones que a drede no la han digerido.

También de buriel está vestido Ignacio en los frescos del padre Pozzo, y burieles han sido las vidas de José Pignatelli y el padre Arrupe. Están separados por un centenar de años, sin coincidir en vida, y sólo por un metro para acercarles en la memoria de sus sepulcros. Por cierto, si bien José Pignatelli pasa desapercibido en su sepulcro, tiene un busto maravilloso del escultor Solá en el presbiterio. En su sepulcro, las cenizas; en el altar, la gloria luminosa. Parece que en la dura piedra se encarne el espíritu de sobrevivencia de la orden de los jesuitas: reducida a huesos, pero siempre determinada.

Jose Pignatelli busto en la Iglesia del Gesù

Un jesuita

Este aragonés, cuando ser aragonés podía significar tener raíces napolitanas, mantuvo vivo el rescoldo, oscuro pero cálido, de esta paradójica Compañía. La habían declarado difunta pero no acababa de morir. Quizás la alegría y el razonado asentimiento que muchos experimentaban viéndola en su triste final se frustró con la descabellada ilusión de este aragonés por ser jesuita.  A pesar de la edad, de la familia, de su enfermedad, de la lejanía e incluso a pesar de que oficialmente los jesuitas ya no podían ser. No quedaba ninguno por estos lares tras la bula del mismísimo papa Clemente XIV pero él lo fue, por segunda vez primero.

Grandes de linaje y recursos, como el delgado Pignatelli que nos muestra el mármol, que se queman ardiendo como ascuas en oscuras historias y luego dan a luz una gran hoguera. Tan sólo huesos, pero huesos de locura o enamorados. En su desnudez descarnada tienen el paradójico poder de acercar, de congregar. Nos hacen saltar más allá del poco tiempo en que eran auto-móviles para luego ser velas empujadas por un soplo de viento. Divino para unos o endemoniado para otros. En ambos casos un viento igualmente incomprensible, ambiguo como el ardiente y oscuro, buriel.

En la plaza ante la iglesia del Gesù

Salgo a los aires furiosos de la plaza y me encuentro con el anaranjado atardecer que va apagándose. El ‘imbrunire’ italiano que tanto me gusta. Un tiempo que como nuestra alba, se viste de un color tan especial que le da nombre propio.

Una ‘apetta’, una de esas motos con remolque que parecen zumbar en el equilibrio inestable y juguetón de sus tres ruedas, pasó a mi lado. En su toldo de tela franciscana, escrito con letras blancas: Cavalier G. Zazzaretta, legnami (maderas). Me imaginé a Petronio haciendo entrar a esta hora del atardecer en su cena de Trimalcione al Cavalier Zazzaretta. Jovial y mordaz, siempre listo a una buena salida irónica. Un auténtico nombre hablante, digno de una ocasión tan especial.

Hay nombres que hablan, que suenan y resuenan, sugiriendo significados, jugando con otras palabras, trayendo a la mente imágenes. Nombres contradictorios, muy humanos, en una mezcla bien saturada de alturas gloriosas y lodos que cubren en las caídas.

Caminando ahora ya en la oscuridad que en Roma es ‘buio’, subo por via IV Novembre y paso junto a los Mercados de Trajano. Una torre inclinada, como de puntillas sobre el Foro de Trajano, se asoma para ver la ciudad en sus incendios apagados y sopla memorias para reavivar las llamas de la ilusión. A ver si vemos lo que será.

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