San Pietro in Montorio
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Trasfiguración en San Pietro in Montorio (San Pedro en Montorio)

San Pietro in Montorio no por caso es la cima de un Via Crucis.

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María Teresa León en Memoria de la melancolía escribe: «Puede que los españoles tengamos la pasión de la desdicha. Subimos descalzos por las piedras -«unos cayéndose y otros levantándose» -. ¿Conseguiremos  -o conseguirán los que nos siguen- llegar al lugar donde el aire libre suprime la cruz y el calvario?»

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San Pietro in Montorio visto desde el Puente Sixto

Su luz, la belleza, la alegría de estar bien en buena compañía, cancelan los calvarios, consuelan ante el suplicio. Un lugar de cruces, encuentros entre la verticalidad de la colina y la horizontalidad yacente. Lugar de luchas que lo destruyen y de reconstrucciones como memorias. No acaso a su lado se encuentra el osario con los caídos de las luchas de la república romana de 1849 y también el Templete de Bramante, hermosa garganta, testigo, que lanza su equilibrado grito, calma que habla de Pedro.

Entrando, en la primera capilla de la derecha, Sebastiano del Piombo nos presenta un Jesús que incluso durante la flagelación se muestra hermoso. Es como si la pasión no lo descompusiera y la transfiguración que tuvo lugar en el monte Tabor, pintada en el ábside de esta capilla, prolongase sus efectos benéficos en los momentos más oscuros. Esta colina es también lugar al que tantos han subido para orar y contemplar esa Transfiguración. La que contempló Rafael hoy la podemos disfrutar en los Museos Vaticanos aunque durante siglos estuvo en el altar de San Pietro in Montorio.

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Flagelación de Jesús. Sebastiano del Piombo en la Capilla Borgherini de San Pietro in Montorio

Desde antes incluso de la presencia de los franciscanos de Amedeo Mendez da Silva, este lugar era el destino de las miradas que buscaban refugio en la verde colina de arenas doradas: Mons Aureum. Un lugar perfecto para seguir la vida de la ciudad y al mismo tiempo para retirarse. Estar dentro y también en lo alto. Surgir de una gruta bajo tierra como un manantial de recuerdos y divisar los montes Albanos o dejarse caer hasta el Tíber que nos llevará al mar:

«No es dramático ser tu esclavo,
o dependiente, o adorador a ratos,
hay sólo que esperar tu capricho
y entretanto constatar la pompa
con que suceden los fenómenos diurnos
y nocturnos, los colores de las nubes,
la peculiar afabilidad de la gente,
la agilidad del aire y de los movimientos,
las felices y frecuentes insolaciones,
la melodía tácita que se eleva
de una ciudad que mira hacia el Gianicolo,
desde donde siempre es posible que tú desciendas
riendo hacia el Tíber que te ama
porque siempre le estás pasando por encima.
¿Y quién querría, pues, vivir en otra parte,
dejar esta ciudad embellecida
por ti, por ti y por ti en cada colina
y puente y ministerio y supermarket,
bajo un latido de alas transparentes,
quién no querría llevar tus sandalias?»

(Juan Rodolfo Wilcock)

Aquí, además, el combativo apóstol Pablo se pone bajo la autoridad del anciano sacerdote que lo teme. El guerrero, de imperial autoridad revestido en un simbólico camuflaje, se inclina para someterse a lo que se le diga, todo oídos, obediente y ciego. El pintor Vasari, en la Capilla Del Monte, con su gran escenografía circular nos hablan de cómo la vida de san Pablo es figura de la historia de Europa y de la iglesia católica. Curiosas líneas curvas las que nos esperan en San Pietro in Montorio para contarnos el mundo a mediados del s. XVI.

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Esculturas de Bartolomeo Ammannati en la Capilla del Monte (familia del papa Julio III) en cuyo diseño también intervino Miguel Ángel Buonarroti.

Pedro y sus compañeros se caían de sueño

Mientras, se desvelaba la belleza y esta se irradiaba como una luz que transformaba incluso los hilos de vestido. Ante el mismísimo Jesús transfigurado, acompañado por Moisés y Elías, gobierno y profecía unidos, ellos cabeceaban por el sueño. Quizás la tranquilidad del lugar, las horas que pasaban sin tener costumbre de estar retirados, el poco comer y la hora avanzada. Nada de especial se esperaban y en su rutina estaban a punto de dejar pasar una anticipación de la gloria.

Cuando llegamos a esta altura sabemos por experiencia que también nosotros podemos bostezar ante la belleza. Pensamos en echar una cabezadita justo cuando podríamos vislumbrar por un resquicio la luz descubierta, una mariposa. Nuestro aspecto, tantas veces, es más semejante al más rastrero de un gusano, enterrado y oscuro.

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Entierro de Cristo de Dirck van Baburen en la Capilla de la Piedad de San Pedro en Montorio

Para acceder al bautismo, antes de nacer del agua, es necesario desnudarse. Daniele da Volterra en la Capilla Ricci nos lo muestra en movimiento. Un descender hacia el agua hasta llegar al momento de lavar toda la suciedad. Curioso, en ese momento de ‘descenso’ al río y en el ‘ascenso’ al monte son los dos únicos momentos en los que una voz del cielo pone título, didascalía y anuncio a lo que pasa. Así, en San Pietro in Montorio, fuente profunda y altura del monte se dan cita en el Templete. Su voz podría ser esa Apocalypsis Nova en pleno Renacimiento romano.

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Para el bautismo nos desnudamos de todos nuestros ropajes, sandalias para no ostaculizar el lavado. En la transfiguración los vestidos se contagian de la belleza que produce luz por contacto, radiación potente: refleja no sólo todos los colores sino también el rebullir, la reververación de tanta hermosura, verdad y bondad dentro. Me encanta esta idea de que no sólo somos capaces de enturbiar, ensuciar, denigrar lo que nos rodea, sino también poder contagiarlo de una pulcrísima luz. Quién sabe cuándo y dónde. En tanto, aquí, en arte, se nos recuerda que es posible, que así fue y puede ser.

«¡Qué bien se está aquí! Hagamos tres tiendas… No sabía lo que decía.» Ante ese diálogo, ante tanta belleza, aún medio dormidos, como en un sueño, Pedro no sabe lo que dice. ‘Un no sé qué que se queda balbuciendo’ es lo que experimenta, inefable. Eso sí, desea que el momento dure, permanecer en ese estado. Algo único, que emociona hasta superar la capacidad de razonar. Un éxtasis.

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Éxtasis de San Francisco en la Capilla Raymondi de San Pietro in Montorio

Se asustaron al entrar en la nube

La niebla como una experiencia de estar perdidos. De la luz y el resplandor pasaron a no distinguir los rostros, a sentir el frío que borra los contornos y los límites. Perderse.

De lo fascinante y sobrecogedor al miedo es un paso. Del no saber lo que decían por la emoción, al mutismo del miedo. Unos segundos bastaron a cambiar los sentimientdos y experimentar primero la euforía de la gloria y luego la repulsa de la muerte que está detrás de todos nuestros miedos. En este caso la nube y su oscuridad son el lugar en donde resuena una voz que explica en la tiniebla lo que contemplaron sin entender en el resplandor de la luz. Y en San Pietro in Montorio tenemos representada tanto la luz que podemos esperar como la tiniebla en la que tenemos que entrar, que hemos de pasar.

En la capilla Raymondi uno de los ángeles-niños enciende una antorcha para mirar a los ojos, en la oscura niebla, a la muerte. El otro se asusta horrorizado ante lo que ve y permanentemente escapa. El arte que parece vencer nuestro miedo jugando con él.

«Y al fondo de todo, más allá de nuestras fantasmagorías y nuestros delirios, momentáneamente contenida por este puñado de palabras como el dique de arena de un niño contiene las olas en la playa, asoma la Muerte, tan real, enseñanado sus orejas amarillas.» (Rosa Montero, La loca de la casa)

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Tras esta aventura en la colina de la trasfiguración de Roma, salimos de San Pietro in Montorio para encontrarnos de nuevo solos, condición de los caminantes que nos iremos encontrando. Pequeños erizos, también, que alzamos nuestro rostro hacia el sol que nace tras los montes albanos.

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En la balaustrada de la Capilla Ricci, el emblema de la familia atribuido a Giannozzo de Giannozzi.