Esculturas del Vaticano – El sueño de Pigmalión

El poder de un cuerpo

Confieso que ante muchas esculturas siento la gran tentación de acercarme y tocarlas. Nunca me ha pasado así con ningún cuadro. Al contrario, ante las pinturas tiendo a alejarme. A veces simplemente por su tamaño, intentando oír con los ojos las palabras de forma y color, o para notar mejor sus ausencias. Otras, por miedo a estropear los delicados colores. Sin embargo, cuando entro en la colección de esculturas del Vaticano, ya en el Cortile della Pigna, me vienen ganas de poner mis manos sobre el brillante bronce de un mundo quieto y hacerlo girar, danzando con él.

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Escultura de A. Pomodoro en el Cortile della Pigna de los Museos Vaticanos

El espacio de un cuerpo sólido, su detrás, sus lados, la textura de los materiales que no son sólo una piel de color sino que contienen una carne, son un presente. Un cuadro, en cierta forma, nos llega como una carta, siempre desde el pasado aunque quiera durar para siempre. En cambio, la escultura está aquí: es el espacio que la contiene y el que fue rellenado con su materia.  Volúmentes que también hoy, ante mí, moldean el espacio y, por tanto, entran en el tiempo.

En este sentido desenterrar, sacar una escultura de la tierra, de la piedra, de una botella, de donde esté escondida, no es sólo encontrar un objeto sino un compañero en este mundo que ocupamos. Con nuestro movimiento parecemos seres que cambian el tiempo o que, al menos, lo sienten pasar en tantos modos. Las esculturas del Vaticano, con su inmobilidad, traen consigo un tiempo que parece no durar, un eterno presente. Puedo estar ante la estatua de Augusto sintiendo que a mi lado, un día, también Augusto se midió junto a ella. Y, como tantos también después, puedo sentirle vigoroso, guapo, determinado, prolongando su tiempo en ella, ocupando un espacio en el mundo aun cuando él y quien la cinceló ya sólo sean polvo sin forma. Su estatua vence la indiferencia que destruye.

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Augusto de Prima Porta. Una de las esculturas más bellas de la colección del Vaticano.

«¿Por qué no durarán como este mármol y ese bronce las manos que nos encantaron?» Pregunta el David de Micheangelo al Perseo de Cellini en El Diálogo de bronce y mármol (José Enrique Rodó).

El deseo de poseer

Estoy ante un atleta, el Apoxyomenos. Sí, en efecto, me vienen ganas de tocarlo, de imitar su gesto y de dirigirme hacia él; ganas de caminar entorno y de acercar el oído para escuchar lo que seguramente tiene ganas de decirme tras tantos siglos hablando en silencio.

Los antiguos romanos, ya por su substrato etrusco pero sobre todo tras la conquista de Grecia, fueron apreciando cada vez más este poder de las esculturas: su hermosa originalidad era una llave que encajaba en la cerradura de la memoria. No sólo eran compañeras en la última demora, rostros y figura para inmortal fama, sino también en las horas y lugares amenos, exóticas invitadas y anfitrionas de lujo en sus casas. En su silencio se depositaban secretos y traían recuerdos para perdurar. No acaso una estatua costaba muchísimo más que cualquier buen esclavo.

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En el museo Pío – Clementino de los Museos Vaticanos tenemos una copia del año 50 a. C. de una escultura en bronce de Lisipo (siglo IV a.C.). El original no nos ha llegado. Vicisitudes de un cuerpo que no por hermoso queda libre de convertirse de nuevo en metal o en polvo. Sin embargo, ese deseo de poseer la belleza de un cuerpo en un momento perfecto, relax íntimo tras el esfuerzo agonístico, hizo posible que naciera y sobreviviera el Apoxyomenos que tengo ante mí, a través de mil vicisitudes.

Ahora bien, me doy cuenta también de que el deseo de poseer me hace ser poseído.

Poseer y ser poseídos

Cuando la belleza parece tocar la perfección, imponiéndose como una experiencia extraordiaria, queremos reternerla, tenerla a nuestro alcance para repetir los encuentros, como visitas amorosas. Es difícil admirar sin aferrar, querer sin adueñarse, cuidar sin pretender. Bajo la excusa del que aprecia, del que rescata, del mecenas, es fácil dedicar recursos y poder no sólo para crear sino para sentirnos con derecho a utilizar lo creado. Las esculturas serían marionetas de nuestro guiñol, títeres con hilos que, sin embargo, atan nuestras manos mientras pensamos que se mueven a nuestro antojo.

Henry James, en The last of the Valerii, nos habla de un caso de ‘posesión’. En su novela Marta se casa en Roma con Marco Valeri. Su relación se transformará en una lucha cuando durante unas excavaciones encuentran una preciosa estatua de Juno. Él se enamora de la perfección de la estatua pero no sólo. Con ella reafloran la historia antigua, la divinidad que representa, antiguos ritos. Todo ello, en el cuerpo de Juno, vuelve a estar en sus manos. Con las estatuas ‘divinas’ el deseo nos lleva no sólo a poseer la virtud de un personaje, su historia real o simbólica, sino el númen, un poder sobrehumano que parece habitar en ese espacio.

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Hermes – Mercurio Psicopompo, el que acompaña las almas en el viaje tras la muerte. Museo Pio Clementino (Vaticano)

Cuando Marta consigue volver a enterrar la estatua es como si Marco recobrara su libertad. Eso sí, él no podrá mencionar nunca más su Juno sin sentir un dolor que lo enmudece, como la ausencia de un miembro amputado.

Para evitar ese riesgo de pensar de poseer y ser poseídos, a lo largo de la historia tantos han dado como receta lo que hace Marta. Es más, si esto no fuera suficiente, lo mejor es destruir. De ahí que la prohibición de hacer imágenes, en algunas culturas y religiones, no tenga por finalidad sólo el evitar caer en la tentación de encerrar personas, océanos, galaxias e incluso lo que está fuera del espacio en un cuerpo. Creo que es una prohibición fruto del miedo, para evitar que pensando de poseer acabemos poseídos por ese mismo deseo de posesión.

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El grandioso, inaferrable, terrible y paterno Nilo lo podemos acariciar y tener tumbado ante nosotros

El poder de la perfección

Cuando en Roma nos acercamos a la Piedad o al Moisés de Miguel Ángel nos viene natural admirar la perfección de las formas, composición, materiales. Muchas personas de hecho no piensan en Jesús muerto o en los sentimientos de María con él en brazos, o en la revelación de la ley y los mandamientos que Moisés acababa de recibir como regalo divino para su pueblo. Estas dos estatuas están en iglesias, forman parte de una tradición religiosa viva y, sin embargo, nunca he visto a nadie arrodillado o en oración ante ellas. Quizás ante ellas se rece sólo con la mente, con el estupor. Quizás sea una forma de oración la admiración ante la capacidad de un artista por crear belleza o la gratitud por tales maravillas. En todo caso, veo que no son un símbolo, una lanzadera para ir más allá. Nos quedamos en ellas.

Nos pasa entonces como a Pigmalión. La perfección de lo que hemos creado nos enamora, se hace lo más deseable, fin de todo esfuerzo. Ella, la blanca Galatea, es capaz de vencer en su cuerpo de mármol la caducidad de cualquier pobre mujer, blanda de carne y tiempo.

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La Galería de los Candelabros en el Vaticano es otro lugar maravilloso para recibir la mirada de cientos de estatuas

Incluso cuando en la escultura se nos representa un anciano pescador o la esclavitud del niño nos admira la capacidad de reflejar la realidad con una técnica maravillosa. Podemos seguir enamorados, también entonces, de la perfección sin sentir el peso del trabajo sobre las viejas espaldas o en las tiernas manos, ya encallecidas.  Un cuerpo hermoso que dejó lejos los juegos infantiles y sin una madre -sabe Dios en qué lejanas tierras se quedó- que lo acaricie.

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Estatuas en cuerpo presente que te llevan de la mano a dar el salto de sentir su vida o te hacen, curiosamente, un cuerpo de sal sin más sentimiento que la sed de la perfecta creación.

Una fortuna en estatuas

Roma es un bosque de estatuas. Pasan las civilizaciones por ella y siempre quien ha tenido el poder ha producido y poseído estatuas. Se van pasando de generación en generación, se pierden y encuentran, muchas han ido a parar a decenas de museos en todo el mundo, pero siempre han poseído el poder de atraer y admirar. Dos cualidades que todos los poderosos de cualquier edad han querido para sí, unidas, claro está, al valor económico.

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Estatua de la diosa Fortuna

En algunos casos, pocos, estas estatuas aún están a la intemperie, adornando la ciudad, entregadas. La mayoría, sin embargo, están cobijadas en diversos museos, expuestas. En cualquier caso, son una fortuna heredada, cuerpos reconocibles o deformes, antiguos o modernos, que se nos aparecen imponentes en los sueños. Sucumbimos así a sus encantos, son nuestras sin poseerlas. Mirad si no lo que soñó Manuel Vilas en su poemario sobre Roma cuando pasa por la colección de esculturas de animales en los Museos Vaticanos:

«Me iré de este mundo sin hablar con los cocodrilos.
Me iré de este mundo sin vivir al lado de las jirafas.
Me iré de este mundo sin dormir con los lobos en la nieve,
sin que mi lengua toque la suya en la noche polar.»

Estatuas que despiertan deseos cuando están ante ti. Pero también estatuas que nunca estarían en la casa de mi familia ni en la de ninguno de mis amigos de infancia. Estatuas que eran sólo una foto para descansar mientras estudiabas la lección de historia. Cuerpos, más que objetos, que nos sobrevivirán y a los que es difícil resistirse. Ante ellas, a pesar de ser un común hijo de vecina, nos atreveríamos incluso vestirnos con la piel de león y dar nuestro rostro al de Hércules, recibiendo su fuerza. Desearíamos entonces ser admirados como él, encarnar sus virtudes, perpetuar su fama.

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Hércules y Telefo en el Museo Chiaramonti

«DAVID -¿En qué reconoces a los que son dignos de mirarte?

PERSEO – En que cuando ellos me miran siento como si el fuego de la fragua volviera a arder en mis arterias de bronce, y me trasmitiera otra vez el soplo creador, y me comunicara de nuevo los estremecimientos sobrehumanos, las angustias feroces, los júbilos sublimes, de la forma que va a ser, que va a infundirse en las entrañas de la materia obscura y rebelde. Después, en una especie de sueño, veo que renazco en tierras lejanas, entro gentes que no vi jamás, reencarnado en palabras armoniosas, o en doctas lecciones de belleza, o en figuras heroicas que brotan de la piedra y el color, o simplemente en una blanca idea que se queda, con el pudor de las vírgenes vestales, en la soledad de un noble pensamiento.» (José Enrique Rodó, El Diálogo de bronce y mármol)

Esta tarde, tras la hermosa visita con Valentina en los Museos Vaticanos, veo a mis hijos y me alegra pensar que les dejaré los castaños que plantó mi padre y la desprendida heredad de las estatuas que también por ellos podrán ‘renacer en tierras lejanas’.

tronco belvedere museo pio clementino sala musas

Gracias al trabajo de Valentina y de tantas guías las estatuas siguen renaciendo, guías nuestra mirada, imaginación, memoria y sentimientos para que sigan siendo cuerpos de arte que dan vida. Un precioso momento en el que lo experimentamos ante el Torso del Belvedere.
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