Desnudos en Roma

Desnudos en Roma.

La verdad me la encuentro desnuda. Tiene un cuerpo que resplandece sin oropeles, sin adornos, sin ocultar y sin ocultarse de nada.

La verdad desvelada de Gian Lorenzo BerniniLa verdad, descubierta por el tiempo. G.L. Bernini en la Galería Borghese

Arrojada, como todo cuerpo, su materialidad desnuda puede toparse con ojos avizores de mirada rapaz. Cuanto más hermosa en su candor, sin ropajes, parece más vulnerable y a la merced de manos que no siempre la acaricien. Es una triste realidad ver cómo surge entonces el sentido depredador. Como un trofeo, no se la desea en cuanto verdad o hermosa sino por ufano afán de poseer, de poder, demostración de cuanto uno puede. Un deleite bramido, y por eso aún más terrible, pues es capaz de destruir cuando puede y también cuando no logra poder.

La verdad, como la belleza, son una epifanía de un tesoro sin posibilidad de dueño. Existen en todo y se dan a quien la descubre, más allá del creador o de quien determina su uso. Una vez descubiertas, sólo el tiempo tiene algún poder pasando su tacto silencioso sobre ellas. También es él quien las va desnudando. Sin dueño, el bosque, el mar, el rostro hermosísimo de una escultura en éxtasis, la mujer que te enamora mientras camina a tu lado y te mira y te habla se entregan.

Nacimiento Venus en Palacio AltempsNacimiento de Venus en Palacio Altemps

La verdad forzada

Sin dueño. Y, sin embargo, hay quien incendia, quien ensucia, quien hiere con punzones de rabia la piel colorada, quien acalla con golpes o desprecio los labios. No son tuyos aunque respiren tu aliento. Sólo por existir, por estar cerca de quien todo aferra y arrebata, cada estrella de esta galaxia de células de piel diáfana se vierte devorada por una masa brutal. Pasa a ser objeto, sin vida, cadáver, robado, en una caída sin fin, sin luz. El centro de esa vorágine es dominador, conquistador de una fuerza que fuerza el derecho, que sepulta, encierra y esconde. Nada sale ni se educa (conduce hacia fuera). Una fuerza que amasa y sofoca bajo una presa de pesos lardos. Allí, ni siquiera el mosto tinto es un fruto sino sólo gangas, bagazos, relictos. Profeta condenada, la verdad.

Laocoonte Museos VaticanosLaocoonte, Museos Vaticanos

Verdad, mujer

Para uso y consumo, siempre so capa de ser un custodio. Como una mujer en la antigüedad clásica dependía de su dueño de hecho y de derecho así la verdad pierde su libertad. El pretexto era cubrirla con vestidos que la defendieran, cuidaran, como si estuviese desvalida. Y así, su poder quedaba encerrado al servicio de quien ejerciera la patria potestad, el poder de los hombres. Los dioses sometían a los varones, estos a las mujeres, los ciudadanos a los extranjeros o esclavos y todos la tierra que los cobija. Así, normal, todo atado.

galeria borghese rapto de ProserpinaRapto de Proserpina de G. L. Bernini en la Galería Boghese

Bastaba que un hombre se cruzase de brazos ante un bebé. Entonces, la verdad de su recién nacida existencia quedaba anulada, negada. Ni padre ni hijo. Verdad de madre violada y sin ningún problema eliminada.

Mentir y que la mentira se hiciera verdad era tan fácil como no alzar un niño en brazos, dejarlo expuesto o arrojarlo en el Taigeto. Política de los hechos consumados. Necesidades arrojadas, problemas que nunca serán resueltos, enfermedades que no vendrán, debilidades que nadie tendrá que cubrir o soportar. Esto quedaba asegurado al destruir la necesidad, el problema, el enfermo, el débil. La voluntad del más fuerte es la que impera y llena las historias, alimenta incluso el arte.

Pobre verdad

san jeronimo desnudoSan Jerónimo, de José de Ribera en la exposición “De Caravaggio a Bernini” en las Scuderie del Quirinale

Tanto queremos, a veces, evitar los males, los defectos, las miserias que pasamos de poner todas las curas, quizás haciéndolas pagar bien caro, a eliminar a quien parece no tener cura, nos cansa o nos resulta peligroso. O curamos o matamos, todo por poder, con límites muy sutiles. Unos límites que son lugares, gargantas profundas, en las que las verdaderas intenciones se ocultan. Llenan la verdad de vaposos pliegues más terribles de un laberinto.

Y es que no es fácil soportar el largo y constante sacrificio -hacer sagrado- de quien obra dedicándose a las necesidades sin aprovecharse de ellas para aumentar el propio poder. Contemplar la desnudez, aceptar la entrega, responder y no usarla. Cuantas veces, oxímoro existencial, del mísero, del errabundo, del ignorante o hambriento se alimentan la riqueza y poder de otros. Llegamos, así, a la desnudez llevada hasta el límite, hasta el límite de los huesos. Nos la encontramos allí donde se pierden los rasgos y todo parece definitivamente roído. Más allá de la podredumbre incluso, existe la desnudez que espera la carne.

santa maria del popolo tumbaTumba de Giovanni Battista Gilseni en Santa María del Popolo

Esa verdad definitiva, finalmente desnuda, puede ayudarnos a despojarnos también, al fin, de nuestras ganas de forzar y mandar. ¡Con qué ansia hacemos que la verdad se adecúe a la mayoría! Pero también somos capaces de enarbolarla como una bandera reivindicando orgullosamente que somos esa minoría electa y distinta de la gran masa. Oxímoros de verdad. Si bien no rehuye nadar contracorriente y ser diferente a la mayoría tampoco renuncia a ser la verdad sencilla del común de los mortales que pasa escondida como lo extraordinariamente normal.

Una locura de verdad

En verdad, en verdad te digo que en un momento, en la historia, una locura hace perder para siempre los papeles a todos los actores de nuestro drama. Aparece un Dios que se enamora de una mujer. Es más, como cualquier hijo de vecina para hacerse hombre depende de ella, nace de ella, necesitado hasta de llorar y caminará hasta la muerte. Y esto sin compras, sin acoso, sin engaño de falasas apariencias. Todo sucede porque ella libremente le dijo que sí, aceptando un plan descabellado. Todo sin los raptos ni violencias a los que nos acostumbraban dioses que se hacían pasar por hombres para sus devaneos y hombres que, apoteósicamente, se creían dioses.

Es entonces cuando una mujer se hace protagonista de su historia, de la historia y de lugares que van más allá de cualquier idea o sentido. Lo humano, volviendo como al principio a una mujer, es respetado. Lo divino, al fin, por una mujer es humano. Es una locura de verdad, la belleza de la mujer liberada del poder.

Mosaico de la Anunciación en Santa Maria MayorMosaico de la Anunciación en Santa María la Mayor

¿Liberada? ¡Si a ella misma podrían haberla apedreado por adúltera! ¡Si tantas y tantos seguirán sufriendo bajo el poder de otros hombres! Ni esta locura parece bastar pues no se impone con poder, aunque nos gustaría. Nos gusta tanto sentirnos amparados por la verdad para mostrarnos fuertes. No nos basta ni siquiera que Dios se haga niño o reo sin ciudadanía. No nos basta que la belleza o la verdad tengan el encanto de la libertad que busca enamorados y no dueños. ¡Cuánta agua tendrá que ofrecernos nuestro Tíber para rodar los cantos de cada generación, cada persona, en todo momento!

Desnuda historia

Ahora bien, la historia es un largo camino. Incluso, “bajo la religión de la caridad la razón ensoberbecida ha renunciado a servir la necesidad, la indigencia humana. Uno de tantos problemas que la historia nos tendría que descifrar.” Cierro el libro que estoy leyendo de María Zambrano rumiando estas últimas palabras.

La lógica del poder, tan fuerte en la primera época del Imperio Romano, hacía que la resignación estoica fuera el único camino para no caer ni en la esperanza de una verdad imposible ni en la desesperación de esa imposibilidad de alcanzarla. Ni esperanza ni miedo: nec spe, nec metu. Un lema que muchos asumen para hacer de la verdad, la conciencia de nuestros límites, algo más cercano y consolador para cada ser humano.

Una amiga mía me aconsejaba que leyera sólo de vez en cuando a María Zambrano, porque se te pega. Pero no fui capaz: “El que se resigna, se evade más allá del temor y de la esperanza, como Séneca repite constantemente que hace el sabio; se retira a un lugar al margen y más allá de la esperanza y de la desesperación. Se retira, en cierto modo, de la vida.”

Desnudos desde el principio

Capilla Sixtina Adán y EvaAdán y Eva de Miguel Ángel, bóveda de la Capilla Sixtina.

Vuelvo luego a contemplar esta representación en la que la verdad de lo que somos aparece hermosamente desnuda. La contemplo y veo que también ella puede caer en la tentación de usarse, de usar su belleza para el poder. Hermosa aparente, la verdad, con aquella madita soberbia que no reconoce en sí y en los demás la indigencia y la necesidad.

Ese retiro ¿no será el volver la espalda al árbol de la vida para coger los frutos del árbol del conocimiento?

Eran sabios, conocedores del bien y del mal. Desnudos, en verdad, pero sin concordia, separados. Y eso producía que la desnudez pasase vergüenza. Su rostro se contraía en muecas de compunción, en arrugas de un conocimiento que les servía para acusar y, por tanto, valer más que el otro. Nos vemos y nos ven más feos.

Adan y eva arrojados del paraiso en la Capilla sixtina

Cuando hay intimidad y cercanía nada se esconde, no hay miedo a que todo se pueda ver. La fragilidad se hace confianza y se descubre. Se expone cuando el amor en sus múltiples formas la toma de la mano y se hace com-pasión. Nos vemos y nos ven más hermosos.

Espaldas desnudas

Para ver, de verdad, tenemos que mirar de frente y de espaldas. El fuego tiene un rostro que quema y una espalda que caldea. Quedarnos sólo con una parte es perder de vista todo, mentirnos, sin profundidad. De ahí el engaño de las cosas sin espalda, meras fachadas que encantan porque aparecen claras, perfectas en la armonía de sus líneas sin espacio. Tenemos que introducir una espalda para que haya una columna, el soporte de una realidad que puede ser más complicada, divertida y rica.

Base columna desnudaDibujo relativo a una columna de la catedral de Brouges

El rostro de la verdad puede contar el miedo ante la justicia que busca culpables. Mientras, su espalda carga crímenes que incluso puede querer olvidar. Rostro y espalda son de verdad. Por eso, muchas veces la justicia, ciega, necesita que le hagan la caridad, la única que da una mano o incluso el seno porque es capaz de ver las necesidades. Ella le da la vuelta a la verdad.

San isidoro roma capilla De SylvaLa caridad y la verdad, esculturas de Giulio Cartari en la capilla De Sylva en la iglesia de San Isidoro de Roma

Desnudos al final

Me ayuda a concluir César Antonio Molina en Lugares donde la eternidad envejece. Envejecer es la oportunidad de ir aceptando nuestras miserias y darnos cuenta de qué quedará de nosotros, lo que valdrá de verdad tras el tiempo. Es el camino el que nos proporciona encuentros. La eternidad coge sabor a humanidad, se hace misericorde, en algunos lugares en donde, como en Roma, ‘se han visto tantas’: “Andar es también sanar. La vida es muy corta, pero largo el tiempo que pasaremos bajo las tierras cultivadas por el Tíber o cualquier otro río. Caminaremos, caminemos, mientras podamos. Senza fine”. Hasta lugares en los que al final, espero, nos veamos desnudos de verdad.

desnudos resureccion carne juicio final Miguel Angel Capilla SixtinaResurrección de la carne, Miguel Ángel, Capilla Sixtina

El camino es largo y, en cualquier caso, la única señal es que no podemos dejar de buscar una mujer, ella, la de verdad.

 

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Guia En Roma

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