La Puerta Pía es una puerta monumental de las murallas de Roma. Diseñada por Miguel Ángel y situada cerca de la brecha por la cual los garibaldinos entraron en la Capital para conseguir la unificación de Italia en el 1870. Además de su importancia histórica, tiene igual peso en la cotidianeidad.

Una puerta a Roma. Eso es, para mí, la Puerta Pía. En realidad, se trata de una puerta monumental de las Murallas Aurelianas diseñada por Miguel Ángel en el siglo XVI. Es más, es una puerta doble. Hacia fuera de la ciudad antigua, hacia la Nomentana, será Virginio Vespignani el que realice la otra cara de la puerta. Una puerta moneda, con cara y cruz.

Porta Pia lado via Nomentana realizada por Virginio Vespignani
Porta Pia lado via Nomentana realizada por Vespignani

A unos pocos metros de esta puerta se encuentra el punto de las murallas por donde entró el ejército garibaldino tres siglos después para conseguir la unificación de Italia. Es por este acto, más que incluso por su célebre auto, por lo que la Puerta Pía es generalmente conocida. Esto no significa que esté privada de belleza, ¡todo lo contrario! Para mí tiene una muy especial. Un significado casi mágico. Sí, es una puerta a Roma. Pero para mí lo es más que literalmente, es casi un transportador. Una puerta como símbolo de entrada más que como instrumento de entrada.

Conociendo la Puerta Pía

Aunque, la primera vez que la vi, no era más que una pieza (preciosa, por supuesto) que me indicaba el camino a seguir por las murallas aurelianas. En mi, quizás, no larga pero si ancha historia con Roma, en el comienzo de mi tercera etapa en la Ciudad Eterna, conocí Puerta Pía.

Pasé los primeros días alojado en diferentes hoteles a esperas de que mi nuevo apartamento (ahora mi gruta, mi ninfeo cual Nerón en su Domus Áurea… aunque sin el resto del palacio) quedara libre y preparado para que yo entrase.

Cuando esto sucedió, me encaminé con mis bártulos hacia la dirección. Mirando el mapa, vi que tendría que seguir las Murallas Aurelianas pasando la Puerta Pía para luego desviarme a la derecha hasta llegar a Villa Albani. Con tantas cosas en la cabeza, la figura de la puerta me embaucó por un momento, pero en ese instante pudo su función de indicador. Seguí de largo.

Murallas y monumento en el lugar de la brecha de Porta Pia
Murallas y monumento en el lugar de la brecha de Porta Pia

Puerta Pía: compañera de viaje

Ya instalado, tocaba empezar a ir a trabajar. Y podía ir andando… ¡qué fortuna! Para quien conozca Roma… es casi que te toque la lotería. Y, ¿quién estaba esperándome por el camino? Sí, la Puerta Pía. En esos difíciles comienzos, con cada día que era un desafío a superar, la función de indicador de Puerta Pía fue tornándose en otra mucho más importante. Su belleza fue abriéndose paso entre las preocupaciones del cómo llegar a mi destino. Es más… mi destino estaba allí, ya había llegado. Su brillo y majestuosidad fueron dejándose ver. Mejor dicho, mis ojos pudieron percibirlos mejor al desanublarse de preocupaciones con su aparición.

¡Qué bonita es! ¡Qué bonita es Roma! ¡Qué bonito es estar aquí! Las semanas pasaron y la puerta ya no me indicaba el camino a casa o al trabajo. Ya sabía por dónde ir, cómo llegar. Pero la Puerta Pía me recordaba el porqué ir, el porqué llegar. Por todo lo que Roma es y por todo lo que ella puede darme. Mi entrada a Roma. Una puerta tan grande que te deja entrar sin necesidad de atravesarla.

vista porta pia desde piazza fiume
Vista de la columna que conmemora la conquista de Roma con Porta Pia al fondo.

Una pirámide y una puerta

Ahora, después de un tiempo por España, me encuentro a tan sólo unos días de volver a Roma. Pensando en este reencuentro, curiosamente me viene a menudo la imagen de Puerta Pía. Quizás ya simbolizando Roma misma o mi aventura romana más bien. Mis ganas de abrazarla de nuevo, de atravesarla, nunca mejor dicho, se ven reflejadas de manera perfecta en un lugar cotidiano. Y en lo cotidiano, en el estar bien en lo cotidiano, está lo especial.

No puedo hablar de una metáfora así y no pensar en mi amada Pirámide Cestia. Cuando vivía en el barrio de Ostiense, mi imagen de este lugar y de cómo yo me sentía en él, toda mi vida allí en realidad, la representaba en la figura de la pirámide. Era mi amiga, mi vecina… con permiso del Gazometro.

Al final, más que por lo que te puedan transmitir por su historia o por su atractivo visual, te atraen por el significado personal y sentimental que se han ganado. Son los recipientes de tus experiencias en Roma, en esos lugares y períodos concretos. Como un cofre del tesoro con tus cosas más queridas, que entierras en el rincón favorito de tu jardín para que vivan para siempre contigo en tu lugar especial. Pero esta vez rememoras esos tesoros cada vez que cruzas con ellos tu mirada.

Una pirámide, una puerta… me siento un faraón.

El abrazo de las murallas

Curiosamente, tanto Puerta Pía como la Pirámide Cestia están conectadas no sólo por mi historia sino por las propias Murallas Aurelianas. Pues la pirámide también forma parte de las mismas.

Recuerdo con cariño un precioso regalo que, casi a la sombra de la pirámide, me entregó mi querido amigo Alberto. Un libro del siglo XIX sobre las murallas de Roma. Con él, me entregó una frase aún más bonita. Decía de las murallas que son grandiosas, abarcan la ciudad más que cualquier otro elemento y, si hay algo que pueda representar y acaparar toda Roma, eso serían sus murallas. Como un enorme abrazo a Roma.

A través de las murallas, desde Puerta Pía a Pirámide, abrazo yo a Roma. Gracias por dejarme entrar.

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