Mosaicos Roma Medieval

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Mosaicos para el triunfo de una mujer

El pasado viernes, 3 de septiembre, llegué a casa cansadísimo pero con una gran sonrisa dibujada en el rostro. Una jornada inolvidable gracias a Donatella, Sandro y un grupo de amigos que vinieron desde Pisa para disfrutar de Roma. Un recorrido que hoy contemplo como un camino hecho de mosaicos: lugares, pequeñas teselas, que fijan momentos. Brillan, juegan, cuentan, desbordan vitalidad y nos invitan.

Al entrar en Santa María Mayor nos orientamos. Bajo nuestros pies los círculos de maravillosos colores nos invitan a entrar, a ir avanzando. Discurrimos o corremos como el agua, ligeros sobre los mármoles, como si estuviésemos inclinados hacia el ábside. Más tarde, encontramos también bajo nuestros pies formas cuadradas sobre las que permanecer, que nos indican un sitio en el que pararnos y desde el que poder contemplar.

Mosaico de la Anunciación en Santa Maria Mayor

Nos encontramos rodeados de colores, de luz, de una historia que culmina en el arco de triunfo de la basílica mostrándonos como toda la historia caminaba hacia una mujer. Pienso que apenas 20 años antes Roma había sufrido una crisis epocal con un terrible saqueo, el primero en 700 años. Una triste historia que parece haber fortalecido la alegría en vez de sumir la ciudad en la desesperación. Tras casi dos años de pandemia estos mosaicos me dan esperanza, ganas de pintar con palabras luminosas lo que fue y lo que nos aguarda.

Rodeados de vida

Cuando en mayo del año pasado pudimos salir de casa, contemplar la naturaleza llena de vida hacía brotar la alegría. En los parques de Roma, en los bosques de sus alrededores, todo parecía cubierto de una lenta y constante vitalidad vegetal, promesa de frutos, de aires más puros, de sombras reparadoras. Y así me sentí ayer bajo el ábside de la basílica de San Clemente.

Muchas veces no se ven, pero se escuchan los ríos subterráneos que recorren la ciudad. Veo en ese cielo de cúpula los ciervos que van a beber, los pavos reales con cientos de colores, el agua y el sol que recibimos como regalo. Entre las ramas que lentamente, en espirales, van creciendo y llenando todo, nos refugiamos también nosotros. Allí nos encontramos con los antiguos padres que nos escribieron sus palabras y nos dieron una inmensa heredad, pájaros de colores y humildes gallinas, campesinos sin nombre y mártires famosos, profetas y ángeles, Jerusalén y Belén unidas y resplandecientes. Todos bajo la sombra, todos rodeados de una vida que brota, misteriosamente, paradójicamente, de un patíbulo, de un árbol de pasión, de un abismo de madera de un azul tan oscuro como el profundo océano.

A finales del siglo XI Roberto el Guiscardo había saqueado nuevamente Roma. La antigua basílica de San Clemente quedó enterrada. Surge de ella, como de una semilla, un arbol frondoso, el triunfo de la vida en mosaicos, fresca, colorada, luminosa. Todo un paraíso contado apenas 100 años más tarde y 100 antes de la Divina Commedia. Y allí sigue, viva, esa planta, creciendo como las notas de Arvo Pärt. Cada tesela es un espejo en el espejo. Curioso, ¿no os parece que este compositor podría haber sido el modelo para la crucifixión de San Pedro del Caravaggio en Santa Maria del Popolo? Sonrío, escucho la música y siento en cada nota la extensión de esa vid o árbol del jardín terrenal como una serena alegría, sosegado triunfo, armonía.

Luces del atardecer

Subimos hasta lo alto del Celio por via Claudia hasta llegar a Santo Stefano Rotondo. Entre vallas, alcaparras y hierbajos discurren los restos del acueducto neroniano. Escondida entre los árboles, la iglesia parece una isla fuera del tiempo. Sólo los invitados a una boda nos recuerdan la época en la que estamos. Se van y nosotros entramos. Todo silencio. Es casi hora de cerrar pero nos da tiempo a deambular entre sus columnas. Parece que andar en círculo nos hace regresar al siglo V, cuando se creó esta iglesia.

En una pequeña capilla que el sol del atardecer parece incendiar de oro, un pequeño mosaico del siglo VII nos presenta dos mártires: Primo y Feliciano. Tiempo de guerras góticas entre imperiales y bárbaros. Tiempos de luchas entre los que buscan caminos de belleza en los colores para llegar hasta el cielo y los que, iconoclastas, piensan que no puede haber signos adecuados al creador de toda belleza.

Roma reducida a un pequeño pueblo abandonado por todos pero en donde aún está el papa y en donde se embellece siempre con mosaicos el espacio que gesta, el útero que trae a la vida, el lugar en donde renacer: el baptisterio de San Juan de Letrán.

interior baptisterio laterano

Vida, al fin y al cabo

Entramos entre la abundancia y la paz. Es un fresco de 1648, pintado mientras las naciones de Europa siguen con sus guerras y tratados. Abundancia y la paz que se desean igual, igual que en el siglo VII.

baptisterio laterano entrada san venanzio

Entramos y nos sorprenden unos preciosos mosaicos en la capilla de San Venanzio. También estos son del siglo VII y su luz parece más intensa sobre la piel de los antiguos ladrillos, testigos de los lateranos, Fausta y Constantino.

El día declina y ya cierran las puertas del baptisterio. Dan ganas de quedarse dentro, en buena compañía, en unas vísperas en que la luz de los mosaicos se convierte en himno. Antes de salir me acerco un momento hasta otra capilla. Conserva el mosaico más antiguo de Roma, de inicios del siglo V. Un saludo, una mirada antes de salir. Vale la pena. En él encuentro un pequeño cordero y un gigantesco árbol que va extendiéndose, como en San Clemente, en espirales de vida.

Recorriendo estos lugares no puedo dejar de sonreír asombrado, me vienen ganas de cantar, de formar parte de esa vida que en los siglos que imaginamos más oscuros brillaba en Roma.

mosaico capilla baptisterio lateranense

 

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