Una máscara de oro

Hay rostros que al verlos te alegran el día. No es necesario ni siquiera conocer la persona. Hay algo que ilumina en la mirada, un sonido hermoso en la voz que se acuerda con el sentir formando un acorde, gestos que en la distancia son más elocuentes que un abrazo. Hay rostros como los de mi amiga que no dejan boquiabierto de admiración sino que calientan el alma confortándote por dentro como un delicioso caldo.

Ayer, mientras esperaba a un amigo en plaza San Simeone, di un paseo por las callejuelas que la rodean y me descubrí con esa cálida sensación. Ayer pasé ante la fachada de una casa que me parecía una sonrisa dibujada, sintiéndome como quien se encuentra con una persona que con su rostro ilumina hasta el día más oscuro.

fachada palazzo milesi

Fachada en calle de la Máscara de Oro. En el grafito de la parte baja Latona envía a sus hijos Apolo y Diana para exterminar a los hijos de Níobe.

Dos casas con dos fachadas que eran rostros, máscaras de actores que lejos de ser frías superficies que separan, me saludaban contagiándome una sonrisa. ¡Qué hermoso recibir su saludo como un ‘buenos días’ de alguien desconocido pero que al pasar se da cuenta de que existes y te desea el bien! Así, sin más. Y tal fue mi grata sorpresa que se me iluminó el rostro por la alegría. Como un loco o un enamorado, iba y volvía recorriendo la calle, pasando una y otra vez ante ese rostro, queriendo que se repitiera el portento y que de un simple saludo ¿quién sabe? pudiera iniciar una historia.

En una de esas idas y venidas me encontré unas letras, como un folleto dejado caer y que alimenta esperanzas. Como una pista en una búsqueda del tesoro leo escrito en piedra ‘via della Maschera d’oro’. Y la historia empieza.

via maschera d'oro

Inicio de Via della Maschera D’Oro

Hoy me gustaría dejar esta máscara de tela y ponerme la de oro. La busco por todas partes con la esperanza de convertirme en un personaje seguramente importante, al menos, un Agamenón cuyo recuerdo pasase a la historia en una única palabra áurea. La sigo buscando entre las figuras doradas que Polidoro da Caravaggio y Maturino da Firenze han creado a inicios del siglo XVI. La busco y no la encuentro. No, no puede ser la de un bandido, seguro. Pero tampoco ninguno de los rostros dorados de los personaje que veo en posa: proporcionados, perfectamente incluidos en sus cabezas y en la propia historia. Las máscaras no tienen nombre propio.

Sigo buscando. Quizá sea monstruosa como las gárgolas o con cabellos serpenteantes como Medusa, capaz de asustar y fulminar a cualquier enemigo. Puede ser. Sería una fachada como armadura. Pero tampoco la encuentro. No sé por qué, mas me inclino a imaginármela como uno de esos ‘mascheroni’ que adornan algunas fuentes de Roma o encarnación de una Boca que dice la Verdad. Una máscara, un rostro que con su boca abierta no sea disfraz, para esconderse o engañar, sino amplificación de lo que hay detrás, solidificación de aguas y aire, humores ciertos que al fin podemos mirar a los ojos.

No encontré la máscara entre las manos de ningún amor. La máscara que según relatan realizó Cherubino Alberti ya no está. Ni el arte maravilloso de la restauración consiguió devolverla a la luz en el 2006. Puedo sólo imaginármela en manos a un angelote como los que pintó en la capilla Lambardi de Santa Maria in Via, en San Silvestro al Quirinale o en la sala Clementina del Vaticano. Y, sin embargo, la máscara estaba: cuando miré hacia atrás sin buscar entre los detalles descubrí que toda la fachada era una auténtica máscara de oro. Esa fachada no es un decorado, es una máscara que nos habla amplificando lo que hay detrás, solidificando el agua de las historias y el aire de los relatos poéticos.

putto giovanni alberti

Dibujo preliminar de Giovanni Alberti para la Sala Clementina en el Vaticano

Cuando Giovan Antonio Milesi pide a los dos pintores que adornen la fachada de esta casa no podía saber que en un mes de noviembre, 500 años más tarde, serían un rostro amigo para un feliz encuentro. O quizás sí. Quizás era eso precisamente lo que quería. Mientras durasen las pinturas serían una cara que es todo un poema. La máscara daría nombre a la calle y no su apellido: el poder del teatro que emerge en el arte de la ciudad en algunas épocas como estos en el Renacimiento, otros en el Liberty o en los modernos graffiti.

graffitti garbatella

Sorpresas de Roma en sus calles con graffiti modernos. En este caso en el barrio de Garbatella.

Y ante esa misma fachada, su miseria. El tiempo, la incuria, los errores y el paso de las estaciones han borrado los graffiti realizados siempre por Polidoro y Maturino en el palacio Gaddi-Cesi. Sólo nos quedan algunos grabados, como fotos antiguas de un gran actor del que ya no podremos contemplar sus representaciones.

Sin embargo, rebotando en la pared de enfrente, en esta estrecha calle del centro de Roma, la máscara de oro parece tener el poder de evocar tantas historias que ella ha visto o que otros han depositado en su boca. Ecos de tantos diálogos que parecen surgir escapándose del fondo invisible de esta máscara. Una mágica aparición pero no de blancos conejos sino de linces que con Federico Cesi nos miran atentamente formando la Accademia dei Lincei. Detrás de una de esas caretas en forma de lince descubro que hubo una mirada que nos ayuda a cambiar la forma de ver el mundo. ¡Cuántas veces Galileo Galilei desde 1611 habrá contemplado la fachada de palacio Milesi, aquella gran máscara de oro, mientras charlaba con su amigo Federico!

fachada atardecer roma

Vuelvo a casa al atardecer. Esa gran máscara solar, tan pesada en este tiempo que a malas penas el alado amor la eleva en el cielo, dibuja con sombras y oro rojo las fachadas de la ciudad. Roma se convierte por unos instantes en una máscara dorada y rojiza construida por tantos para vencer la muerte. Se ilumina como el rostro de una amiga ante tizones encendidos capaces de cauterizar las grietas, heridas, con fuego. Corremos como hijos de Níobe, hijos del engreimiento pero también de la necesidad, queriendo escapar de Apolo de día o de Diana de noche. Si bien sé que no puedo ir más lejos o esconderme de la cruel venganza me refugio en el rostro de mi amiga y me conforto con la cálida sensación de ser otro: el que ella quiere y tiene dentro.

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