Volver a la naturaleza a través del arte en Roma

arte y naturaleza villa borghese

Volver a la naturaleza a través del arte en Roma

arte y naturaleza villa borghese

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Naturaleza y arte en Villa Borghese.

Una fresca mañana de otoño gracias a Carlotta tuvimos el sol al alcance de nuestras manos. Se había quedado atrapado entre los hilos de hierro de la escultura de Tresoldi. Se había convertido en colores cercanos, cálidos como un cobertor de lana de Aracne sobre la corteza de una encina. La naturaleza que entraba, atravesaba, llenaba y vaciaba el arte.

MAXXI Maria Lai

En una fresca mañana recorriendo Villa Borghese tuvimos las sombras al alcance de nuestras manos.

tenendo per mano l'ombra maria lai

Se hacían gotas frescas en las fuentes bajo las encinas y sólidas sombras en gotas de hierro. Ardeco, en el teatro de la Villa, pone gotas como actores sabiendo que representan y no copian la divinidad que se esconde en el agua. Gotas-personajes que no existirían sin autor pero que no nacerían sin agua.

gotas escultura andreco villa borghese

En nuestras manos

La naturaleza en nuestras manos y arte que habla con ella, que rapta sus formas en una pasión que las aferra delicadamente. Sol y sombra en nuestras manos que como en un juego amoroso vencen el tiempo: no cansa, nos impulsa con ímpetu y al mismo tiempo nos inmoviliza cuando, en un instante, vislumbramos el cielo: ¡Ahhh! Se nos escapa como respuesta, la única, como un lamento de dolor o un gemido de placer.

fuente villa borghese

Con Carlotta, el otro día, el arte nos llevaba de la mano y el arte estaba al alcance de nuestras manos. Se ofrecía a nosotros como un regalo, en público, jugando con nosotros en medio de los árboles, de la hierba mojada, de las fuentes y los espacios. No estaba como una divinidad en un santuario del arte, no esperaba nuestra visita sino que salía a nuestro encuentro. El arte estaba charlando con la naturaleza y nos indicaba cómo hacer para regresar a ella, para acercarnos a un muro y poder transformarnos como mariposas en alas del viento.

Juego y tragedia del arte

Unas cartas, un juego, fueron un feliz camino para abandonar nuestros papeles y convertirnos en jugadores, aceptando las reglas que se nos indicaban. En esas cartas la artista Maria Lai nos invita a jugar con los lugares del arte puestos al alcance de nuestra mano. Necesitamos realmente de alguien como Carlotta que escenifica las palabras de Maria. Necesitamos que el juego nos invite a encontrarnos con una obra para luego poder estar a solas con ella. Podremos entonces prescindir de fechas, autor, significados, para que sea la que yo conozco.

jugando con el arte villa borghese

Sólo unos días después de esta visita un gran aluvión, como un diluvio despiadado, se abatió sobre Cerdeña y en especial sobre Nuoro y el pueblo natal de Maria Lai, Ulassai. Ojalá su arte, esculpida y tejida en los muros de contención, hubiese sido capaz de aplacar la furia de los elementos. Maria lo intentó. Con sus hilos, hizo que el arte saliera de las salas posándose en los caminos -peces, panes y aves en La Strada del Rito-. Arte expuesta a la intemperie pero que, al mismo tiempo, la abriga y no le opone resistencia. Arte sobre las obras de nuestras manos que contienen y acompañan la naturaleza protegiéndola de sí misma. Hilos como límites, orillas, y como caminos para no perdernos en los temporales.

En Ulassai, a la vista de todos, Maria también nos dejó su voz extendida. Nos dice bajo el sol o las lluvias torrenciales que las obras de arte son casillas, como las del juego de la oca, en las que caemos para ensayar, pudiendo repetir una y mil veces, los pasos que damos en la vida.

il volo del gioco dell oca maria lai

Voces en la naturaleza

Carlotta prestaba su voz a las obras de arte, arte que nace para dar voz a la naturaleza. Ambas voces nos conducen ‘in crescendo’ por una espiral hija de historias y lugares. Como la secuencia de Fibonacci en la que cada número es hijo de los dos anteriores, la suma de historia (creaciones del hombre) y naturaleza dan como resultado este espacio de Villa Borghese, pequeño y maravilloso ejemplar del mundo entero. Y también nosotros estamos en esa secuencia: somos hijos (todo lo que recibimos) y padres (todo lo que damos) unidos por el juego.

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De repente, se nos planta en medio del camino la escultura de una búfala que Rivalta nos dejó ahí. Nos la ofrece junto a la ‘uccelliera’ barroca de los jardines secretos. Su bronce, como cera, parece que puede recibir aún la forma de nuestras manos. Realmente la podemos tocar. Si está allí no es para decorar la rampa de subida. Nos quiere acompañar hacia la zona boscosa, el ‘barco’ para la caza, en la que tendremos que volver a ser pequeños comparados con la fuerza y habilidad de la naturaleza engarzadas en sus cuernos. La acaricio, rugosa, y acerco mi rostro a su cuello inclinado mientras miro mis pies al lado de sus pezuñas. Luego, más adelante, cuando me doy la vuelta, la veo en la distancia como una mancha oscura que miede las distancias del camino andado. Con tiempo y espacio hasta lo que nos parecía enorme se hace pequeño.

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Volver a la naturaleza

Tanto el arte como la naturaleza sé que me estarán esperando cuando vuelva a dar un paseo por la Villa. Sé que ambas cambiarán de sentido como cambiaron el otro día gracias a la voz de una amiga. Ambas seguirán enriquecidas por los recuerdos como el de mi madre feliz bajo la sombra de la gigantesca encina o de mis hijos que allí jugaron de niños y que ahora, ya grandes, los convierten en lugares para una cita.

Somos tan poca cosa que para volver a la naturaleza necesitamos del arte o de artilugios. El otro día volvimos pero no con palas o cargados con armas sino con palabras, jugando con cartas y teniendo el arte en nuestras manos. Volvimos a aquel ser ancestral, casi como el alma y la tierra sarda de Maria, en la que sopla el viento y el silencio. Y fue hermoso imaginarme, cuerpo en donde encontrarse acogidos bajo arcos y cúpula, con el corazón en una gruta en donde se guarda bajo sombras el espíritu de un buen vino.

carte maria lai

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