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Fueron cinco años sin visitar Roma. Más bien, sin vivir Roma. Una ciudad en la que, aun habiendo estado sólo ‘’una vez’’, ya sentía como propia. La distancia temporal y geográfica no me habían hecho olvidarla, en absoluto. Pero sí he de decir que, ese fuego que anima la pasión que algunos sentimos por Roma, aun no habiéndose apagado, estaba en un rincón más escondido de mi interior. Teorías mías, quizás para ayudarme a no añorarla tanto. Durante esos años me preguntaba a menudo qué sentiría en una segunda primera vista de Roma.

Ida, vuelta e ida

Recuerdo el viaje en taxi de la primera vez. Con total desconocimiento de lo que me esperaba, con preocupación por lo que me encontraría. Por el viaje, por lo desconocido, aunque siempre con enorme ilusión. La emoción de aquella primera charla en italiano, el primer romano que conocía, las primeras vistas de Roma de noche. Santa Maria Maggiore se convirtió desde aquel momento en mi lugar favorito de la ciudad.

Esta vez, el conocimiento era mucho mayor. Al igual que el peso del viaje. Ahora, con mi vida en una maleta y con un billete sólo ida. A mi llegada, la ilusión por descubrir Roma no era lo que primaba. Las emociones por lo que dejaba atrás y la expectación por vivir lo que Roma me daría a cambio era lo que primaba en mi mente. El reto de la experiencia. Con ese fuego todavía ardiendo en un rincón apartado.

Los escenarios eran opuestos. Uno medianoche, con el aeropuerto vacío, con algunas pequeñas charlas con sus trabajadores que me hicieron sentir cómodo y animado por sus cumplidos hacia mi italiano. Y, sobre todo, por esa vista de Roma de noche que superó cualquier expectativa. Un sueño que comenzaba.

El otro mediodía, con el sol radiante, con una respuesta seca de un trabajador a una indicación que le pedí, en un italiano que me pareció oxidado. Con una visión de Roma caótica con sus carreteras llenas y sus cláxones como banda sonora. Un reto que comenzaba.

El primero apareció cuando llegué a mi destino. Ordenar ‘’mi vida’’ en una nueva habitación, en un barrio que no conocía y comprar lo necesario para pasar la primera noche. Perdido, en un piso vacío, estaba decidido a salir a dar un ‘’paseo de reconocimiento’’. De pronto, la puerta se abrió y una compañera apareció. Me presenté y dije ‘’estaba a punto de salir’’. Su respuesta fue ‘’claro, para eso he venido, seré tu guía’’.

De pronto, fueron tantos los recuerdos que vinieron a mí sobre la calidez de la gente de Roma. Esa llama dentro de mí ya se atrevía a asomarse un poco más afuera.

Lo primero, acordamos con total entendimiento, era tomar un espresso. Su calidez, su sabor y el ver mientras lo disfrutaba las calles llenas de vida con el acento romano como banda sonora, animó a esa tímida llama a salir un poco más.

Quizá eso fue lo que hizo venir a mi cabeza esa primera visión de Santa Maria Maggiore. Entonces, curioso, le pregunté a mi nueva guía: ‘’¿cuál es tu lugar favorito de Roma?’’. Su respuesta, veloz y sencilla: ‘’mo te porto’’ (ahora te llevo).

Tour Catacumbas y Baslicas de Roma

La visión de Santa Maria Maggiore me sigue llegando de una manera muy especial cada vez que me encuentro con ella.

En las colinas de Roma

Juntos caminamos mientras comentábamos qué nos había llevado hasta ese momento, los pros y los contras de Roma. Ese continuo amor-odio que es esta ciudad. Pronto nuestro recorrido se volvió una cuesta continua. Una calzada céntrica pero a la vez apartada, tranquila y llena de sombra. Enseguida me resultó familiar y lo asocié a numerosas películas de cine italiano. Aunque, a decir verdad, no caía y nunca había estado antes. ‘’¿Sabes dónde estamos?’’, me preguntó. Tuve que reconocer, con cierta rabia, que no. Aunque feliz de estar conociendo una parte nueva de Roma. ‘’Estamos en el Aventino’.

¡Claro! Todas esas casas tan bonitas, en esa zona cerca del centro pero tranquila a la vez… la élite romana donde una vez estuvo la plebe, la colina del Aventino. Al acabar la cuesta, la sombra se terminaba y el sol se adueñaba de una plaza a nuestra izquierda. Allí, una larga cola se formaba ante una puerta. Ahora sí sabía dónde estábamos e intenté anticiparme: ‘’¡esto lo conozco! Así que la vista al Vaticano desde la cerradura del Priorato de Malta es tu lugar favorito. ¡Es genial!’’.

Me pasé de listo.

‘’No, estamos a punto de llegar’’.

Giramos a la derecha, la sombra volvió a atrapar las calles, por donde la gente paseaba tranquila y se respiraba un aire puro y un ambiente muy relajado. Apenas 5 minutos atrás, era todo lo contrario.

Llegamos a un punto donde los muros a nuestra izquierda se abrieron, en una entrada a lo que parecía un parque. Ella se desvió para entrar. Confuso, pensaba que quería hacer una parada antes de ir a su lugar favorito, pues aquel parque parecía de lo más normal. ‘’È qua’’, me dijo.

Roma a segunda vista

Dimos unos pasos y, cuando estuve ante la entrada, la cúpula de San Pedro se apareció ante mí. Parecía tan cerca… como flotando en el horizonte de aquel parque. Se encontraba al final de un pasillo formado por árboles… ¡naranjos! Ya sabía donde estaba. El famoso jardín de los naranjos. En mi anterior aventura no había podido venir y me habían hablado muchísimo sobre él. Ahora entendía por qué.

Miré a mi guía sin poder decir nada. Pero ella me entendió perfectamente. Así me lo hizo ver por la forma en la que me devolvió la mirada y asintió. Fuimos recorriendo ese camino con la cúpula al alcance de la mano. A medida que nos acercábamos, ésta se alejaba. Hasta que, al final, en lugar de verla sólo a ella, una maravillosa visión panorámica de Roma aguardaba ante aquel mirador.

Nos sentamos, todavía sin decir nada. Yo me quedé allí parado, pensando unos minutos. En aquel momento me olvidé de las dificultades pasadas y por pasar. Se me olvidó el presente en el que estaba, todo lo que me quedaba por hacer y lo dejado atrás. Allí sólo veía a Roma. Después de 5 años, paciente, me había esperado, sin guardarme rencor. Después de tanto tiempo, ese fuego en mi interior volvió a arder con fuerza, aquella fuerza que me unía a ella. Mi guía le pasó ahora a Roma el relevo. Otra mirada y otro asentir de su cabeza de nuevo me lo hicieron saber. Miré a Roma otra vez, ella me miró. Pude escucharla. ‘’Bentornato’’.

cupula de San Pedro de noche

Vista de la cúpula de la basílica de San Pedro dede el Jardín de los Naranjos.

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