Espectáculos en el Coliseo: Naumaquia

Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on telegram

Espectáculos en el Coliseo: Naumaquia

Y eso fue lo que hice, entré al anfiteatro Flavio. Cruzando una de sus puertas en forma de arco, por un momento un fresco aire me reconfortó, tanto que se me puso la piel de gallina. Incluso el ruido pareció hacerse más suave. Una tranquilidad para nada propia del escenario en el que me encontraba. Una brisa húmeda acarició mi rostro, me pareció escuchar las olas del mar chocando contra la madera de los muelles del puerto de mi amada Alejandría. Por un momento, abstraído y confuso, ralenticé mi paso, relajado por esa brisa y ese suave sonido.

De repente, un estruendo atronador me sacó de ese idílico instante. Como si toda la madera de Roma se hubiese partido al mismo  tiempo. Un ruido sólo superado por los gritos de celebración que lo siguieron. ¿Qué estaba pasando allí dentro? Aceleré el ritmo y enseguida dejé atrás los escalones que me codujeron hasta la entrada de uno de los graderíos. Allí el sonido se hizo mucho más claro… ¡el mar!

coliseo gradas

Vista de uno de los accesos a las gradas del Coliseo.

Pasé al otro lado de un brillante arco para meterme en aquel lugar que, aun no finalizado y apenas estrenado, ya era histórico. Antes siquiera de poder bajar la mirada para comprobar lo que allí sucedía y buscar un asiento, unas salvajes llamas se alzaron hasta la altura de mi vista. Un fuego que iluminaba la elipse de una manera hermosa y terrorífica al mismo tiempo. Al comprobar de dónde venían dichas llamas, pude observar como una auténtica batalla naval se estaba celebrando ante mis ojos.

Me miré a los pies inocente, como un niño, para comprobar que estaba pisando piedra y no la madera de uno de mis barcos. Era como poder revivir una guerra sin formar parte de ella, como poder viajar en el tiempo, como volar por encima del mar solo para ser espectador por un momento de lo que allí sucede. No pude evitar pensar en la historia que mi padre me había contado tantas veces, de cuando Julio César en su lucha contra Ptolomeo XIII vio arder sus naves y con ellas la biblioteca de Alejandría. Quizás allí, en aquel entoces, mi abuelo estuviese viendo lo que yo veía ahora.

Tour Coliseo, Foro Romano y Palatino

Mientras aquella nave, que lucía como una egipcia, se consumía transformándose en ceniza, otra de apariencia romana algo más alejada atravesaba otra de la flota enemiga. La había embestido con tal violencia que se había posicionado sobre ella. La víctima se había partido de nuevo bajo el peso de su verdugo casi dividiéndose en dos. El público estaba de pie, gritando y celebrando aquella acometida.

Numerosos guerreros vestidos de egipcios saltaban al agua intentando esquivar las flechas de los que, uniformados como soldados romanos, intentaban liquidarlos. Aquella violencia pareció encender más aún a una grada entregada a aquel espectáculo. De forma simultánea, el mástil del navío en llamas cedió y cayó sobre aquellas aguas salpicando la primera altura de la grada, la de los senadores. Al mástil le siguieron los restos de lo que minutos antes era un barco de guerra, apagando así el fuego que me recibió a mi entrada. La llama del gentío, sin embargo, parecía no poder apagarse nunca.

En aquel momento cogí un poco de aire y busqué un sitio donde acomodarme para ver el resto de aquella batalla. Sólo entonces reflexioné de nuevo sobre lo que estaba presenciando… ¡era cierto que aquel anfiteatro podía acoger al propio mar! Aun teniéndolo ante mis ojos, no podía creerlo.

Ni siquiera, en un primer vistazo, pude ver de qué color era el interior de aquel famoso anfiteatro Flavio. Pues tal era el número de personas allí presentes que eso era todo lo que veía. Ahora, abriéndome paso entre los espectadores, pude ver como un exquisito mármol recubría los asientos. Cuando estaba a punto de darme por vencido, un puesto quedó libre. Me lancé veloz a ocuparlo. Mis vecinos ni se dieron cuenta de mi llegada, pensé que el flujo de gente sería siempre tan grande que era algo a lo que no prestarían atención. Escuché a uno de ellos comentar con su acompañante:

– ¡Oh, mi querido amigo, ningún espectáculo iguala la naumaquia!

– Siento no poder darte la razón, Lucio. Los combates de gladiadores son un espectáculo sin parangón.

– ¡No me compares a hombres luchando con una batalla naval!

– ¿Hombres? Algunos de ellos no son hombres, estoy seguro de que son hijos de algún dios. De hecho, mañana, si alguno de ellos muere, pujaré por su sangre para poder beneficiarme de su poder revitalizante. Dicen que el hijo de Tiberio, el comerciante de esclavos, desde que la bebió no ha perdido ni una pelea y su apetito sexual se ha visto triplicado.

– Yo también lo he escuchado en alguna taberna. Pero también he escuchado lo que pagó por ella…

Al ver que el tema se desviaba al tal Tiberio y su nueva subasta de esclavos, dejé de prestarles atención y me acomodé señalando a mis guardias que me quedaría allí. Ellos esperaron de pie lo más cerca posible, no pudiendo evitar sumergirse también en aquel espectáculo.

Espectáculos en el Coliseo: Naumaquia

Espectáculos en el Coliseo: Naumaquia, obra de Ulpiano Checa.

Pronto llegó a su fin, los ‘’egipcios’’ que consiguieron salvarse y refugiarse en su último barco superviviente fueron ajusticiados por un abordaje de tropas romanas que, sin piedad, acabaron con la vida de aquellas almas destinadas a la muerte. El pueblo romano celebró aquella victoria como si acabase, efectivamente, de ganar una batalla real por la conquista de la provincia en la que ahora yo vivía como un romano más. Aquel ejército saludaba a la plebe y festejaba con ellos el triunfo. Sus mentes estaban ocupadas sólo por aquel momento, llenas de una alegría desbordante. La naumaquia había finalizado.

Me levanté, todavía sin apartar la vista de aquel mar que tenía ante mis ojos. Un mar dentro de un edificio… ¿qué es lo que acababa de vivir? ¿Cómo era posible todo aquello? Sin arena… ¿dónde batallarían los gladiadores? Esa confusión y esas dudas me hacían sentir un niño ante la grandiosidad y la rareza de lo que allí experimenté.

Dirigiéndome hacia mis hombres, también hipnotizados, decidí abandonar el anfiteatro para buscarnos un lugar donde descansar y pasar la noche. Ahora el interior de aquel inmenso edificio comenzaba a coger un color blanco de una pureza maravillosa. El verlo aparecer mientras la gente dejaba sus asientos fue como observar el sol en su camino a poniente dejándonos el atardecer como regalo.

Volvimos de nuevo a las afueras de aquel coloso para comprobar como ahora el mar se encontraba allí. No un océano de agua sino de personas cubría las calles hasta donde la vista alcanzaba. La tarea de abrirse paso se presentaba complicada. Pero, pronto, la corriente de aquellas aguas comenzó a moverse al unísono en una misma dirección: el Foro. Con mis guardias formando un pequeño círculo a mi alrededor, nos desplazamos con aquella marabunta que gritaba y comentaba sus impresiones sobre lo vivido en el anfiteatro. Entre otras cosas conseguí distinguir una voz por la que supe que aquellos ‘’egipcios’’ caídos eran criminales condenados a muerte y prisioneros de guerra. No me sorprendió demasiado. Al fin y al cabo, aquello también formaba parte de Roma.

foro romano

Vista del Foro Romano desde la colina capitolina.

Sin apenas darnos cuenta y con una visión muy pobre debido a la acumulación de gente, nos encontramos en el corazón de Roma y el olor a vino y comida cegó el resto de nuestros sentidos. Enseguida visualizamos su procedencia, una taberna repleta de mesas de madera que rebosaban ánforas de vino para deleite de los que allí se sentaban. Sin decir ni una palabra y, pensando todos lo mismo, nos miramos. Con un gesto, inclinando la cabeza en su dirección, indiqué que ese era nuestro destino.

Nos acomodamos en una mesa donde había otros cuatro hombres que comían, bebían y charlaban. Nos saludaron amables y una camarera nos atendió sin demora. Le ordenamos que nos trajera mulsum –una mezcla de vino con miel- y para comer nos ofreció a cada uno un plato con carne de liebre, huevo de oca y puerro. Mientras lo degustábamos hambrientos luego de una de agotadora jornada, no pude evitar iniciar una charla con el grupo acomodado a nuestro lado:

– Salve, ¿han asistido a la naumaquia del anfiteatro Flavio?

– ¡Por supuesto! Dudo que encuentre a alguien en toda Roma que no lo haya hecho. Y lo mismo sucederá mañana.

– ¿Otra naumaquia?

El grupo se rió mirándose unos a otros. Sonriendo, aquel señor de rostro agradable me respondió amable:

– ¿De dónde vienes, romano?

– De Alejandría, en la provincia de Egipto.

– ¡Fantástico! Hablan verdaderas maravillas de ese rincón del Imperio. En cuanto a tu pregunta, mañana no se celebrará otra naumaquia sino que se celebrarán venationes –luchas y espectáculos con animales- y batallas de gladiadores.

– Pero… ¡si la arena está llena de agua! ¿Se celebran en otro lugar?

– En absoluto. Mañana por la mañana, cuando entremos al anfiteatro, la arena lucirá de nuevo ansiosa de albergar nuevos juegos. Vespasiano ha regalado a los romanos y a la historia una construcción capaz de tales prodigios. Deberías acudir, alejandrino.

Como segundos antes de entrar en aquella taberna, la toma de decisión se repitió de la misma manera. Mi guardia me miró y, con un gesto afirmativo de mi testa, se lo confirmé. Allí estaríamos.

Compartir
Share on facebook
Share on twitter
Share on telegram
Share on whatsapp
Share on email

Explore nuestro blog

Encuentranos en Facebook