Artistas en la Academia de Roma

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Entre los artistas españoles que ayer mostraron sus obras en Roma me encontré con Valeria y Ariadna. Cuando hace unos días me pidieron que hiciera una visita guiada muy especial a dos niñas nunca pensé que iba a ‘jugarme la vida’.

Mientras escuchábamos las presentaciones y saludos iniciales veía los artistas españoles quietos, a los pies del Templete de Bramante. Verlos allí, en la noche, con el mar de Roma que se extendía a mis espaldas, me hizo recordar de mi hijo Yago durante nuestra primera visita a la Academia. Así se lo dije a Valeria y Ariadna ¿Os acordáis de capitán Garfio? Yago decía que la Academia era como su galeón. Aún tengo su dibujo y me hubiera gustado que ellas me dieran uno con su forma de ver. Valeria y Ariadna podrían ser Wendys para iniciar un viaje hacia una isla que no existe… aunque ellas me recuerdan que en español es el País de Nunca Jamás, Neverland.

Si la Academia es un barco, el Templete podría ser su mástil. Atados a él estaban ahora los artistas. Y empezamos el viaje como si ellos fueran nuevos Ulises que han llegado hasta allí, atados a estas columnas voluntariamente para poder escuchar las sirenas de este mar.

exposicion artistas espanoles academia

Jungándonos la vida

-Veo veo
-¿Qué ves?
-Una cosita
-¿Y qué cosita es?

Vimos una Margarita que era una perla, vimos a Bramante que se acercaba al oír los juegos. Y hablamos con él como si fuera en una canción, como si hubiera puesto cada piedra sólo para Valeria, sólo para Ariadna, para rodearlas con un pequeño cielo hecho a medida, en un Tempo senza sconfitte. Con él se nos fueron presentando los 21 artistas que había escuchado las sirenas dando besos al cielo de Roma, aliñado sabores entre los que pasear, atrapado cruces y naranjas e incluso escondido una ballena en la torre, domesticada con la música, como haría Orfeo:

I thought that I heard you laughing
I thought that I heard you sing
I think I thought I saw you try

Al lado de ellos paseaban tantos hombres y mujeres que en estos 148 años vivieron aquí. En el jardín romántico, con viento frío, imaginábamos sus voces que festejaban en coro con Bramante. Como en una canción, ‘Creí verlo reír, verlo cantar, o al menos intentarlo.’ En este barco, siempre se puede encontrar algo esférico, un fruto extraño, una gruta escondida o una bala de cañón. Y en sus manos todo gira, rueda, se convierte en un juego.

Gracias a Valeria y Ariadna pasé unas horas en un País que Nunca Jamás perderé de vista. Me bastará mirar hacia el galeón que me espera en lo alto del Gianicolo.

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