Isla tiberina
isla tiberina

La Isla Tiberina y las Metamorfosis

La Isla Tiberina es un espacio intermedio. Un puente natural y al mismo tiempo el lugar aislado, encallado en el límite líquido de Roma.

Para ir más allá, tras Tíber, nuestros pasos pueden hacer un alto en ella mientras las corrientes se rompen a sus lados.

Hipnotizados por el paso del agua, podríamos imaginarla como la isla desde la que Ícaro y Dédalo quieren escapar. La transformamos en un lugar apartado del que escapar gracias al ingenio de Dédalo, siguiéndole, sin volar ni alto ni bajo. La virtud está en seguir al padre y la via media, la templanza que no es la abominable tibieza. Descubrimos, sin embargo, la embriagadora sensación de poder y libertad que nos eleva, sin seguir la ruta paterna, mientras el sol derrite la cera que mantenía unidas nuestras alas. La isla Tiberina se transforma, metamórfosis de la naturaleza y alegoría de la humana condición, en el escenario del que somos hijo y padre al mismo tiempo. Con ellos se nos muestra la necesidad y los peligros que hemos de afrontar al construir, aventurarnos y explorar.

icaro dedalo muestra metamorfosis en roma

“Pater, o pater, auferor! inquit;
clauserunt virides ora loquentis aquae” (Ars 2, 91-92)

“Padre, oh padre, me caigo! gritó;
Cerraron las verdes aguas la boca del que hablaba.”

Contemplando los remolinos del río resuenan las palabras de Ovidio: “Ossa tegit tellus: aequora nomen habent”. Huesos que quedan en la tierra y aguas que llevan mi nombre. La isla me recuerda también las transformaciones de los que han sido.

Guiando el carro del sol

El último capítulo de otra aventura de otro joven desventurado tiene lugar junto a un río. En este caso el agua de su corriente apaga el terrible incendio provocado por la inexperta imprudencia de Faetón, hijo del sol. Sus hermanas, unidas a su desdicha, lo velan convertidas en álamos en las orillas del Po.

“De las ramas recién brotadas fluyen lágrimas que con el sol se endurecen como gotas de ambar destilado.” (Metamorfosis, 2, 364-365).

caida faeton

En Roma son las ramas de los plátanos las que se inclinan hacia el Tíber. La isla tiberina, como Faetón, se convierte en un trozo de universo distinto, precipitado, rasgado como impacto de  meteorito, el sedimento de un cataclisma.

Los caballos desbocados del carro de Apolo, la fuerza incontrolada de un clima enloquecido, precipitan al pobre Faetón. O por soberbia -engreído pensaba saber gobernar su poder- o por ignorancia -sin saber del poder necesario para gobernar- el río, reclinado, lo recibe entre sus aguas. Junto a él lloran ámbar sus hermanas, las helíades, mientras Ceres, tierra madre que lleva en su mano la abundancia, mira hacia otro lado, sin querer contemplar la caída del hombre.

Una isla nave

La isla tiberina es una nave contracorriente. El hospital Fatebenefratelli (haced-el-bien-hermanos) y la iglesia de San Bernardo son sus puentes. Anclada con cimas de piedra, está perennemente lista para zarpar.

Sin moverse, esta isla contiene recuerdos de otras tierras que hasta aquí han llegado y traído el primer saludo. Serpenteando, Esculapio se instauró en ella desde el 292 a. C. inaugurando su destino como lugar en donde recobrar la salud. Luego llegaría el cuerpo de San Bartolomé desde la lejana Armenia y el de San Adalberto desde el frío norte de Europa en el siglo X. Roma y su isla como corazón del nuevo imperio de Otón III en Europa. De nuevo tierras lejanas que miran hacia Roma unidas ahora por el cristianismo.

san bartolome isla tiberina roma

Su carne viva de sufrimientos sigue palpitando en los hospitales, latente en el recuerdo de los mártires, gimiendo en la música de Marsias que se atrevió a competir con el divino Apolo. Su aulós, flauta doble construida por la diosa Atenas, también aquí guardó silencio. Sátiro y apóstol unidos por el mismo suplicio quedando, precisamente, en carne viva: uno castigado por un dios inmortal que no admitía rivales, el otro por creer que un hombre condenado a muerte era dios.

castigo Marsias ante Apolo

“Terra caduca concepit lacrimas ac venis perbibit imis” (Metamorfosis, IV, 396-397)

Ante el dolor, “la tierra concibió caducas lágrimas y en sus venas más profundas se empapó”. Y así dio lugar a un río. En el centro de la isla tiberina, un antiguo pozo recibe aquí estas lágrimas de la tierra por todos los Marsias, completamente convertidos ‘en nada sino una herida’. El Tíber, luego, con una voz líquida se desahoga y las deja correr.

A través de una grieta en la isla Tiberina

El pozo, la isla, los puedo imaginar como un lugar de encuentro, saliendo del caos de la ciudad, de los muros de casa. Desde la lejana Babilonia hasta Roma, esta nave nos trae otra historia, sembrando con imaginación el campo de la memoria.

Una tarde, gracias a una grieta en un muro que separa dos familias rivales -quizás los Frangipane y los Pierleoni- dos jóvenes amantes se ponen de acuerdo para alejarse de sus casas y encontrar un lugar tranquilo. Tisbe, astuta, consigue salir y llegar rápidamente al lugar de la cita: junto a la fuente y bajo la morera blanca. Sin embargo, la emoción que la trae en volandas se queda helada al ver también una leona que se acerca a beber. Llena de terror escapa precipitadamente.

Cuando llega Píramo encuentra en el suelo el velo de Tisbe, sucio, junto a las huellas de la leona. La malvada inspiración de la desesperanza se apodera de él con tal fuerza cuanto fuerte era su anterior ahelo por verla. Nada veía sino la imagen de su querida Tisbe atacada y muerta. No soportando esta idea, sin cuerpo presente, llamaba a la muerte. Y así robó para ella su vida. Su sangre, impetuosa y desbordante tiñe de rojo los blancos frutos de la morera. En ese momento regresa Tisbe. Con él en sus manos tiene apenas tiempo para saludarlo en vida para seguirlo inmediatamente en la muerte.

piramo y tisbe ilustrazione medieval

“nox perdet amantes” (Metamorfosis, IV, 108)
“et gelidis in vultibus oscula figens” (ib., IV, 141)

Muy cerca de la isla tiberina, ante el teatro Marcello se encuentra la torre de los Pierleoni. A pocos metros, los Frangipane habían fortificado el antiguo Arco de Jano. Historias de viejos conflictos junto al Tíber que podrían tener como colofón, en vez de las luchas entre un papa y un antipapa, dos amantes con un trágico destino. Al igual que la Verona shakespiriana para muchos, esta isla, por los versos de Ovidio, es para mí el lugar en donde buscar los besos que una mujer ‘fijó’ en el rostro gélido de su amado.