El poder en Roma, el poder de Roma
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«Deberíamos cambiar la concepción de lo que es el poder, no la concepción de lo que es una mujer, y que deje de ser algo que se posee a expensas de otro. Ahora es un juego de suma cero: si yo tengo poder, tú no. Pero el poder puede ser algo que compartamos para conseguir cosas.» Son palabras de Mary Beard en una entrevista tras recibir el doctorado Honoris Causa por la Universitat Oberta de Catalunya. Y por ellas me dejo guiar a la hora de escribirte, amigo. Lo veo en Roma: el auténtico poder es el que construye, el que mantiene unidas las partes, el que hace que se regenere la realidad y no que se disgrege o corrompa. El poder de arruinar, de quitar, arrebatar y destruir, llegando incluso a la «damnatio memoriae» es la violencia, la suma 0, la soledad de quien no puede ‘animar’.

Roma, color y poder

Sigo, como cuando compartíamos un café en la plaza de Santa María in Trastevere. Ya ves que tenemos nuestra vida delante. Al menos la pasada. La vemos en nuestras manos y la vemos con un color. Afortunado quien tiene al lado alguien que se la propone con un color distinto. Luego nos toca a nosotros decidir cuál nos gusta más. El poder de Roma, en mi opinión, es el arco iris: la capacidad de reflejar los colores de la realidad en un arco completo y presentárnoslos, precisamente mientras se ciernen contemporáneamente nubarrones y sol. Ella comparte con nosotros tantos colores para que consigamos la vida que más nos guste.

Roma no sólo tiene una piel ocre, casi tostada, que tiene el poder de atraernos y con su roce nos pinta y sonroja. Todo su cuerpo, además, contiene infinitos matices de color. Ella tiene el poder de corresponder a nuestros gustos, de saciar nuestros sentidos por muy diversos que sean. Roma puede, por ejemplo con sus grises ‘sampietrini’, soportar nuestros pasos con su firme irregularidad y hacernos inclinar la cabeza para saber donde ponemos los pies.

piazza dell oro y via giulia

Colores de Roma en Via Giulia vista desde San Giovanni dei Fiorentini

El color es mucho más de lo que hay. La óptica siempre me ha parecido interesantísima. Me explico. El color necesita de las ondas de la luz y de la relación con un sujeto que lo recibe para que exista. Es la auténtica ánima, lo que anima. No porque esté como escondida sino porque actúa, mueve y conmueve. Es el poder que emana de las cosas, como un calor, una vibración, siempre presente cuando estamos o en forma de ausencia cuando nos movemos en sombras o en sueños. El color, como un espejo de todo lo que nos compone, refleja lo que somos. El cuerpo colorado de Roma, riquísimo, es su poder ante mí y también sobre mí, haciéndome capaz de verla: capaz de tanto, capaz de recibirla y verme en ella.

Sin embargo, el poder, entendido como vis-viril, sólo fuerza, ejercicio de alterofilia de la realidad, puede verse también como un aspecto de lo que se alza monumental en Roma:

«No sé si me gusta Roma, Cristina. Hay aquí demasiados actos de poder, demasiado sufrimiento de muchos velado por la apariencia de gloria de unos pocos; demasiada gente que viene aquí para admirar esos actos de poder, fascinada por la grandeza del Arte. Tal vez la Arquitectura no sería nada sin el poder, pero tal vez la Arquitectura nunca debiera haber sido sino el recinto donde habita el mérito del hombre.»

(Paseos por Roma en el final del siglo XX. José Laborda Yneva)

obelisco marconi eur roma

Esta fuerza, que también deja sus rastros en Roma, inhiestos, no me parece que sea la fuente de su característico poder sobre mí. Por el contrario, como ella ilumina la historia, como se convierte en lugar en el que soñar o inventarnos historias o simplemente nos enseña cómo nuestra vida cotidiana es una gran historia, me deja anonadado. El poder de Roma es la sorpresa de encontrárnosla viva junto a nosotros. La descubrimos nueva y emocionante, capaz de reflejar nuestra vida, la de siempre, en un color distinto, y nos subyuga.

«No pude menos de preguntarme, azuzado por una violenta emoción, quién era en verdad aquella mujer de sobra conocida y, sin embargo, recién descubierta, que compartía en silencio la mesa conmigo. ¿Qué había hecho yo para merecer su compañía, para nombrarme su esposo, para dormir las noches junto a su olorosa y cálida belleza? Escrutándola sin que lo advirtiera me vino una acometida tan fuerte de cariño que estuve a punto de darle un abrazo ante la muchedumbre.»

(Viaje con Clara por Alemania. Fernando Aramburu)

El poder de Roma es el irresistible deseo de abrazarla.

Un ejemplo del poder de Roma

Yo creo que el poder en Roma se deja en muchos casos conquistar por el poder de Roma… y así se salva. Su color lo emborracha y lo arroja a placenteras realidades que con ella son juegos permitidos.

Un ejemplo de ello, querido amigo, lo encuentro en lo que le pasó a Annio de Viterbo (Giovanni Nanni) a finales del siglo XV. En su libro Antiquitatum variarum volumina XVII publicado en 1498 y dedicado a los Reyes Católicos es un maravilloso caleidoscopio de la historia. Se trata de una amplísima recopilación falsa de crónicas antiquísimas que pretendían unir la historia hebraica y oriental con Europa dejando de lado la tradición griega.

Annio es un fantástico creador de mitos, capaz de comunicar con medios simbólicos las dificultades y crisis culturales de su época. Ilumina todo con una luz y color nuevos dejando de lado, a posta, un amplio espectro. De esta forma es capaz de decir que 100 años después del diluvio universal Noé se había establecido en Viterbo (curiosa elección, ¿no crees?) fundando luego otras ciudades a lo largo de toda Europa. Noé en Roma habría adoptado como nombre nada más y nada menos que el de Jano (dios sin correspondiente griego) siendo los etruscos sus descendientes. Tantos ‘patriotas’ de toda Europa utilizaron esta obra para sus propios intereses, dejando de lado su valor simbólico y el juego que la había creado.

Aunque desde el principio se levantaron críticas sobre su autenticidad -la más dura que conozco es la de Melchor Cano en 1563 en su De Locis Theologicis– esta obra  tuvo un gran éxito hasta el siglo XVII. De hecho para la cronología del mundo postdiluviano tanto Lutero como Melanchthon se inspiran en los textos, casi visiones, de Annio. Vestido con la autoridad de antiguos sabios orientales y caracteres góticos que hacían que el texto tuviera una belleza estética parecida a la Biblia de Gutenberg -nada que ver con la cursiva de Aldo Manuzio- Annio había contado un sueño en el que se hablaba del poder real de Roma. Una ciudad que había recibido y sumado el mundo hebraico y egipcio en sí era realmente la más poderosa. Y él cometió la audaz locura de querer contar cómo fue esto.

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Sala de los Santos en los Apartamentos Borgia dentro de los Museos Vaticanos. Decoración del techo con frescos del Pinturicchio con la leyenda de Isis y Osiris-Apis.

De esta forma, Annio, sin problema, se inventa – encuentra que los Borgia son descendientes directos de Isis y Osiris. Por el poder de Roma el toro heráldico de los Borgia es el mismo del toro Apis – Osiris: vida que vence contra la ruina, no se descompone, se suma incluso en forma de toro. Quien tenía el poder en Roma se lo agradece, sin desdeñar esos colores. Así, al año siguiente en 1499 el papa Borgia nombrará a Annio Maestro del Sacro Palacio Apostólico: locura no tan necia.

Yo creo que este óptico de la historia, Annio, le dejó utilizar su caleidoscopio al bueno de Pinturicchio mientras trabajaba en los apartamentos Borgia.

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