Cuentos de verdad en el Castillo Sant’Angelo
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Cuentos en el Castillo Sant’Angelo

Había una vez un río, unos prados y un castillo. Al otro lado del río, siguiendo la corriente hacia el mar, había nacido la ciudad de Roma casi como una niña que se divierte saltando de una orilla a otra gracias a la gran piedra de la isla tiberina. Así nace también este pequeño cuento del Castillo Sant’Angelo como un tronco varado en una de las crecidas del Tíber.

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Castillo Sant’Angelo en 1690 en un cuadro de Van Wittel (Vanvitelli).

Francesco Giuseppe Borri, desde la única ventana que comunicaba su celda con el exterior, contemplaba las huertas que ocupaban la hermosa llanura de los ‘Prados del Castillo’. Era el año 1695 y el nuevo papa, Inocencio XII, había endurecido su régimen carcelario. El bullicio que llenaba las orillas del río con los primeros calores estivos le recordó aquellos ardores de sus años jóvenes en que pretendía renovar toda la ciudad y el orbe cristiano. Para ello habría sido capaz de poner en práctica sus mismas palabras «omnes delendos vocationi refractarios». El sol, sin embargo, siguió saliendo en Roma sobre buenos y malos aunque en su celda ahora entrase de refilón formando sombras que bailaban con sus recuerdos.

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Puerta de entrada al Castillo Sant’ Angelo

Una tarde, casi noche, 40 años antes había atravesado aquel puente Milvio que imaginaba tras el espeso muro de su prisión. Escapó de la ciudad cuando supo que había sido elegido Alejandro VII. «¡Cuánto te quise Roma y cuánto deseaba que fueses hermosa y pura!» El año anterior, en Santa María la Mayor había recibido una visión celestial que le encomendaba reunir a todos los cristianos extirpando, incluso mediante las armas, pecadores y disolutos. Campos romanos limpios, orillas del Tíber sin vertidos, sin sórdidos rincones ni fangos. Ilusión ahora enterrada en los curvos muros del mausoleo de Adriano.

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Mientras tanto sus estudios médicos y de alquimía le dirigían hacia la solución de otros problemas siempre con la intención de instaurar aquí, en ti, en Roma, el reino celeste. Sin embargo, aún temiéndolo o admirándolo, ni sus métodos ni sus fines fueron convincentes. Y mientras quemaban en Campo dei Fiori un retrato suyo, él ya se había esfumado.

Una fama que recorre Europa

Tras pasar por Milán, su tierra natal, con sus secretos y fama a cuestas, llegó a Innsbruck. Pese a la insistencia del nuncio, el archiduque no concedió en un primer momento su extradición. De hecho, la curiosidad y esperanzas de disponer de un poder que daba salud y riqueza era una promesa paradisíaca a la que es difícil renunciar. Creo que el nuncio debió de enseñarle una reliquia de la espada de San Miguel al archiduque porque al final Borrio tuvo que irse a Strasburgo. Allí su fama crecerá muchísimo tras realizar con gran éxito una operación de cataratas.

Empieza así un intenso viaje por varias ciudades alemanas hasta que en diciembre de 1660 llega a Holanda. Allí parece encontrar su lugar y compra una preciosa casa en el centro de Amsterdam. Inician a correr voces sobre su riqueza ¿será fruto del arte alquímica o del engaño? Todo ello hace que aumente aún más su fama y su residencia pasa a ser meta de visitadores sobre todo provenientes de Inglaterra. Muchos se acercaban a él con la secreta intención de hacerle confesar el secreto de la piedra filosofal. Se establece una curiosa e interesante relación entre Borrio y la pragmática sociedad inglesa. De hecho, cuando en 1665 se desata la peste en Londres Francesco Giuseppe envía hasta la isla un remedio secreto antipestilencial.

El mismísimo Newton en 1669 escribirá a su amigo Aston pidiéndole que busque y hable con Borrio durante su viaje a Holanda.

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Depósito de antiguas armas y utensilios en uno de los bastiones del Castillo Sant’Angelo

La ciencia de los fenómenos y de las leyes de la naturaleza era una forma para ‘acontentarse’. En el siglo XVII la esperanza de capturar la esencia de la realidad, de desentrañar el secreto de todas las transformaciones, era la aspiración de fondo de los sabios. Nos olvidamos con demasiada facilidad el rostro místico de la revolución científica. La curiosidad con la que se acoge el arte oculto de Borrio entre algunos de estos sabios nos lo recuerda. Aunque también existe la otra parte de la medalla: los que lo consideran un simple embaucador.

«No ignoro que el Cavallero Borri le dixo a Mr. Monconis, que avia visto en una mina de plata convertirse este metal todo en oro de un día para otro por un vapor copioso que avia subido de la tierra. Cuentalo Mr. Monconis en su Viage del París Baxo. Pero el Borri no merecia mucha fé, y mucho menos en esta materia, pues andaba á persuadir á todo el Mundo la posibilidad de la Piedra Filosofal, y que él estaba sobre el punto de lograrla.»

(Cartas eruditas y curiosas. Fray Benito Jerónimo Feijoo)

Poco después su fama y sus inquietudes lo llevarán hasta Dinamarca, estableciéndose en la corte de Federico III. En el mismísimo jardín de palacio montó su laboratorio. El rey danés no quería perder de vista a su «Hermes saeculi», «phenicem Naturae et gloriam non tantum Hesperiae suae, sed Europae.» Y sin embargo, sigue consechando también duras críticas de opositores como las de J. D. Major: «auri et gemmarum avidissimus vir».

De esta época conservamos una interesante reliquia que aún podemos contemplar en la residencia real de Rosenborg. Se trata del único ejemplar de oro alquímico que supuestamente produjo Borri.

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En 1670 muere el rey, su protector. Tiene en contra a numerosos médicos y sabios de la corte por lo que decide realizar un antiguo sueño. Quiere viajar por Turquía. Cuando ya está de camino y atraviesa Hungría se encuentra con una común patrulla de control de los caminos. Pensando que se tratase de soldados enviados por alguno de sus enemigos le dispara a uno pero falla. De todas formas, antes de caer apresado prefiere beber un veneno que lleva siempre consigo. Todo inútil. Se ve que la ciencia médica o los remedios caseros estaban muy desarrollados en territorio húgaro pues consiguen darle un antídoto que lo salva. Y es así que el 4 de mayo de 1670 llega prisionero a Viena.

Por aquel entonces era nuncio en Viena Antonio Pignatelli que no pierde la oportunidad de solicitar nuevamente su extradición. La historia se repite con reiteradas motivaciones. Por una parte, en la Corte lo quieren retener pensando en hacerse ricos y conseguir alargar la vida con sus artes. Por otra parte, el nuncio no desiste indicándolo como reo fugitivo y peligroso. Titubeante, al  final, el emperador Leopoldo lo entrega.

Años en el Castillo Sant’Angelo

En vez de aplicar inmediatamente la sentencia de 1655 al llegar a Roma se reabre el proceso con una nueva defensa. La pena capital acabará siendo una condena a cadena perpetua. Es más, el papa Clemente X le concederá salir de esa prisión del Castillo Sant’Angelo para curar al embajador francés el duque D’Estrées. Ante el éxito de su arte y saber, varios prelados y príncipes recurrieron a él. En esa misma época época trabó amistad con el príncipe Massimiliano Savelli Palombara el famoso constructor de la Puerta Mágica en su villa del Esquilino.

Puerta Magica Roma

En su prisión podía recibir visitas y seguir sus estudios. El joven estudiante del Collegio Romano, brillante alumno del famoso Athanasius Kircher, admirado y temido por su espíritu contradictorio, parece haber encontrado una solución de compromiso para sus últimos años de vida. Sin embargo, cuando en 1694 llega a papa el famoso nuncio Pignatelli (Inocencio XII), recordando bien su historia, se encarga de quitarle los privilegios de una prisión con tantas relaciones.

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Ese inexpugnable Castillo que encerraba a Borrio no le sirvió de defensa contra la muerte que subía desde el río con el calor de sus orillas formando un espejismo oscilante. Ella lo encontró desanimado, derrotado, con los primeros calores del verano de 1695. Fue ella la que consiguió abrir su puerta entrando hasta sus venas en forma de malaria para llevárselo. Aún tuvo fuerzas y acierto para pedir que le trajeran unos trozos de corteza de quina. No llegaron a tiempo y murió el 13 de agosto de 1695.

La Cagliostra

Un siglo más tarde, estos muros alojaron al famoso conde Alejandro Cagliostro nombre con el que se conocía a Giuseppe Balsamo. Tras estar encerrado en la Bastilla por su presunta implicación en el caso del collar de la reina María Antonieta, deja Francia e incluso Londres para establecerse en Roma y desarrollar aquí su secta masónica de rito egipcíaco de la que él era el Gran Cofto. En 1791 termina el proceso del Santo Uffizio que lo declara culpable encerrándolo en el Castillo de Sant’Angelo antes de transferirlo a San Leo en donde concluirá sus días.

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La Cagliostra, prisión de Giuseppe Balsamo en el Castillo Sant’Angelo

Los mismos muros cuentan tanto las historias de Borrio, Cagliostro como las de Amor y Psique, la de Alejandro Magno o del otro Alejandro, el Farnese, el papa Pablo III. En varios lugares vemos el lema de este papa: Festina Lente, “Adelante… con juicio.” Resuenan en las paredes como un eco esas mismas palabras que en los ‘Promessi Sposi’ dirige el funcionario español Antonio Ferrer a su cochero en mitad de los disturbios milaneses por el pan. Y restalla el látigo de la contradicción.

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«Festina lente» podría ser una buena moraleja o conclusión para este cuento de verdad en el Castillo Sant’Angelo. Nos ponemos ante el afresco que recuerda a Alejandro Magno mientras pone paz entre dos militares. Si vamos ‘adelante con juicio’, si nos ‘apuramos despacio’ podríamos convertir en oro esos colores y formas. Para los iniciados, amantes de lo oculto evidente, tienen el precioso valor de un tratado de paz firmado en Niza en 1538 entre Carlos V y Francisco I siendo el mismo Alejandro Farnese alquimista de esta historia. Nada más y nada menos que Alejandro Magno y Augusto convocados por el arte.

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