Samuel Morse en Roma. Artista inventor

Samuel Morse en Roma vivió finalmente un tiempo que había deseado. Tras su permanencia en la Ciudad Eterna, con una larga lista de lugares y obras que ver, apuntadas cuidadosamente en su diario, dejó o perdió ese mundo para dedicarse a un invento que revolucionaría la comunicación. Dejó lo que había llenado sus horas y deseos, para cambiar de ruta.

La Roma de Samuel Morse

Teniendo que dedicarse a su familia, el viaje a Roma para perfeccionarse en su pasión por pintar parecía un sueño que tenía que esperar. Cuando en febrero de 1830 llega a Roma, Morse trae varios engargos que le rentan 200 dólares. Con ellos podrá vivir y trabajar durante 1 año. Eso sí, teniendo una férrea contabilidad que para nosotros es una fuente para saber el coste de la vida en la Roma del Romanticismo.

Vivirá en via dei Prefetti 17, en palacio Capilupi que sigue ofreciéndonos sus espacios a la ciudad. Muchas cosas han cambiado. Por ejemplo, ya no está la preciosa fuente que representaba la Loba Capitolina y que daba nombre a la cercana via della Lupa. Ahora sólo queda el bonito recuerdo en una lápida.

lapida fuente loba palacio capilupi via prefetti
Lápida de 1578 que recuerda la fuente decorada con una loba en via dei Prefetti 17, en la casa donde vivió S. Morse.

En Roma, las piedras hablan de lo que no está para hacerlo presente. Y cuando a esta llamada responde un nombre propio, surgen historias. De la leche de la Loba, se pasa a la fuente de agua fresca construida por esta familia proveniente de Mantua para ofrecer agua más pura que el ámbar y más fría que la nieve para jóvenes y viejecillas del barrio. De los pinceles, colores y formas, de las vasijas bien limpias para recibir el agua de Roma, Morse dejando la ciudad pasará a extender acueductos de palabras con las líneas, puntos y pausas. Cables en vez de arcos, electricidad en vez de agua, palabras que en cierta forma también quitan una antigua sed.

Otro pintor, que luego acabó como inventor de lenguajes siendo poeta, fue Rafael Alberti. Creo que a Samuel Morse le hubiera gustado mucho esta poesía suya:

A la línea

A ti, contorno de la gracia humana,
recta, curva, bailable geometría,
delirante en la luz, caligrafía
que diluye la niebla más liviana.

A ti, sumisa cuanto más tirana,
misteriosa de flor y astronomía,
imprescindible al sueño y la poesía,
urgente al curso que tu ley dimana.

A ti, bella expresión de lo distinto,
complejidad, araña, laberinto
donde se mueve presa la figura.

El infinito azul es tu palacio.
Te canta el punto ardiendo en el espacio.
A ti, andamio y sostén de la Pintura.

Líneas, puntos y pausas

Samuel Finley Breese Morse, volviendo a los Estados Unidos en el barco Sully dejará el mundo del arte por el de la técnica. Una conversación sobre el electromagnetismo hará que imagine una línea de cable con la que imaginar una solución. Antes del teléfono y de Internet, las palabras vencen la distancia por su cuerpo de pura energía, binario y eléctrico, viajando casi como la luz, ligera pero igualmente llena de contenido. El primer mensaje fue transmitido el 24 de mayo de 1844, a las 8. 45 entre Washington y Baltimore con las siguientes palabras: «What hath God wrought!» «¡Lo que Dios ha hecho!»

Primero siempre fue la línea, unir dos puntos, la necesidad de cables. Luego, con Marconi, 50 años más tarde, llegaría el radiotelégrafo. Al principio, esa energía transportada en hilos se convertía en puntos y rayas grabados sobre un papel que el telegrafista podía interpretar. Seguía haciendo falta el papel para no perder lo dicho. Poco después los telegrafistas con el característico sonido de los impulsos electromagnéticos, fueron capaces de escribir directamente el mensaje escuchando su música.

Me resulta curioso pensar que Morse, durante su vida, no tuvo especial simpatía por los católicos ni tampoco veía con buenos ojos los barcos que empezaban a llegar cargados de inmigrados italianos. Sin embargo, Roma, sus bellezas y la naturaleza que contempla en sus paseos por las montañas de sus alrededores, como Subiaco o la Mentorella, parecen conquistarlo durante el año que pasa en via dei Prefetti. Consigue casi ‘abandonarse’ al placer de un café, del buen tiempo en las colinas, de las músicas sentidas, de los colores que engañan y encantan. Pintará sus últimos cuadros en Roma para luego volverá a la línea, para dar una solución, fundar una compañía, patentar una máquina. Todo maravilloso y sin embargo, me gusta pensar que en Roma, bebiendo de esa fuente loba, supo de la felicidad que Roma es capaz de regalar a los que se dejan cuidar como cachorros.

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