Roma deseada
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Roma abandonada

Anicia Faltonia Proba vivió en Roma hasta que Alarico saqueó la ciudad en el año 410. Había enviudado en el año 389 convirtiendo su estupenda villa del Pincio en un lugar de reunión en donde tantos pudiesen encontrar reparo para el cuerpo y el alma. Todo ello sin renunciar nunca a participar en la vida social de Roma habiendo sido esposa de un cónsul y madre de otros 3. Era, además, nieta de otra mujer extraordinaria, Faltonia Betitia Proba, autora de un poema épico famoso en la época: el ‘Cento Vergilianus de laudibus Christi‘. Esta escritora la encontramos citada en un lugar de honor en el De mulieribus claris de Boccaccio que en 1361 es el primer libro de la literatura occidental que recoge biografías de mujeres. El de Faltonia Betitia, además, en 1474 será el primer libro escrito por una mujer que recibirá los caracteres de la imprenta.

faltonia proba manuscrito de mulieribus claris
Manuscrito del s. XV del De mulieribus claris de Boccaccio en el que aparece Proba ilustrando la historia desde la creación.
Su obra es un ‘centón’: un poema en el que teje versos virgilianos en los que Jesús pasa a ser el nuevo héroe de la historia.

Pero volvamos a Anicia Faltonia Proba. A inicios del siglo V era ‘la persona más ilustre entre todos los grados de nobleza existentes en el mundo romano’ en palabras de san Jerónimo. Cuando se acercan los godos de Alarico, Proba tiene que huir de Roma junto a su nuera Juliana y su sobrina Demetríades. «Ya en alto mar habían visto las ruinas humeantes de la patria mientras confiaban su salvación a una frágil barca» (San Jerónimo, Epistola 130,7). A la vista de las tropas visigodas puedo imaginar una interesante conversación con Galla Placidia que decidió quedarse. Otro camino, otra historia.

Nuestras tres mujeres, sin embargo, huyen de Roma y se refugian en África. O así creían pues al llegar a Cartago fueron apresadas por el comes Heracliano que gobernaba la provincia de África proconsular en nombre del emperador Honorio. Sólo a cambio de una gran suma de dinero, fruto de vender lo que les quedaba, les concedió la libertad. Es en ese momento en el que Agustín de Hipona le escribe a Proba una carta muy parecida a un diálogo, una respuesta con el corazón en la mano, en la que habla de su experiencia relativa a la búsqueda de la felicidad y el papel del deseo.

Roma deseada

Para quien se encuentra en tanta dificultad el recuerdo de Roma era un dolor. Roma deseada como patria en la que se abrieron tus ojos y los de tus hijos. Lugar que te inspira palabras misteriosas con la voz del primer llanto. De hecho, era un vaticinio el primer sonido de tu voz en este mundo. Para interpretarla, a tu lado, nos seguimos imaginando a ese dios familiar ‘Vaticanus’ que anuncia el destino, ‘fatus’: fatalidad, lo dicho se cumple.

En ese lloro tuyo, querida Proba, había por igual penuria e industria. Industriarse es poner todos los medios para cubrir la penuria. Ya Platón en El Banquete indica que Eros nace de Penía (penuria) y Poros (oportunidad, utilidad, buscarse la vida). Has tenido tantas oportunidades, encumbrada entre los patricios romanos, pero es ahora cuando se unen a la penuria en una época en la que Roma estaba condenada. Alarico será la voz de tu llanto y el motivo de ese deseo por lo perdido: marido, hijos, amigos, tus lugares, tus bienes… Todo lo has dejado -lo echarás tanto de menos- emigrando hacia África en tu búsqueda. Peregrina, lo que te falta y lo que buscas por los campos del mundo (per agrum) te dejan en estado de buena esperanza sin saber aún lo que nacerá.

cole thomas el curso del Imperio - la destrucción

Cole Thomas. El curso del Imperio – la destrucción (obra realizada en 1836 imaginando la destrucción de esa Roma deseada)

Y allí Agustín, experto de búsquedas inquietas, se manifiesta como un amigo: Tras años de vivencias no es el deseo de lo perdido, nostálgico (el volver que duele) o de los bienes conocidos lo que me mueve. Surge ‘amor’, lo sabes, como hijo de mi penuria y de la búsqueda. Paradojas sin solución pero no por ello irreales: «Non hoc esse quod quaerimus novimus, quamvis illud nondum quale sit noverimus.» ¡Oh, docta ignorancia! Nada nos basta de lo conocido. Sabemos que hay mucho más: aunque no sabemos lo que es, nos damos cuenta cuando algo no lo es. Al menos, podemos ser capaces de reconocer lo que no satisface, lo que no nos hace gozar o no lo hace bastante.

Llegamos, así, a esa tierra nueva que deseamos, por la que rogamos, en la que trabajar y penar, sabiendo que tampoco en ella se saciará nuestro deseo. Ahora con Proba sé que no sólo la deseable Roma sino incluso la luna o las estrellas no lo aplacarán. Aún sin conocer su culmen ni su fin, no lo puedo negar, ahí está y ¡qué bueno desear!

Agustín tiene una certeza y la comparte con ella: «quando satiabitur in bonis desiderium nostrum, et nihil erit ultra quod gemendo quaeramus, sed quod gaudendo teneamus.» Existe. Ni sabe cuándo ni qué es pero pregusta «cuando nuestro deseo se saciará de bienes, y llegue el momento de no buscar gimiendo nada más allá de esto, sino tenerlo gozando». El humo que surge de la deseada Roma puede hundir en la desesperación de lo perdido. Seguimos, de hecho, buscando y gimiendo. Y si embargo, en la recóndita oscuridad de la penuria, sin patria, sólo con lo puesto, puede nacer amor concebido en esperanza.

La mente va donde el corazón la lleva

Cuando los papas vuelven a Roma a finales del s.XIV, tras el destierro de Avignon y el gran cisma de Occidente, se encuentran con una ciudad para nada deseable. Una Roma despoblada, insegura, sucia, depredada y abandonada. Me imagino a Martín V mientras medita el Salmo 83 y no sabe bien lo que busca pero sabe que lo que tiene delante no es lo que desea. Y por amor, quien sabe en qué medida propio o desinteresado, gasta y se gasta. Quiere reconstruir como ‘ciudad santa’ la que allá en el siglo V d. C. sufrió su primer gran saqueo. Aquel fue un terremoto incluso mayor que el desatado por los galos en el siglo IV a. C. Un grito con el que Roma, aparentemente sin oportunidades, se abandonaba a sus penurias: prisionera – esposa con Galla Placidia; emigrante con Anicia.

vista de roma il dittamondo fazio degli uberti

Ilustración del libro Il Dittamondo de Fazio degli Uberti (escrito a mediados del s. XIV) en edición de 1447. Roma aparece representada como una viejecita decrépita: época de pestes, terremotos, con el papa lejos… tan lejos de la Roma deseada. Se ven claramente Castillo Sant’Angelo, el Panteón y el Coliseo.

Leo las palabras del salmo con la mirada de Proba y la de Martín, intentando revivir sus sentimientos. Busco en esta Roma, deseada y nunca alcanzada, un nido. Sigo el vuelo de un gorrión por si encuentro su casa, un lugar de Roma que nos permita descansar, en donde encontrar fuerzas para preparar la peregrinación de los días. Son tiempos de lluvia temprana, otoñal, y ojalá mis pasos convirtieran lo árido en un Edén. Proba buscaba, anhelaba su oásis en los desiertos de África, Martín en la desolación de Roma abandonada. Personalmente la plenitud de ese anhelo de la ‘deseable morada’ se acerca al cumplimiento en la íntima arquitectura del Templete del Bramante.

¡Qué deseables son tus moradas,
Señor de los ejércitos!

Mi alma se consume y anhela
los atrios del Señor,
mi corazón y mi carne
retozan por el Dios vivo.

Hasta el gorrión ha encontrado una casa;
la golondrina, un nido
donde colocar sus polluelos:
tus altares, Señor de los ejércitos,
Rey mío y Dios mío.

Dichosos los que viven en tu casa,
alabándote siempre.
Dichosos los que encuentran en ti su fuerza
al preparar su peregrinación:

cuando atraviesan áridos valles,
los convierten en oasis,
como si la lluvia temprana
los cubriera de bendiciones;

Epicuro en su Carta a Meneceo también nos habla de deseos y felicidad. Y lo hace en una forma mucho más equilibrada del emocionado Agustín. Epicuro es un equilibrista, encumbrado en una cima de sabiduría desde la que contempla y disfruta. Pero los peregrinos como Proba en su barca, en mitad del camino, pocas veces llegan a esos montes del gozo… y en cualquier caso no se quedan en ellos. Roma, con Proba, no es meta sino camino, valles que se inundan con olas y crecidas. Ha dejado su colina en el Pincio y afronta el mar. Conduce y aumenta su deseo, pequeño amor, sin abandonarlo en la ciudad. 

Roma, deseada pero nunca bastante, la que despierta emociones y alimenta sensibilidades, es siempre una prenda, pañuelo en el viaje, útil en nuestra penuria:

«Ven cómo el mundo en torno está regido por propaganda emocional, han aprendido de la tradición que la juventud es sentimental, y concluyen que lo mejor sería fortalecer la mente de los jóvenes contra las emociones. Mi propia experiencia de profesor indica lo contrario. Por cada alumno que proteger de un leve exceso de sensibilidad, hay tres que despertar del estupor de la fría vulgaridad. El deber del educador moderno no es talar selvas, sino irrigar desiertos. La defensa adecuada contra los sentimientos falsos es inculcar sentimientos justos. Si no alimentamos la sensibilidad de nuestros alumnos, sólo los convertimos en presa más fácil del propagandista. Pues la hambrienta naturaleza se vengará, y un corazón duro no es protección infalible contra una mente débil

La abolición del hombre, C.S. Lewis