Destilería Roma – Espíritu de Roma condensado en palabras

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Hay momentos en los que descubrimos el tiempo. Se deja ver en la sombra del sol que va avanzando entre los barrotes de una barandilla. Implacable mueve las estrellas y la luna menguante que desaparecen de la vista tras un tejado mientras arde la breve brasa de un cigarrillo. Una cosa es saber que existe y otra experimentarlo. Lo mismo me ha pasado con el espíritu de Roma.

aurora plaza madonna dei monti

Amanecer en Plaza Madonna dei Monti, corazón del barrio de Monti. El rocío de la mañana como destilación de las nubes.

Porque Roma tiene un espíritu en un sentido experimental y sin recurrir a sesiones de espiritismo. Entender lo ‘espiritual’ como algo inmaterial o incluso contrario a una idea de materia-prisión es un pensamiento que convive con otra forma de entender lo espiritual como un aliento vital, un vapor o humor que emociona y transmite algunas de las mejores energías de la vida. No en vano en italiano se aplica el adjetivo ‘spiritoso’ a quien tiene chispas de humor.

Como con un soplo inicia la llama así el espíritu enciende nuestra humanidad manteniéndonos en combustión (‘e insufló en sus narices aliento de vida’) siendo lo último que nos abandona con el último suspiro, expirar. En tiempos de mascarillas ese espíritu se nos aparece como el espectro de la peste, un cuerpo fantasmal incontrolable que se expande como un vapor mefítico que ahoga más que avivar.

Destilería Roma

El experimento que os propongo realizar en Roma es crear una pequeña destilería. Me explico. Al igual que con el calor se eleva de los restos de las uvas un vapor que luego se condensa en gotas de alcohol etílico -en italiano también llamado ‘spirito di vino’-, de la materia que el tiempo nos entrega en Roma, con nuestro calor, podemos hacer elevar ese vapor de la ciudad que se condensa en palabras. Palabras que luego encerramos en este tinto de tinta y que destapamos para revivir el placer de su gusto.

Mientras nuestro frágil barro encierra por breve tiempo ese espíritu, Roma no sólo es su fuente sino que también lo conserva en forma más duradera. Un símbolo de esta Roma, ánfora gigantesca, podría ser el monte Testaccio.

templo marte muro suburra al amanecer

Muro de división entre la Suburra y el Foro de Augusto (Templo de Marte Ultore)

Roma es el gigantesco hollejo de mil vendimias. Los vinos van por años, se consumen en cada generación entre amigos, en festines, en la soledad de quien busca fuerzas ante la prueba, convertidos en sangre nuestra o sacramental. El hollejo es el refugio del espíritu. Roma está llena de ese espíritu más que de espíritus porque surge con el calor que le aplicamos. No existen fantasmas sino perfumes que ascienden cálidos y se condensan lloviendo. Llueven así miles de palabras, espíritu que vuelve a su tierra, y sigue alimentando un ciclo maravilloso que todos recibimos. Nuestra antorcha, hecha de inteligencia pero no menos de ardiente sentir, se acerca mientras vive a los lugares que con el calor se subliman.

Roma sublime

El aire caliente tiende hacia arriba. Se eleva. Como en un gigantesco globo Roma se hace sublime, se alza más allá del límite de su horizonte. No sólo puede ser vista así por todos, bandera en la que se reconoce la humanidad, sino que puede ver el mundo desde una mirada alta.

logia caballeros de malta foro

Necesitamos el calor para que prendan los objetos, el aire de las historias para que puedan surgir llamas de ellos y el frío paso del tiempo para que se deposite todo de nuevo, condensándose. Podríamos decir que una destilería es un también un tendedero, una tendencia-tensión doble: lo cálido que se eleva y lo frío que cae.

Tender es un esfuerzo por alcanzar, para que todo se manifieste en su máxima extensión. Expandir, hacer menos concentrado, distender. Y para ello el calor es fundamental. Pero tender es también dejarse ir, resbalar hacia una posición de equilibrio: otro tipo de energía en forma de peso (amor meus, pondus meus). Calor y peso pueden ser dos formas de describir el amor por Roma y de crear esta destilería.

El amor está en lo que tendemos
(puentes, palabras ).

El amor está en todo lo que izamos
(risas, banderas).

Y en lo que combatimos
(noche, vacío)
por verdadero amor.

El amor está en cuanto levantamos
(torres, promesas).
En cuanto recogemos y sembramos
(hijos, futuro).

Y en las ruinas de lo que abatimos
(desposesión, mentira)
por verdadero amor.

(José Ángel Valente, Breve son)
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