Templo de Adriano

En uno de mis paseos por Roma, caminando por Via del Corso me quedé pasmado con mi cuello torcido buscando la cima de la columna de Marco Aurelio. Cuando los músculos de mis cervicales pedían descanso, tuve que bajar la cabeza. Y mis ojos apuntaron a Plaza Colonna. Entonces, pensé que podría ir a visitar el obelisco frente al Palacio Chigi.

Para volver a Via del Corso di un pequeño rodeo, encontrándome con unas columnas enormes a mi derecha, pegadas a una fachada a la que se veía claramente que no pertenecían. Me parecieron increíbles. ¿Qué será esto…? Al llegar a casa, buscando, la respuesta fue clara: el templo de Adriano.

Una preciosa sorpresa

Normalmente, cuando me desviaba de Via del Corso hasta el Palacio Chigi, continuaba caminando para ver el Panteón. Curiosamente, también  ligado al emperador Adriano. Un hombre curioso. Mi curiosidad por conocer un poco más Roma, me llevó a toparme con otro pedazo de la Roma de Adriano y agrandar un poco la mía.

Cuando lo vi aquella primera vez, estaba anocheciendo en Roma. Cuando entré en esa especie de plaza donde se encuentra, vi que las paredes de Roma se hacían más grandes. Como si ese salón en particular de lo que llamaba mi casa, Roma, tuviera un techo más alto. Me sentí más abrigado, aunque aun no sabía por qué.
templo de adriano

Dos mujeres que parecían ser turistas gozaban de un momento único en la ciudad, sin apenas turismo. Aprovechando el lugar vacío, se hacían fotos con una alegría pasmosa y sonrisas que más bien eran risas. Me contagié de su alegría y me paré a mirarlas. En segundos, me di cuenta que aún me faltaba una pieza de aquel puzzle, ¿qué están fotografiando? Miré a mi derecha y, como apenas unos momentos antes frente a la columna de Marco Aurelio, tuve que estirar mi cuello hacia arriba. Prácticamente todo el lado derecho del lugar, hasta llegar de nuevo a Via del Corso, estaba ocupado por altísimas e imponentes columnas.

Reinicié mis pasos, con calma, degustando aquel encuentro. Vi que las columnas estaban pegadas a una fachada de un edificio moderno, actual bolsa de valores de Roma. Pero que sin duda debían haber pertenecido a uno antiguo e importante. Al menos en tamaño. Me preguntaba qué era aquello y, sobre todo, cómo no había ido a parar antes allí. O escuchado hablar de aquellas ahora para mí misteriosas columnas.

El templo de Adriano y el viaje continuo de vivir en Roma

Antes de dejarlas atrás, interrumpí mi ojeada al templo de Adriano para mirar a aquellas viajeras, que seguían saltando mientras el flash disparaba sin parar. Se abrazaban y reían. Por un momento, fuimos tres, ellas no lo sabían pero ese lugar era igual de nuevo para mí que para ellas. Una de ellas, entre salto y foto, cruzó la mirada conmigo. Con una sonrisa cómplice, me despedí de aquel viaje exprés a una nueva Roma y de mis compañeras de aventura.

Una vez supe que aquellas columnas pertenecían al templo de Adriano y Sabina (Hadrianeum), construido por Antonino Pio, hijo adoptivo y sucesor de Adriano, que se lo dedicó el año 145 d.C., fue como visitarlo de nuevo con otros ojos. Sin poder evitar un suspiro en una sonrisa pensando que Roma nunca deja de sorprenderme. templo de adriano y sabina reconstruccion
Reconstrucción de la planta del Templo de Adriano y Sabina, y del Pórtico.

Estando en esta plaza me encontraba situado ante el muro y columnas de la parte derecha del Templo. Al otro lado estaría la celda del templo con las estatuas de Adriano y su mujer Sabina.

A mis espaldas me imaginaba aún rodeado por el gran pórtico de 180 columnas que medían de 50 pies romanos (casi 15 metros). Sobre cada una de ellas, en dos series, estaban colocados los relieves con las 90 provincias del Imperio. Al entrar en la plaza viniendo de Via del Corso, la antigua Via Lata, las columnas del Templo quedaban a mi izquierda y a mi derecha -sonrío con morriña- los relieves dedicados a la Hispania Tarraconensis, Betica y Lusitania. Tan lejos y tan cerca.

Al fin y al cabo, vivir en Roma significa estar en un viaje y en un descubrimiento continuo. Con la emoción con la que aquellas chicas saltaban ante las columnas del templo de Adriano, al saber que están conociendo y disfrutando de Roma en un viaje especial. Bien podría haber saltado yo también, con mi vida en Roma pero que, como ellas, sigo descubriendo esta Roma infinita.
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