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Sigo las indicaciones y me parece bien aceptar el ritmo de los coches que lentamente se van acercando al semáforo. No queda otro remedio ¿o sí? Tras recorrer la gran avenida Cristoforo Colombo, esta encrucijada llamada Piazzale Numa Pompilio es, para mí, la entrada oficial en el centro de Roma. Una parada obligatoria que me permite, mirar y pensar durante un buen rato.

Me da tiempo incluso para pensar que el nombre del segundo rey de Roma le queda bien a este espacio. Un rey famoso por su justicia y piedad, según nos cuenta Plutarco. Numa tiene un hermoso sonido, de antigua leyenda. Además, en esta zona habría paseado el sabio rey. Una zona llena de árboles y amena, cerca de Porta Capena, en donde se encontró y besó por primera vez a su querida Egeria. Sería ella la que le sugiriera que los romanos tenían que regirse por buenas normas para la buena convivencia.

A un lado quedan las altas paredes de las termas de Caracalla y la iglesita de S. Nereo y Aquileo, escondida entre unos árboles parientes de los que vieron Numa y la ninfa. Al fondo, más allá del Circo Massimo, se divisa en los días claros, la cúpula de S. Pedro. Justo ante mí, la iglesia recién restaurada de S. Sisto Vecchio, me recuerda la vida emocionada, dura y llena de interés de Lucrecia Borgia. Al otro lado, la casa que fue de Alberto Sordi, con su color de arcilla encaramada en una verde colina. Lugares llenos de historias que parecen estar, como yo, esperando la luz verde del semáforo para empezar a circular.

Poder es querer

Esta encrucijada de Piazzale Numa Pompilio, nos ofrece un espectáculo grandioso -kolossal diría un alemán- no solo de la ciudad en sus múltiples máscaras o edades de su larga vida. Nos descubre también, las pulsaciones del devenir que rigen el fluir de las gentes o, lo que es igual, del tiempo de verdad. Roma tiene una circulación desquiciada, arítmica, agolpada y sobre todo, alternativa. Si se puede, aunque no esté permitido, entonces lo quiero. Ande yo caliente y ríase la gente, o llore. Para el caso, es igual, o mejor. Un baipás siempre parece una buena solución.

Las normas que están puestas para ser cumplidas, aquí, en esta encrucijada que nos introduce en Roma, nos indican que son desafíos. Solo en caso de conflicto se apela al código de la circulación para indicar el culpable, quien tiene que pagar los platos rotos. Pero no por ello dejan de tirar fuentes, ollas y platos de todo tipo. Si no se rompen más, es por un entrenamiento y emoción primitiva que prepara a los romanos, sabiendo que llueven por todas partes: peatones, monopatines, bicis, motos, buses, ambulancias y patrullas en perenne emergencia. Todos se congregan en esta hondonada, convirtiéndose en cazadores o presas, con idéntica dosis de adrenalina.

Creo que Egeria, ni en la peor de sus pesadillas, habría podido imaginar cuán ineficaz llegó a ser el sentido de las famosas leyes romanas.

Numa Pompilio y Egeria que le dicta las leyes para regir la ciudad de Roma. Obra de Felice Giani (1806) en el palacio de España.

Sigo parado esperando que el semáforo se ponga en verde. Por la ventanilla entreabierta me parece sentir las exhalaciones de todas esas emociones y es imposible no contagiarse. Entrar en un coche en Roma provoca el estremecimiento del lobo que te sigue aunque no lo veas, el de la espera del toro que sabes saldrá a la arena que te rodea. Puedes elegir ser un espectador y es entonces, en raros momentos como este, cuando notas la maestría con la que se cada uno se va deslizando en esta jungla. Movimientos defensivos que, sobre una pizarra, luego se convertirán en grandes técnicas del baloncesto. Aquí se juega en serio a ocupar espacios para evitar el paso de los contrincantes y proteger la posicion.

Ay, como el agua

Así, como el agua va buscando por donde discurrir, la circulación realiza sus esquemas tácticos en Roma. Ante un semáforo rojo que forma un trombo, o sabiendo que los adversarios toman posición, la corriente, como el Tíber cerca del mar, busca seguir su curso en el espacio dedicado a los que tienen que girar a la izquierda. El cauce que va hacia el Circo Massimo se convierte en un nuevo brazo que ensancha aún más la desembocadura de este río. La mayoría, como yo, subimos hacia San Juan de Letrán. Ocupamos, por tanto, no solo los dos carriles normales y el preferencial, sino también uno dedicado a girar a la izquierda.

Son momentos de tensión. Cada uno espera fingiendo una sigilosa calma pero con todos los sentidos atentos al semáforo. Antes de ver el color verde, todos han calculado los 4 segundo que van desde el color naranja al rojo que parará el flujo que viene desde la izquierda. Los motores ya tienen la marcha introducida e incluso los automáticos han aprendido que los reflejos son fundamentales. Una estampida de 4 filas de coches atraviesan la encrucijada con rabia de unos con una posición adquirida en justicia y otros que se han buscado y arriesgado, para estar allí.

Todos, además, tienen que competir con otro afluente que viene de la derecha para incorporarse en el estrecho cauce de via del Amba Aradan. Un auténtico embudo que requiere una refinada técnica para salir de él por los laterales pero sin tener que ceder a los que se van metiendo. Todos saben que si te quedas en el centro, estás perdido, quieto, como la isla tiberina.

El justo enfado y el enfado por un sistema injusto

En esta encrucijada, Roma me muestra la profunda insatisfacción de quien por ella circula. Por una parte, están los que elegimos -no siempre lo hacemos- quedarnos en nuestro carril esperando el turno. Los llamaré los justos enfadados, porque no quieren contribuir a un sistema desquiciado. Pero tienen que enfrentarse a quienes se saltan las reglas, deseando que algún guardia les pare los pies pero teniendo que llegar lentamente, tras tres turnos de rojo-verde, que te han calentado el triple contra quien se pone a tu izquierda saltándose a la torera (y sin toro) la fila que tú has soprotado. Indignación que se hace rabia, búsqueda de justicia, de civilización, de que no pase a otros.

Hacer valer los derechos, dar lecciones, aplicar las leyes y un sinfín de motivos pesan una tonelada sobre el acelerador. Nos rodean de una sagrada indiferencia hacia cualquier posible encontronazo. Resignados fuirosos, justos enfadadísimos, somos capaces de hacer valer el derecho cueste lo que cueste, aunque sean rayaduras, espejos retrovisores o encontronazos de taller, parte, policía municipal y tráfico bloqueado por horas.

En la otra parte, que a veces es la nuestra, los que nos sentimos envidiados solo por haber aprovechado una ocasión. Nada de personal, sin acarrear ningún daño. Solo se hace lo que se puede para sobrevivir. Estamos todos en la misma barca y, si no lo hago yo, lo hará otro. Las ocasiones, en Roma, no se pueden desaprovechar, porque las renuncias te caen por todos lados. ¡Qué pena que ese de la derecha se ponga en plan borde solo porque he conseguido ahorrarme 10 minutos de espera al pasar por la izquierda! ¡Será aguafiestas! Total, ¿qué mal le hago? Venga, sí, pasa tú, ¡qué  malas pulgas!¡qué mal perder! Total, ahora me quedo detrás, pero en el próximo semáforo… ¡ya veremos quien gana!

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