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Roma a ciegas – Una manera distinta de ver Roma

historia y curiosidades del palacio venecia lapidarium

«Roma expresa en su epidermis la sabiduría del uso, la yuxtaposición de efectos minerales y químicos que el tiempo y el talento han reunido para mostrar la apariencia de las cosas. Es la piel la que ahora nos interesa… Y es que la textura constituye la expresión plana más inmediata de las artes, la que quienes ordenaron el espacio decidieron se convirtiera en contacto.» (José Laborda Yneva, Un paseo por Roma). Y esa piel de Roma parece que está llamando a nuestro tacto, a los sentidos que se activan supliendo la luz. Roma a ciegas.

Precisamente, por viajar a oscuras, se iluminan otros detalles, un modo olvidado de ver a través de lo que escuchamos. Marina es una guía y amiga con la que he descubierto que en Roma se puede viajar a un tiempo anterior a la Torre de Babel. Un mundo en el que las palabras consiguen fecundar la imaginación, hacen brotar sentimientos y acrecen el entendimiento. Entenderse no es sólo compartir un mismo idioma sino sobre todo concordia, hospitalidad simpática que acoge, como si pudieran ser nuestros los pensamientos de los otros: comprendiendo su forma de estar, admirando sin envidia o criticando sin hastío. Lo que se dice estar bien, para entendernos.


Cuantas oportunidad de sentir la diversidad en la piel de Roma, en el tacto de sus múltiples superficies. Qué ver en Roma en una forma nueva.
Patio de Palazzo Orsini en Monte Giordano (Roma).

De la mano

Era una mañana clara y no muy fría de invierno en Villa Borghese. A Marina le habían dicho que la visita dentro de la Galleria Borghese tenía que hacerla dirigida a una persona calificada en italiano como «hipovedente». Ella pensaba que sería una persona con algunas dificultades para ver pero tuvo que cambiar completamente su perspectiva cuando supo que esta persona estaba ciega desde su nacimiento.

Imaginar el mundo con los otros sentidos, hablar de los cuadros traduciendo los colores como sensaciones, hacer de la quieta eternidad de los sujetos del arte una historia que discurre como una corriente de aire o una cascada de palabras que como un eco hacen recrear las voces en las paredes de la imaginación. Traducir a un mundo de espacios táctiles, sonoros, olorosos, es ir hasta otra orilla utilizando canales, acueductos de significado que reciben agua de nuevas fuentes de sentido. Marina se acercó a esas fuentes que no sabía de tener. Sacó olores de maderas preciosas para hacer sentir el dorado resplandor de un marco, pudo tocar la manzana de Paulina Bonaparte para que brotase del blanquísimo mármol un fresco verde mientras el recuerdo de un sabor de consistente pulpa agridulce encendía el deseo de un mordisco. Y en lo que era una manzana descubrió un manantial alimentado con aguas que bajaban del jardín del paraíso.

«Qué bien sé yo la fonte que mana y corre,
aunque es de noche.»

Aprendiendo Roma

Ayer subía en bici por Valle Giulia y antes de entrar en Villa Borghese me paré un momento para beber en uno de los ‘nasoni‘ con abundante y fresca agua. Me acordé de Marina, cansado al atardecer y cerré los ojos. Apoyé una mano en el frío metal negro y sentí el paso de la corriente líquida bajo la espesa superficie, un poco rugosa, como la de la antigua cocina bilbaína en casa de mi madre. Como un solista, el chorro abundante de la fuente choca y salpica notas alegres provocando un microcosmos con olor a musgo. Toco ahora yo el agua, hilo tenso, con la emoción pura, inagotable, del chapotear de un niño jugando. El tacto cortante del agua fresca, primero en la mano y luego llenando con fuerza la boca. Me espera, luego, el calor del sol sobre la rugosa superficie del travertino, y así siento en mis manos lo que es la luna, tengo una luna en las manos: un calor convertido en reflejo, la calidez de su color cremoso, una luna como el corazón de un pino.

Entrada a Villa Borghese subiendo desde Villa Borghese

La brisa, el tráfico, el movimiento de las ramas, el ladrido de algunos perros a lo lejos conducían mi imaginación a una visión a ciegas, a contemplar con los ojos cerrados, degustando, un espacio sentido más que visto. Ciego del sentir hasta entonces, me adentro en por senderos que ignoraba. Se enciende una luz nueva, hecha de tantos haces con los que también descubrir Roma y yo con ella.

«conduciré a los ciegos
por el camino que no conocen,
los guiaré por senderos que ignoran;
ante ellos convertiré la tiniebla en luz
lo escabroso en llano.» (Is. 42,16)

Gracias, Marina, por allanar el camino.

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