Icono del sitio EnRoma.com

Palacio Colonna

galleria colonna sala

Entrando en el palacio Colonna desde Plaza Santi Apostoli nos encontramos con un patio en cuyo centro se alza una columna. Es tan amplio y con edificios bajos en tres de los cuatro lados que parece un jardín como antecámara. Entrar en casa teniendo una plaza o incluso un gran espacio ajardinado como bienvenida era un signo de distinción, de buen gusto, de poder.

Palacio Colonna: Historia de una familia, de Roma y de Europa

Desde el primer momento se nos anuncia otro mundo que nos espera y para el que es necesario un espacio intermedio que nos prepare.

Un juego en Roma: de columna en columna.

Una estrella en el suelo aloja esta columna. Como un eco, la arquitectura de la ciudad puede hablarnos de ella: de columna en columna. Y su forma, uso y situación son un símbolo para interpretar: la máscara y personaje que han querido interpretar.

Desde la localidad de Colonna, cerca de los Castelli Romani, llegamos hasta la cercana columna de Trajano. La columna es la clave y el motivo. El nombre nunca fue una simple forma de reconocimiento sino que pasaba a ser expresión de un carácter. Esta familia, apoyada en esta columna, elevó su fama y exaltó hasta lo más alto las virtudes que la representaba. En cada generación iban alimentando este nombre con lugares, historias y nuevas ‘columnas’ que enriquecieran su significado. Así, el cardenal Giovanni Colonna en 1223, trae desde Dumyat a la iglesia de Santa Prassede de la que era titular, un fragmento de la columna de la flagelación de Jesús.

Una columna en la Roma arruinada

«Escombros, caducidad y pobreza donde quiera que los ojos se dirigiesen». La ciudad no era más que un gran campo de escombros, sobre el cual se habían edificado las míseras viviendas. Esto es lo que se encontró el papa Martín V, Odón Colonna, al regresar a Roma tras el exilio de Avignon. Todo ello pasaba en Roma a finales del siglo XIV.

Él, como la reina Artemisia, escoge, decide, utiliza los materiales del antiguo templo de Serapis y unifica la construcción de lo que ahora es el Palacio Colonna. El tapiz de esta reina con su maravilloso proyecto para la tumba de su marido y hermano, Mausolo, en Halicarnaso es uno de los lugares más hermosos de este palacio. Nos habla de una mujer comandante de sus barcos en la guerra contra los griegos y al mismo tiempo de cómo el poder construyó un edificio que fue una de las maravillas del mundo antiguo. Poder, gloria e inmortalidad se unen perfectamente en el ‘Mausoleo’. Artemisia es un ejemplo para los que, como Martín V Colonna, con poder e ingenio, han sabido poner en obra, en sólida arquitectura la mutante fortuna.


«Al edificar realizamos nuestros sueños. Y bajo los sueños alienta siempre la esperanza. La esperanza motora de la historia.» Avanzamos con este motor que nos hace ir pasando de sala en sala, como un túnel del tiempo.

Comiendo alubias en Palacio Colonna

Dejamos que siga comiendo tranquilamente el ‘comedor de alubias’ al que Annibale Carracci, malévolamente, ha condenado a quedarse con la cuchara a pocos centímetros de la boca ya dispuesta a tragar. El hambre, las ganas de masticar a dos carrillos, parecen hablarnos en este cuadro en forma vivísima, de la realidad romana a inicios del s. XVII y en cualquier época.

Sala de la apoteosis de Martín V en la Galería Colonna con el cuadro de Annibale Carracci il Mangiafagioli (el comedor de alubias)

En una sala hermosa, no sólo encontramos la Virgen con el niño durmiendo pintados por el Bronzino, sino también un hombre sin nombre propio, uno cualquiera ante una pobre mesa. Sacia su hambre y su sed en un acto cotidiano y para nada heróico o relativo a los misterios de la fe. La cotidianidad, las personas comunes, pasan a merecer la eternidad del arte.

Gracias al genio del Carracci este hombre sin nombre y su movimiento incompleto -hambre que nunca se saciará- irán más allá de lo que se puede repetir, de cualquier imagen que no valdría la pena conservar. Su falta de gloria, heroismo o alusiones no es un vacío inconsistente sino la demostración de que todo, incluso el comer un plato de alubias, con arte, puede tener al infinito, al tiempo sin tiempo. Y por eso también lo contemplamos nosotros. Poder de quien lo encargó, de quien lo pintó, del que lo hizo parte de la colección y de los lo contemplamos identificándonos, descubriendo, haciendo famoso y vivo en el tiempo este hombre sin nombre.

Carracci retrata admirablemente con trazos de gran expresividad, un rostro sacado de una tasca o de vuelta del huerto. Una pobre mesa, sin última cena, que se hace importante objeto y centro de la pintura. Nos damos la vuelta, aún envueltos con el olor del sencillo manjar y pasamos a la gran perspectiva de la Galería Colonna. Nos acoje la sala de los paisajes con marfiles y ébanos que no alimentan sino la admiración.

Una columna en perspectiva

El heroismo se aprende. Los sentimientos se educan en una escuela que no sólo está entre los pupitres. La misericordia (como la de Pero ante su padre Cimón), el miedo como el de San Pedro en la cárcel, la audacia o imprudencia como Ícaro, entran aquí por lo ojos, en las emociones. Mueven y conmueven. Cada espejo florecido reflejando la luz, cada cuadro y escultura enseña apasionadamente lo que de mejor podemos tener y cómo hacerlo. Necesitamos incluso aprender a sentir y aquí, a cada paso, se nos invita a hacerlo en todos los sentidos. Elevamos la vista hacia la batalla en un mar de muerte. Y allí mismo se nos recuerda la misión recibida por encargo de una ciudad símbolo de una Europa amenazada. También contemplamos el corteo triunfal que perdura en una magnífica estatua entronizada en el Campidoglio, lugar final por antonomasia de toda celebración victoriosa imaginada.

Elevado en esta ‘columna’, Marco Antonio, uno de los triunfadores de Lepanto, se puso por las nubes. Y aquí parece ser el único.

Palacio Colonna, bóveda de la Galeria Colonna

A través de Marco Antonio II Colonna se nos enseña lo que es un héroe. Tiene en su brazo la piel de león y el mazo como un nuevo Hércules, emblema del que afronta fatigas, luchas, y las vence con una fuerza portentosa. Mediante el arte de los arquitectos Antonio del Grande y Pablo Schor, y de los pintores Gherardi, Ricci y Chiari caminamos sobre el agua de la historia y del tiempo sabiendo lo que él ha sido, lo que por su familia ha sido capaz, lo que jutifica su poder y nuestra admiración.

Parece que cualquier juicio queda aplazado para quien ve en lo oculto del alma y la historia. A nosotros se nos muestra la gloria sin mancha. El arte aquí no escoge el ordinario y común comer un plato de alubias sino el hecho extraordinario de vencer los enemigos más temibles: ai mamma, i turchi!

Al final, una columna en pórfido rojo atrae la atención como destino, como punto focal, como emblema y sede del poder al que se llega tras atravesar la Galería: una columna horizontal que culmina en la vertical. Casi escondida en esta sala, junto a la columna, la mirada de Vittoria Colonna nos invita a leer sus poesías, a revivir sus sentimientos y lo que ella vio. Su triunfo es elocuente aunque lejano de las glorias de Hércules.

Historias que entran y salen del Palacio Colonna

Una bala de un cañón hizo entrar un viento impetuoso en el palacio. Había llegado el momento, para un príncipe unido a la corte pontificia, de poner las velas al viento o, al menos, de bolina.

La República Romana con los combates de 1849 dejaron esta bala francesa y el aviso de unos tiempos nuevos que, en dos décadas, transformaron la ciudad. El metal incrustado en el mármol es un cuerpo extraño que se ha integrado como una cicatriz. El cuerpo está vivo y la asume. La recoge como un recuerdo de batallas y viejas glorias en el salón que magnifica la memoria del héroe. Una vieja herida que da lustre a las narraciones en pintura que revivimos en el techo. Además, situada en los escalones que dan a la sala de la Columna Bélica, son un tropiezo necesario y asombroso para nosotros. Un interrogante que vale su peso en oro: cómo sobrevivir en tiempos de guerra y de cambios.

Subimos los escalones y nos sentimos como quien recibe el mundo anunciado por los esplendores de la sala. Nos acercamos como Gregori Peck a su princesa. Queremos contar la historia de príncipes y contamos también la nuestra, sorprendidos de poder estar en este lugar.

Una de las escenas finales de la película ‘Vacaciones en Roma’ (Roman Holiday) saliendo de Palacio Colonna.

Salimos de la gran Galería cargados de experiencia. Esa que no se adquiere sino con la relación. Historias de cine o de novela que acompañamos como ministriles. Belleza que es capaz de responder a la ilusión o cubrir las desilusiones. En ella vemos los planes de grandeza Lorenzo Onofrio Colonna. Se reflejan en ella las inquietudes de María Mancini y su fuga, más allá de cualquier espejo, escapando de este palacio y de Lorenzo Onofrio. Vemos también a Filippo Colonna inaugurando esta Galeria mientras sigue la política de su padre Lorenzo Onofrio y se sabe apasionado deudor de su madre María.

No se aprende, no se te prende entrando hasta la médula del sentir, el sabor de la heróica búsqueda de lo que significa hermoso y bueno si no tocas, si no escuchas tus pasos en las salas, sin el brillo de colores y luz en las pupilas.

Salir de la versión móvil