Entré en la pequeña iglesia barroca de Santa Maria della Vittoria acompañando al señor que la acababa de abrir. Eran las 08,30 y quedaba muy lejos el primer café de la mañana.

Inerior de la Iglesia de Santa Maria della Vittoria en Roma

 

Mármoles, angelotes, glorias nubladas en las que la pintura y la escultura jugaban a engañarme. De igual forma me engañaron la fachada del arquitecto Soria y el rechoncho Moisés con el que se tapa, más que culmina, el acueducto alejandrino. También me engañó Plaza de la Repubblica. Allí me sorprendieron los inmensos espacios que se esconden tras la fachada de viejos ladrillos de Sta. Maria degli Angeli. Todo parece un trapantojo, un juego en el que la sencillez de las historias que se suceden dan como resultado una complejidad terrible.

En via XX Settembre

Mi amigo Armando se había quedado fumando un cigarrillo bajo uno de los naranjos de via XX Settembre, junto a las escaleras de Santa Maria della Vittoria. No le daba importancia ni al tráfico ni a los macizos y seriotes edificios ministeriales. Largo Sta. Susana con sus dos iglesias y su nombre contrasta con el ambiente ‘importante’ del cercano Ministero dell’Economia y el gigantesco cartel publicitario al lado de Banca de Italia. Como un sendero de azahar, los naranjos venían desde Porta Pia hasta la misma puerta de Sta. Maria della Vittoria. Bajitos, cargados de fruta, como de juguete, en medio de tanta ‘roba seria’ como dicen por estos lares.

Fachada Santa Maria della Vittoria Roma

Las Náyades habían dado al duro metal curvas sensuales. Las lucidas columnas del Grand Hotel parecían estar preparándose en la línea de salida en competición con los leones de estilo egipcio que custodian la fuente del rechoncho Moisés.

Dentro de Santa Maria della Vittoria

En Roma se pasa de la luz a la penumbra constantemente. Cerré por un momento los ojos apenas transpasado el umbral. Me sentía mareado. Demasiado café, demasiadas imágenes para los primeros 500 metros de la ciudad. ¿Cómo seguir en esta selva de historias?

Capilla Cornaro Santa Maria della Vittoria

La vida, la ciudad, es un sueño y un teatro en el que no acababa de encontrar mi papel.

Y de repente, llegó como un ladrón el desánimo, sin motivo. Como una visita que rompe los cerrojos de las seguridades. Como una injusticia que es siempre posible. El gran engaño parece la propiedad de los sentidos: imaginar que soy dueño de lo que vivo o creer conocer todo lo que estoy viviendo.

“Derrota es el infierno
de perder sin prendas
la esperanza”.

Al igual que a mí, la amenaza de la desilusión puede llegar incluso a quienes viajan por Roma.

Nunca me había sentido tan lejos de mí mismo, de mi historia. Veía con los ojos cerrados las imágenes de la memoria como las ve un moribundo llegando a la meta, a la muestra en donde dejar las aguas que ha conducido. Aspiraba el aire de la pequeña iglesia saboreando los olores como única medida del tiempo. Todo se perdía constantemente.

santa maria de la victoria capilla cornaro

Huellas

Como sonámbulo avanzaba por la nave de Santa Maria della Vittoria, recogiendo con el tacto las huellas de las cosas, pues todo se había marchado ya. Las manos, los ojos, las palabras, las batallas, las pasiones que me habían traído hasta allí y de los que habían construido el mundo que veía, ¿eran ciertos? ¿qué había quedado de aquella luz que había conseguido vencer en la batalla? Una luz cegadora en vez la oscuridad escarlata de la sangre derramada. Una batalla junto a la hermosa Praga allá por el 1620, junto a una Montaña Blanca, digna de ser recordada como una auténtica Victoria. ¿Qué quedaba de todo ello? ¿Una imagen de María en un marco de rayos dorados? Incluso ésta no soportó el fuego y fue cenizas. Ahora veía sólo simulacros. Intentaba comprender ecos de palabras e historias que hablaban de quien ha tocado maravillas como Domingo de Jesús María. ¡Venían de tan lejos! Palabras que eran sólo rumores, que no podía sentir.

Aquella mano de niña que me guiaba, esperanza, ¿dónde estaba? No la reconocía en la de los angelotes ni en la huesuda de la muerte figurada. ¡Cuánto daría por ser encontrado! Salvado por los pelos como cuentan de los marineros, hoy prófugos, tras naufragar. Asido por una mano que esté fuera del peso muerto del agua profunda.

Ante el éxtasis de Santa Teresa

Santa Maria della Vittoria éxtasis de Santa Teresa de BerniniCapilla Cornaro en el interior de Santa Maria della Vittoria

«Nisi coelum creassem ob te solam crearem». En el cielo de la capilla Cornaro este piropo ha quedado esculpido. Si no hubiese creado el cielo, sólo por ti lo crearía. Sólo por ella ¿y por mí? Amores que hacen atravesar infiernos sabiendo de quien nos fiamos. Amores que hacen real un cielo a pesar de no verlo en nuestra selva oscura.

Mis ojos se agarraron al final a su mano blanca, abandonada. No luchaba, no se denodaba ni debatía. Y, sin embargo, iba hacia lo alto el peso de su cuerpo. Ropas revueltas en un cuerpo abandonado, prendido en la invitación a una danza en la que se deja llevar. Labios entreabiertos a un beso suspirado por donde se escapa el alma en el último encuentro, primero de muchos otros que nada parece poder interrumpir.

Santa Maria della Vittoria Santa TeresaÉxtasis de Santa Teresa de G.L. Bernini en Santa Maria de la Victoria

En Santa María de la Victoria, al final, vi una fuerza que vence la gravedad. Una subida más rápida que mis caídas. Una puerta de salida que está más allá de los espectadores, que te lleva fuera del teatro del mundo y que, al final del trampolín de los sentidos, vadea la eternidad. Volver a esperar por la única razón de haber gustado. Un cielo creado para ti, por ti.

Allí, sin renunciar a mi infierno sentí que el paraíso puede ser.

 

Muchas veces tenemos a nuestro lado lugares llenos de historias pero las historias no se ven, o, mejor dicho, no se cuentan. Son muy discretas y no viven sino en los labios, en los ojos de quien las busca. Es como si de cada una de ellas quedara en el mejor de los casos sólo una letra capital. Como si los lugares no tuvieran espacio para contener más, cediéndolo a la vida que corre. Para las historias hace falta tiempo pero sobre todo hace falta rescatarlas de ese no lugar que está más allá del tiempo.

Ante la corriente del ‘todo pasa’- un río impetuoso de eventos que nos lleva y al que afluimos, muchas veces turbolento y turbio- algunas veces podemos contraponer el agua, siempre fresca, decantada, de un pozo.

El claustro de la iglesia de San Pietro in Vincoli – San Pedro en Cadenas

Dejo caer el cubo de mi curiosidad en un pozo situado en un claustro. Con la cuerda bajamos cientos, miles de años, y recogemos mezclados en infinitas combinaciones, los elementos de otras mil historias.

Claustro de San Pietro in Vincoli actual facultad ingenieria de Roma

Estamos en el patio de la Facultad de Ingeniería. Entre chicos coronados de laurel que han conseguido su licenciatura empiezo a escuchar el sonido de aquellas carreras memorables de los ‘Ragazzi di via Panisperna‘. Pasos entusiastas y acelerados por la emoción de los secretos que estaban esperando. Muchachos de veinte años, físicos como Enrico Fermi, que vivían entregados a un mundo invisible pero de efectos realmente impresionantes. Un mundo insospechado que necesita de nuestros precisos ‘bombardeos’ para llegar al núcleo y liberar energías increíbles. Curioso. Igual, igual que las historias. Y como ellas, siempre comunicantes. Formando el tejido de la realidad pero escondidas en la superficie del conjunto. Allí están. Pequeños átomos, historias, y grandes cisternas, como las de las termas de Trajano, con nombres de historia de las mil y una vidas: Las Siete Salas.

En el interior de la iglesia de San Pietro in Vincoli – San Pedro en Cadenas

De pozo a pozo y seguimos jugando.

Allí al lado, entrando en la iglesia de San Pietro in Vincoli, bajo las cadenas de oriente y occidente al fin unidas, nos asomamos a un nuevo brocal.

Esta vez es una cripta que contiene un sarcófago. En el frontal de piedra encontramos otro pozo. Es inagotable. Este es famoso por palabras pronunciadas hace siglos en la polvorienta Samaría. Palabras que le han dado un nombre y que han transformado su agua en vida: sensibilidad, movimientos, cambios, relaciones. Palabras y agua.

Esculpidas a ambos lados dos figuras, un hombre y una mujer. Por la sed ambos se han acercado y él los ha hecho encontrar. Así también nuestro pozo nos hace encontrar curiosamente, como agua y ecos de voz, la lejana historia de Antíoco IV, de Matatías, Judas, Jonatán… La familia de los Macabeos . Una historia en la que una madre y sus 7 hijos se convierten en mártires, testigos que siguen allí hablando de su pasión a quienes por conocerla, por sentirla, pueden tener con-pasión.

sarcofago en la iglesia de san pietro in vincoli

Un sueño en la cripta de San Pietro in Vincoli

Se enciende una luz. Una lámpara con nueve brazos. Suena la música de una fiesta. La cripta se ilumina con los sonidos de una cena entre amigos y familiares, repetidos en la memoria de un recuerdo anual: la hanukkah. Luz para los días más oscuros. Luz para la nueva y última dinastía de reyes, para la última dedicación del gran templo de Jerusalén.

Una luz que no se acontenta con un día, consumiendo un tiempo con cuerpo de aceite que escapa inaferrable. Necesita 8 días para mostrar su júbilo, para celebrar con su baile de brazos alzados la abundancia el estar vivos. Se celebra una nueva victoria, sin engaños –es luz con sombras- pero sin dejarse apagar por la certeza de las nuevas batallas, de los martillos que siguen resonando. Martillos que forjan armas y que suenan igual a los martillos que forjan cadenas, que suenan igual a los que forjan las campanas que tocan tras el concilio de Éfeso y a los de Antonio Pollaiolo sobre su bronce.

Agarrados con fuerza a estos sonidos tiramos hacia arriba sacando aguas con gozo.

El Moisés de Miguel Ángel en la iglesia de San Pietro in Vincoli

iglesia de San Pietro in Vincoli Moises, tumba de Julio II

Al salir del pozo nos encontramos la mirada severa de Moisés. Nos conoce bien, pero ya ha pasado su enfado. Tiene de nuevo las tablas de la ley y sus ‘cuernos’ por un resplandor de gloria. Su rostro está convertido en una llama, encendido también él por un encuentro. Su luz ya no está prisionera, como no lo estaba el arte en las manos que lo cincelaban. Mármol que de prisión se convierte en palabra, es más, en luz, en fuego que se eleva: ‘ad sidera flamma vocatur’. Quema por su belleza y por el deseo de más. ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él? Grande e ínfimo, ardiente, no sólo en lo que hace sino en lo que desea, de lo que es capaz.

En San Pietro in Vincoli a finales del s. XIX

«Entré en Sa Pietro in Vincoli a la caída de la tarde. La iglesia estaba medio a oscuras, sin una alma. No se oía más ruido que el que hacía el sacritán con el manojo de llaves disponiéndose a cerrar la puerta. Acerquéme al brazo derecho del crucero, y al ver el Moisés, a la impresión que sentí se mezclaba el asombro, un terror inexplicable.

Parecíame que la severidad expresada en aquel mármol con rasgos tan enérgicos pertenecía a la vida real, y que de aquellos labios fríos iban a brotar palabras de ira. Jamás el arte ha simulado los acracteres del espíritu y la expresión de la vida con mayor intensidad. Aquel mármol vive, aquella cabeza piensa, aquellas manos se van a mover, y aquel corpachón desmedido se va a erguir en su asiento. Y cuando se levante, de fijo tocará con su cabeza el techo de la Iglesia, porque es inmenso, y la grandeza en él expresada aumenta sus colosales dimensiones.» (Benito Pérez Galdós, De vuelta de Italia, 1888).

Nicolas de Cusa en la iglesia de San Pietro in Vincoli

Antes de salir nos saluda Nicolás de Cusa. Juega también él echando palabras en el pozo del saber: docta ignorancia. Le sonrío complice en sus aventuras y tengo ganas de alzar la mano para brindar a ese ‘ser únicos’, esa única vida que nos acerca.

Si quieres una visita guiada con tu Guía En Roma no dudes en escribirnos a info@enroma.com

Una tarde ante la iglesia de San Agustín (Sant’Agostino)

biblioteca angelica junto a la iglesia de san agustin en Roma

Con una melena gris recogida en una coleta bien peinada y la camisa de grandes cuadros azules fuera del pantalón, iba y venía recorriendo el primer escalón de la escalinata de la iglesia de San Agustín. En la mano izquierda, una bolsa de ordenador se balanceaba liviana haciendo acorde con su pierna derecha. El mentón apoyado en el pecho, parecía que su mirada observara la punta de sus enormes zapatos marrones de buen cuero.
Viéndole pensé, sin saber bien por qué, en aquel dibujo de una boa que se había comido un elefante y que, en otro tiempo, en otra vida, un niño había dibujado. Más allá de las cosas que la luz iluminaba ¿qué había en las sombras y en el contraluz?¿qué pensamientos y sentimientos se escondían bajo la camisa a cuadros?

La tarde, avanzando, cerraba aún más la pequeña plaza sometida a una cierta oscuridad prematura por los pisos sobreelevados.
Junto a la selva de coches aparcados la imagen de aquel hombre con la fachada clara como un folio remitía a una historia más grande que el elefante e igualmente escondida en apariencia. A la derecha, una ventana iluminada dejaba ver unas antiguas estanterías de madera bajo arcos que se sólo se adivinan apenas: la biblioteca Angélica.

Entrando en la iglesia de San Agustín.

Altísimas columnas y un cielo estrellado me cobijan.

Justo a la izquierda veo una imagen reluciente de María, como una gran matrona romana, y del niño Jesús regordete a su lado. Múltiples exvotos de agradecimiento, celestes y rosa, rodean las imágenes como un marco barroco.

madonna parto sant agostino roma

Al fondo, en la oscuridad, atrae mi mirada una mujer en una pose graciosa, llena de donaire. Parece que me estaba esperando. Y así es. La Virgen de Loreto nos la ha dejado allí Caravaggio, esperándonos.

La Virgen de los Peregrinos

Junto a ella, a sus pies, recién llegadas, hay dos personas: pies sucios del camino y aún con el bastón -bordón colocado entre los brazos, apoyado en el hombro. Las manos, sólo ellas junto con la mirada devota, parecen tributar una adoración suplicante. Todo lo demás, está sacado de un callejón de cualquier esquina romana.

Madonna dei peregrini Caravaggio iglesia san Agustín Roma

Aquella mujer guapísima y su niño ya no están entre los delicados y colorados paisajes del renacimiento -casi un paraíso en la tierra- ni entre las nubes barrocas de una gloria confusa. Se hace mujer de verdad, de oscuros cabellos mediterráneos, de cuerpo lozano, que deja caer su sombra ante el portal de una casa cualquiera. Una sombra que tantas veces habrá recibido aquella piedra y que parece grabada en ella, como un cuerpo de ausencia. Sombra y dintel comparten el centro de la escena con un descorchón en la pared igual a los de cualquier casa. Un niño ya grandote recibe la adoración y la luz mientras viste con su sombra el pecho de la mujer.

Ella mantiene el niño con desenvoltura y al mismo tiempo con la fuerza necesaria para tenerlo en brazos. El gesto de su pierna parece hablar de otros momentos en que, ante el portal de su casa, se para a hablar con alguna vecina. Está en su ambiente, se apoya en su dintel, espera y sostiene. La calma de un día cualquiera, con la simple liturgia de una visita cualquiera.

¡Y dicen que aquel niño es Dios! Y que aquella mujer es la única persona en este mundo elegida para ser su Madre.

Un rincón en la iglesia de San Agustín.

No hay protocolos de corte ni recomendaciones.
No acuden a ella hombres cargados de grandes proyectos, vestidos ricamente.

Sin el relucir de un metal ni el teatro colorado de los grandes salones.
Sin chamberlanes ni ceremoniales, listas, invitaciones, etiquetas ni multitud de luces centelleantes.

La emperatriz vestida de brocado y coronada de joyas o la angelical virgen y madre son historia. Hace falta la historia, tanta, para mostrar con pocos colores, cientos de matices y sombras lo que las cosas son. Esa madre también era una mujer como las demás, ignorada por los ojos de príncipes, sabios, potentes. Hacía falta historia y Caravaggio para que una mujer cualquiera pudiera ser esa madre.

Sin embargo, me doy cuenta que tampoco este cuadro es aquella Madre y aquel Niño. Son la parte de ellos que gracias a la historia, a su largo decorrer, se muestra en un entreacto.

san agustin roma rafael sansovino

Isaías, pintura a fresco de Rafael y escultura de Andrea Sansovino

Lena y María en la iglesia de San Agustín

La prostituta, Lena, amada amiga de Caravaggio es ahora María. Lena le ha dejado su rostro, su carne, a la Virgen si no desde siempre, sí para la posteridad, para nosotros. Una encarnación artística en la que el inmaculado lienzo no desdeña asumir la materia de color, la forma de un caduco y maravilloso cuerpo, con un alma creada por las manos, el sentir y pensar de Caravaggio. Atrevimientos del querer que crea.

Para mí este es el lugar donde la iglesia se hace casa, también para pecadores con los que el Maestro no tiene reparos en compartir manjar y presencia.

Virgen de Loreto del Caravaggio en la iglesia de San Agustín (Roma)

Virgen de Loreto o de los peregrinos en la Iglesia de San Agustín de Roma

En esta iglesia, Tullia, Fiammetta, Lena tenían su casa y este cuadro es un dintel en el que se anuncia su presencia. La Virgen, casa del Dios que la habita recibiendo de ella su calor, su vida en sangre. La casa de Loreto. Casa de vida familiar en la que crecer en sabiduría y gracia, en silencios de trabajo y vida cotidiana. Un lugar al que volver tras las bulliciosas jornadas entre palacios y vida cortesana. La casa que acoge a los que peregrinan en el tiempo: sucios, cansados del camino y los años.
Una casa que luego, ya sin tiempo, sin espacios ni paredes, se ensancha con innumerables moradas inimaginables. Una casa iluminada a la sombra de lo infinito.
En esta casa se enamoró Dios de la humildad de una chiquilla. Todo se hace nada dependiendo en todo de una nada de mujercita que es todo para él. Atrevimientos del querer que crea.
El escenario es un dintel cualquiera. La humanidad peregrina espectante en los dos personajes, los grupos de turistas y caminantes sin rumbo, nosotros.

Y María sale a la puerta, nos espera fuera, anticipándonos:

«la tua benignità non pur soccorre
a chi dimanda, ma molte fiate
liberamente al dimandar precorre!» (Dante, Paraíso, canto XXXIII).

Saliendo de San Agustín

Una esalinata, una iglesia, una ciudad que aún conserva luces y sombras con paredes descorchadas.

¿Cómo dibujaría aquel niño, colorado y grandote, las cosas que veía en esta ciudad?

Si quieres una visita guiada privada en la iglesia de San Agustín (Sant’Agostino in Campo Marzio) en Roma con tu Guía de Roma no dudes en escribirnos a info@enroma.com

Color. La gloria en la Iglesia del Gesù

El fuego no se puede contar y tampoco sus sombras. El fuego que estudiamos no nos calienta y es imposible imaginar el calor sin sentirlo.

Si hablamos de fuego enseguida me vienen a la mente conceptos como luz, intimidad, fiesta, compartir, calor. Poco después surgen otros como incendio, cenizas, quemaduras, desolación.

Una potencia siempre compleja, ambigua o al menos paradójica. Amorosa y destructora, cálida y vital o destructora y torturadora. Un poder que reduce todo a escombros carbonizados de donde se ha escapado la vida consumida en humo y violento crepitar. Estos dos aspectos son los que se dieron cita en mi imaginación al contemplar recientemente el arte del Baciccia en la iglesia del Gesù.

Baciccia iglesia del Gesù

¿Por qué el Baciccia me quemaba y atraía al mismo tiempo?¿Qué concepto, con qué palabras, podría expresar estas dos caras de la realidad? Por casualidad inicial y búsqueda después, me encontré con el italiano ‘buio’. El ‘buio’ no es la oscuridad, no es una negación, sino un color y una situación existencial. Para desentrañar el contenido que encierran estas 4 letras quise entrar en su historia, en su familia. Seguí un hilo que salvando el laberinto del uso secular, me llevara de la mano. 4 letras a las que asirme para iniciar el camino sin volverme.

Buriel. El color de la iglesia del Gesù

¡Qué alegría al encontrarme con papá ‘burius’ y mamá ‘urere’! Burius designa un color rojo oscuro, intenso pero apagado, un rescoldo, en el que se muestra la energía luminosa que fue en lo que que queda: los residuos de la combustión. Es siempre ‘burius’ el que está detrás del brown inglés y del braun alemán, designando en origen una extraña mezcla entre naranja y negro.

Entre los parientes del ‘buio’ italiano ha quedado, como hermano pobre y casi desconocido en nuestros días, el español ‘buriel’. También está la pequeña hermanita italiana ‘burella’. Ella da nombre tanto a un tipo de vaca lechera –bien morena para diferenciarla de las trabajadoras vacas blancas- como a una ‘oscura’ calle de la bella Florencia.

En mi imaginación todo empezó cuando vestido con un paño buriel –ahora lo puedo decir- iba capeando los empellones del viento que se empeñaba en hacerme rodar hacia la plaza junto al palacio Altieri. Buscando refugio del viento endemoniado me imaginé con los pies descalzos de los peregrinos caravaggescos. Uno más sin más, en la gran aula de la iglesia del Gesù, abierta, sin columnas. Una plaza pero cerrada al viento a inicios del s. XVI.

Antes del gran Colegio Romano, antes de las universidades, antes de esa plaza cubierta de glorias en frescos. Antes de todo ello estuvo la gruta en la colina que hoy es Trinità dei Monti. Estuvieron los hospitales de fortuna, la casa de Santa Marta delle Mal-maritate. Brasas que han dado luz y se han consumido por un calor que no va más allá del conctacto. Este fuego no prende pero no se inflama. Es un derroche de energías que no produce intereses pero que se propaga. Sin él la vida sería un frío aburrimiento de muerte.

Dentro de la Iglesia del Gesù

El Baciccia –siempre me hace sonreír el sonido de este apodo de Giovanni Battista Gaulli– no pinta la luz, incendia. Su oscuridad son carbones, sus sombras tienen un aire que danza. La maldad es un frío fuego fatuo y la gloria una pasión coral de llamas y cuerpos que se pasan destellos del incandescente blanco al tibio anaranjado.

Los personajes son un pardo y contradictorio buriel: un paño de humilde humanidad contradictoria. Son capaces de alimentar la luminosa gloria acercándose a ella y quedarse como ennegrecidos tizones al alejarse de la fuente de luz y calor. Enciendo una vela para tener cerca una luz de verdad, que se sienta, baile, caliente. Frágil y voraz.

También buriel podría ser el color más apropiado a la hora de definir los vestidos de Ignacio de Loyola conservados en su pequeñísima celda, engullida por un laberito de pasillos y nuevas construcciones que a drede no la han digerido.

También de buriel está vestido Ignacio en los frescos del padre Pozzo, y burieles han sido las vidas de José Pignatelli y el padre Arrupe. Están separados por un centenar de años, sin coincidir en vida, y sólo por un metro para acercarles en la memoria de sus sepulcros. Por cierto, si bien José Pignatelli pasa desapercibido en su sepulcro, tiene un busto maravilloso del escultor Solá en el presbiterio. En su sepulcro, las cenizas; en el altar, la gloria luminosa. Parece que en la dura piedra se encarne el espíritu de sobrevivencia de la orden de los jesuitas: reducida a huesos, pero siempre determinada.

Jose Pignatelli busto en la Iglesia del Gesù

Un jesuita

Este aragonés, cuando ser aragonés podía significar tener raíces napolitanas, mantuvo vivo el rescoldo, oscuro pero cálido, de esta paradójica Compañía. La habían declarado difunta pero no acababa de morir. Quizás la alegría y el razonado asentimiento que muchos experimentaban viéndola en su triste final se frustró con la descabellada ilusión de este aragonés por ser jesuita.  A pesar de la edad, de la familia, de su enfermedad, de la lejanía e incluso a pesar de que oficialmente los jesuitas ya no podían ser. No quedaba ninguno por estos lares tras la bula del mismísimo papa Clemente XIV pero él lo fue, por segunda vez primero.

Grandes de linaje y recursos, como el delgado Pignatelli que nos muestra el mármol, que se queman ardiendo como ascuas en oscuras historias y luego dan a luz una gran hoguera. Tan sólo huesos, pero huesos de locura o enamorados. En su desnudez descarnada tienen el paradójico poder de acercar, de congregar. Nos hacen saltar más allá del poco tiempo en que eran auto-móviles para luego ser velas empujadas por un soplo de viento. Divino para unos o endemoniado para otros. En ambos casos un viento igualmente incomprensible, ambiguo como el ardiente y oscuro, buriel.

En la plaza ante la iglesia del Gesù

Salgo a los aires furiosos de la plaza y me encuentro con el anaranjado atardecer que va apagándose. El ‘imbrunire’ italiano que tanto me gusta. Un tiempo que como nuestra alba, se viste de un color tan especial que le da nombre propio.

Una ‘apetta’, una de esas motos con remolque que parecen zumbar en el equilibrio inestable y juguetón de sus tres ruedas, pasó a mi lado. En su toldo de tela franciscana, escrito con letras blancas: Cavalier G. Zazzaretta, legnami (maderas). Me imaginé a Petronio haciendo entrar a esta hora del atardecer en su cena de Trimalcione al Cavalier Zazzaretta. Jovial y mordaz, siempre listo a una buena salida irónica. Un auténtico nombre hablante, digno de una ocasión tan especial.

Hay nombres que hablan, que suenan y resuenan, sugiriendo significados, jugando con otras palabras, trayendo a la mente imágenes. Nombres contradictorios, muy humanos, en una mezcla bien saturada de alturas gloriosas y lodos que cubren en las caídas.

Caminando ahora ya en la oscuridad que en Roma es ‘buio’, subo por via IV Novembre y paso junto a los Mercados de Trajano. Una torre inclinada, como de puntillas sobre el Foro de Trajano, se asoma para ver la ciudad en sus incendios apagados y sopla memorias para reavivar las llamas de la ilusión. A ver si vemos lo que será.

Si quieres una visita guiada privada en la iglesia del Gesù en Roma con tu Guía de Roma no dudes en escribirnos a info@enroma.com