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Vuestra Literatura. Sección con publicaciones que nos habéis enviado.

Actividades culturales en el Instituto Cervantes de Roma.


Actividades culturales en la Casa delle Letterature. Calendario.
Casa delle Letterature. P.zza dell'Orologio 3. Info 06.68134697


Mi Sueño

¡Hola! me llamo Julia y os voy a contar una historia que me pasó hace tiempo.

Un día fui con mis padres a Mérida, allí nos hospedamos en un hotel muy bonito, pero muy antiguo, parecido a una mansión romana. Aquel día estaba agotada por el viaje, así que decidí acostarme temprano. Como a mí me gustan mucho los antiguos romanos y estaba en una ciudad muy importante, en su época, nada menos que la famosa “Emerita Augusta” nombre romano de la actual ciudad de Mérida, esa noche soñé con ellos.

Al día siguiente cuando me desperté, me arregle y decidí salir a dar un paseo, mi sorpresa fue enorme, me encontré en una ciudad muy distinta a la del día anterior. Una niña paso por delante de mí y me saludo con un “ave”, como me apasionan tanto los romanos supe que me decía “hola” en castellano. Estuvimos hablando un buen rato, suficiente como para conocernos. Era hija de un patricio, personaje político muy importante de su época. Me llevó a ver el foro, la plaza más importante y el mercado principal de la ciudad, estaba repleto de gente que hablaban y discutían los precios de las mercancías, olía a pan recién hecho, pasamos por debajo de un acueducto como el de Segovia. Flavia, que era su nombre, me condujo a una tienda que tenía todo tipo de collares, pulseras y pendientes, situada en la parte más noble del foro. Se compró dos preciosos collares de cuentas de vidrio, uno me lo regaló y el otro se lo puso ella, le costó 20 sestercios, para hacer las cuentas emplearon una especie de calculadora, que me llamo la atención porque yo lo conocía, era un ábaco.

Flavia me dijo que si quería ir con ella a las termas, yo acepté su propuesta, cuando llegamos me quede maravillada del lugar, era un sitio donde la gente se podía relacionar con los demás, se podían relajar con baños, saunas y masajes, también había un gimnasio. Me contó que las principales salas de las termas se llamaban APODYTERIUM (vestuario), PHAERISTERIUM (gimnasio y lugar de juegos), CALDARIUM (piscinas de agua caliente) y FRIGIDARIUM (piscinas de agua fría).

Como era casi medio día, teníamos hambre y decidimos ir a su casa. Su casa era muy bonita, tenia unos mosaicos preciosos, al entrar nos recibió una criada que nos hizo pasar a un patio lleno de flores, fuentes y estatuas, me dijo que se llamaba PERISTILO, jugamos con sus muñecas, unas de cerámica y otras de madera, me gustó una con un vestido de color azul, me dijo si quería quedarme con ella, la conteste que sí. Otro criado nos llamo para pasar a comer. La comida constaba de tres platos; una entrada de huevos y caracoles; un plato fuerte de carne guisada y un postre de dulces, yo pedí fruta y me trajeron unas naranjas. Para comer nos reclinamos sobre unos divanes llamados TRICLINI, alrededor de una mesa muy baja, aunque parezca incomodo me resulto cómodo. Flavia me contó que todos los criados eran esclavos de su padre.

Después de comer me dijo que ella siempre iba a rezar, y nos dirigimos al templo. Tenía una escalinata que terminaba en un pórtico con unas columnas enormes, encima de ellas había un frontón que me recordaba a los templos griegos de las fotos, había unos quemadores de incienso por lo que el olor era muy agradable, entramos por una puerta enorme y una vez dentro pude ver una estatua enorme que Flavia me dijo que era Júpiter, el dios de los dioses.

Más tarde me enseñó un teatro donde se representaban comedias y farsas, los actores se tapaban la cara con unas mascaras de cerámica que hacía que se les deformara la voz, ente los actores no había ninguna mujer, Flavia me comento que las mujeres no podían actuar en el teatro, su papel lo interpretaban los hombres.

Salimos corriendo del teatro para poder llegar a las carreras de cuadrigas que se celebraban en el circo, las cuadrigas eran una especie de carro conducido por cuatro caballos. La carrera duraban siete vueltas con cuatro cuadrigas por carrera, era un espectáculo muy popular, la gente gritaba y animaba a su carro preferido. Se empezó hacer de noche y como estaba muy cansada me quede dormida.

Cuando me levante al día siguiente vi que todo había vuelto a la normalidad, pero en mi mano estaba la muñeca que me había regalado Flavia el día anterior y en mi cuello también estaba el collar. ¡Cuantos recuerdos guardé con el collar y la muñeca!.

Cuento escrito por Andrea Romero Gutiérrez, una niña de 11 años que recientemente ha visitado Roma con sus papás y su abuela.

Cuento de Navidad

Ya comprendo la Navidad, la gran fiesta, las luces, los sonidos, ...
Ya sé que es.
Todo empezó delante de mi refugio, el aire estaba turbio y yo tenía mucha hambre.
-¿Dónde se puede comer? Tengo que procurarme la comida, tengo que buscar.
No es muy difícil vivir aquí, no hay límites, aduanas, divisiones, todos hablamos la misma lengua, todos estamos en el mismo nivel.
Cuando el estomago se lamenta no hay que ponerse a buscar en el fondo, algo bueno se halla.
Aquí tenemos los pies en el suelo, no hacemos vuelos pindáricos, no hay "Peces gordos", los que vuelan alto y todo devoran, nosotros somos gente humilde.
Seguramente no faltan peligros pero yo conozco a los enemigos y mi cuerpo es robusto, el brazo es grande y fuerte, la mano es como una pinza. Para defenderme da los choques de la vida he levantato como una coraza y mi instinto me advierte del peligro.
Tampoco el transformista, el lo que se oculta, cambia de aparecida y todo aferra con cien manos, me engaña.
Él es muy astuto pero yo soy más valiente y lo afronto a cara descubierta.
Caminando encontré, detras de la quebrada, una especie de habitación que tenía una ventana abierta y dentro una comida muy gustosa.
Llamé a la puerta, miré alrededor pero no había nadie.
- Otro derroche de los ricos- pensé.
Entré y la ventana inmediatamente se cerró bloqueándome dentro.
- ¡Puta eva, tecnología de mierda! no podían escribir " Propriedad Privada"-
Intenté salir pero mi mano no pudo abrir aquella trampa de extraña habitación.
Trascurrió mucho tiempo.
- Antes o después - pensé - alguien llegará para abrir. Y no comí.
El día seguiente la "trampa" se levantó y empezó a volar.
- ¡Será así que los ricos suben a los pisos superiores! El ascensor para el mundo de los " famosos".
- Sí, me gusta de vez en cuando levantarme dal suelo para descubrir nuevos horizontes, pero me gusta hacerlo en libertad de modo que pueda volver al suelo.
Subí...subí...subí un poquito más hasta el sol. Hizo calor.
Miraba los reflejos plata y oro que había alrededor
-¡Es el paraíso! Entiendo por qué todos quieren subir a los niveles superiores
El ascensor continuaba a subir, se paró en el ultimo piso.
Yo estaba muy confuso, no recuerdo qué sucedió a continuación, la luz del sol me cegaba, el calor me aturdía, percibí sólo un pellizco y todo despareció...
Cuando me desperté estaba en un lugar increíble, todos estaban muertos y extendidos sobre una cama de hielo, sólo yo estaba vivo. Intenté hablar pero nadie me contestó.
Había fuertes luces, mucho ruido...todo confusión, locura.
- Extraño paraíso de luces y colores, calor y frío...barullo ¡¿Donde estoy?!
Me tomaron, se oscureció y empezó un nuevo viaje.
Quería sólo volver a mi fondo, a mi simple vida libre, sin confusión sin estrellas de plata y oro, quería volver a mi cielo con los pies en el suelo.
Cuando reapareció la luz sentí un ruido familiar, una sensación agradable como si mi casa estuviera más cercana.
- ¡Agua! éste es el ruido de hervor de agua.
¡Mi mar, mi vida, mi libertad!
Caí en "mi agua", agua hirviente, y la pesadilla terminó.
- ¡A la mesa!
Me olvidaba, mi nombre es bogavante.
Ahora puedo entender las luces, los ruidos y el barullo de la Navidad, la gran fiesta.
Puedo ver mi cuerpo desgarrado sobre la mesa, la coraza abierta, mi pulpa esparcida en los platos de hombres que no tienen hambre.
Ahora vivo en el cuerpo de los que vuelan alto, entre reglas, luces, leyes, ruidos, aduanas, fiestas...y me falta mi profundo mar.
¡Es Navidad! Gente aburrida que tiene que gastar dinero.

Paolo Sarandrea

 
Las cuarenta horas
Cuarenta horas son cuanto dura un curso de español en la Manin. Cuarenta horas son menos de dos días, pero se necesitan cuatro meses para recorrerlas.
Tenemos un profesor comprensivo, tolerante, curioso, generoso, anticonformista, sencillo (pero solo aparentemente). Va en bicicleta y le gusta el teatro. Sabe escuchar y valorar, pero no juzga. Tiene barba pero se la corta en verano porque hace calor.
Y nosotros estamos allí, en bancos, esperando poder hablar, milagrosamente, español.
Estamos allí y esperamos que la gramática se transforme de pensamiento en acción.
Y él espera con nosotros. Nos estimula, nos permite divagar.
Sonidos extranjeros se convierten en familiares por monólogos incoherentes, divagados. Pero èl es paciente.
Cuarenta horas, cuatro meses, casi dos días, transcurren velozmente.
Y la voluntad de aprender, poco ayudada por el compromiso, se transforma en un saludo para las próximas cuarenta horas.
Como una espiral, de cuarenta en cuarenta, nos acercamos a aquellos sonidos mágicos, a veces difíciles, que son su idioma.
Y nace el deseo de explorar esta tierra, no tan lejana, no tan diversa.
Un curso de español se puede empezar por juego, por pasar dos tardes a la semana o por casualidad.
Un curso de español se frecuenta porque el profesor es bueno, porque se quiere aprender o porque no hay más ropa para planchar. Pero las cuarenta horas nos cambian si las dejamos fluir dentro de nosotros. Si dejamos que el tiempo se traduzca en espacio. Si dejamos, por así decir, que estas cuarenta horas se conviertan en imágenes de lugares donde este idioma, difícil de hablar pero no tan difícil de entender, vive. Las cuarenta horas, pueden ser dos días escasos, o cuatro meses intensos de magia, a veces de brujería, a menudo de alquimía.

SILVIA

 

ZIGZAG
La imposible distancia más corta enter dos puntos es la línea recta

Corrían tiempos difíciles para un conductor experto. Las curvas quedaban relegadas al olvido al igual que las carreteras sin arcenes en las que sólo el filo de una aguja distanciaba el cruce de dos coches. Los precisos movimientos de un volante que hacían esquivar los baches, la bosta de vaca, las fuentes naturales que corrían como cantarina compañía inundando los imprecisos y escabrosos márgenes entre el asfalto y la fangosa negra tierra; los cambios de marcha continuos entre rasantes, giros, pendientes diseñadas por el original carro de bueyes sin más criterio que la pericia del boyero y la fuerza del derecho de propiedad; los adelantamientos casi impracticables que ponían a prueba al mismo tiempo la potencia del vehículo, su estabilidad, la vista del conductor y su sangre fría; todo ello, quedaba reducido a un simple movimiento de muñeca o a una inusual presión intensa del embrague y posteriormente del acelerador. ¡Y para qué hablar de los frenos! Siempre consumidos, extenuados y sedientos de líquido vital, congelados otras veces, siempre caprichosos y a veces traidores.
Andrés conducía su BMW sin la más mínima emoción, con la seguridad del que compra el último modelo sabiendo que tiene fondos en su cuenta corriente y sus dedos se limitan tan sólo a trazar los ceros necesarios sobre el cheque, con la seguridad con la que uno saca las llaves del bolsillo y abre la misma puerta que traspasa todos los días desde hace 46 años. Por toda emoción experimentaba una suave nostalgia y apagada ira cuando en algún tramo la vieja carretera nacional aparecía con su delgado talle un poco encorvada de más y por momentos achacosa. Llena de pequeños empeños, de metas sencillas y familiares, de citas en los cruces, de sinuosas proporciones que te introducían en un baile de inercias, se quedaba sentada a la orilla de la autopista como perteneciente a otro mundo, recluida en la casta de los corrientes, de los que tienen perros linajudos por endogamia y gatos cazadores, de los que envejecen sin juventud y conocen la prisa como un rostro inexpresivo sin retorno y sin meta. Él quiso recordar y sintió una suave nostalgia y apagada ira por ya no saber qué.
“Lleno, por favor” habían sido las últimas palabras que había cruzado con un ser humano en la primera estación de servicio de la autopista. Había sido tan breve y profesional la relación con el muchacho que se encargaba de llenar el depósito que ni tan siquiera tuvo tiempo para enfadarse. Quería desahogar la rabia que llevaba dentro y no le bastaba la leve presión necesaria para apretar el acelerador. ¡Ni siquiera un dominguero al que decirle cuatro cosas bien dichas! Sólo hizo volver su mirada ausente la alarmante sirena de una ambulancia irreal desde el otro lado de los cristales y que, asombrosamente lenta –pensaba él-, se había quedado como un lejano destello de barco en medio del temporal.
Decidió dejar la autopista en la próxima salida en busca de algo que no sabía. No había dicho nada en la oficina, tenía el móvil apagado y el requiem de Brahms a todo volumen, y todo ello lo sumía en un agradable sucedáneo de libertad. Continuaba lloviendo y sentía que ninguna de las cosas que hasta entonces habían ocupado su vida valían ya la pena. Todo se reducía al instante presente al que había llegado no sabía a través de qué puente, de qué secuencia de actos que parecían haber sido realizados por su yo sonámbulo, por el personaje desvaído de un sueño todavía reciente pero indistinto en su matices.
Introdujo su tarjeta de crédito en la ranura y se alzó la barrera. Ante sí se abría una suave colina que engullía en una curva la estrecha vía de salida que lo llevaría, desde las veloces alturas de la monótona eterna recta que iba más allá de cualquier destino deseado o conocido, por el vaivén constante de la alternancia necesaria para avanzar, unas veces subiendo y otras bajando. El telón de la lluvia continuaba, de todas formas, velando el inicio del primer acto, componiendo una suave overtura que todo prometía.